La república cocotera

Después de divagar durante dos semanas por el interior de la isla era el momento de darnos un chapuzón en el Índico. Pusimos rumbo al sur hasta llegar a la aislada población de Rekawa. En una playa cercana encontramos un pequeño hotel de seis habitaciones. Era una playa virgen, aun por desarrollar.

Playa Sri Lanka

A los pocos minutos estábamos en unas tumbonas a la sombra de los cocoteros. Al estirarnos, vimos sobre nuestras cabezas los cocos… ¿Quién podría saber cuál sería su destino en aquella isla? Más de uno de esos cocos acabaría, sin duda, en un plato: rallado, picante, en una sopa, como postre, en un curry… Algún otro, serviría de combustible o se convertiría en refresco. Otros, tal vez, serían dados como ofrenda a Buda, o estrellados contra el suelo del templo como hacían los hindús… “En fin, cualquier cosa”, pensé. Bajé la mirada y sobre la mesita vi un cenicero. Sí, era medio coco.

Tangalle

Konstantin, el dueño del hotel, nos consiguió una moto con la que recorrer los alrededores. En la primera salida fuimos a un templo que se llamaba ‘Mulkingala Rajamaha Viharaya’.

Templo cerca de Rekawa

Estupa

Templo de Mulkingala

El templo estaba en unas cuevas y nos recordó a las que vimos en Dambulla. Aquéllas eran mejores, pero a éstas no llegaban turistas, solo algunos locales a rezar.

Mulkingala

Templo Mulkingala

Mulkingala

En lo alto del templo había una estupa y una roca elevada con grandes vistas.

Mirador en el templo de Mulkingala

Por la tarde, al volver al hotel, decidimos quedarnos unos días más allí. Aquel lugar era perfecto. Se lo comentamos a Konstantin y nos quedamos charlando con él. Nos contó que él era de Ucrania, que se casó con una ceilanesa y que había montado aquel hotelito del que nos estábamos enamorando.

Templo en Sri Lanka

No nos preguntéis por qué pero acabamos hablando de cocos. Así que hablando del tema, Konstantin nos soltó: “Bueno, yo tuve que talar varios cocoteros de la playa porque es pública”. Aquello requería una explicación. Y la tenía: Como su hotel colindaba con la playa, si él recogía periódicamente los cocos de los cocoteros que estaban en esa zona pública, tendría el derecho, al cabo de unos años, de pedir la propiedad de esa parte de la playa. Por ese motivo la policía le obligó a talarlos… Nos reímos, y nos acordamos de las repúblicas bananeras… Estaba claro: definitivamente, ¡Sri Lanka era la república cocotera!

Vigilante de un templo de Sri Lanka

Al día siguiente volvimos a hacer ruta con la moto hasta Dondra para visitar su faro. Desafortunadamente, estaba cerrado y ya no dejan subir así que nos dimos un paseo por los alrededores hasta acabar en una playa cercana.

El faro de Dondra

Allí estuvimos jugando con unos niños a los que regalamos varias fotos de la cámara ‘Instax’. Un grupo de chavales que merodeaban por allí no quisieron ser menos.

Retrato

Al final ya posaban…

Chicos en la playa de Dondra

… A estos tampoco se les daba mal…

De regreso, paramos a comer en una playa preciosa en una pequeña bahía cerca de Dickwella.

Playa Sri Lanka

Ya de vuelta en Rekawa, esperamos al anochecer para acercamos a su Asociación de Defensa de la Tortuga. Nos sorprendió la cantidad de gente que iba llegando… El reclamo era la posibilidad de ver alguna tortuga verde desovar en la playa. Pasada una hora, el guía recibió por el ‘walkie talkie’ el aviso de que habían encontrado una tortuga llegando a la playa. Estábamos de suerte. Debíamos ser unas 60 ó 70 personas que, acertadamente, decidieron separar en tres grupos. Caminamos unos quinientos metros por la playa hasta llegar a la tortuga. Era noche cerrada.

Asociación de la Tortuga

Las reglas eran claras: acercarse en grupo, estar en silencio y apagar las linternas. Solo el guía podía iluminar a la tortuga con una linterna de luz roja que, según decían, no molestaba a las tortugas. Nos acercamos y vimos a la tortuga dentro de un gran hoyo. Lentamente, movía las aletas traseras para cavar un agujero donde acabó poniendo los huevos.

Tortuga verde, Sri Lanka

Una tortuga desovando

Aunque, por lo general, la gente respetaba las reglas, éramos demasiados y a la tortuga le llevaría un par de horas completar todo el proceso. Así se hacía difícil abstraerse y sumergirse en la magia del acontecimiento. Y es que aquella tortuga había regresado, años después, a la misma playa que la vio nacer. Las tortugas que nacerían de los huevos que estaba poniendo deberían seguir el mismo destino, siempre y cuando el desarrollo de la costa y el esfuerzo de aquella asociación se lo permitan.

Tortuga verde en Rekawa

Al día siguiente nos despedimos de Konstantin y de su fantástico hotel. Continuaríamos nuestro viaje siguiendo la costa hacia el oeste donde las tortugas ya no van a desovar y donde -ya nos advirtieron- nada volvería a ser tan virgen como Rekawa. Solo los cocos parecían estar asegurados.

Autobús en Sri Lanka

Una respuesta a “La república cocotera

  1. Extraordinaria la República cocotera y el hotel de Konstantin. Me lo apunto para un “retiro espiritual”. Para ir a ese templo en las cuevas se debe estar en muy buenas condiciones físicas, al menos de equilibrio, tendré que apurarme. Gracias y hasta otra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s