Los pueblos Himba y Herero

Opuwo y alrededores. 3 días, 160 kms.

Western había abandonado su poblado Himba siendo un niño. No tuvo el apoyo de su familia y fue una decisión muy dura. Empezó vendiendo pulseras y collares para pagarse el colegio. Más adelante, siempre trabajando en algo, llegó a la universidad y se licenció. Finalmente, logró montar el hostel y camping en el que le conocimos. Pese a haber logrado valerse por sí mismo, formarse y montar un negocio exitoso, su familia seguía sin valorar sus logros. Entendían que hubiese querido llevar ‘otra vida’, pero nada más. Western conversaba con nosotros en un perfecto inglés desde el asiento trasero de nuestro coche mientras nos dirigíamos a un poblado Himba alejado de la ciudad de Opuwo.

Opuwo

La actividad de la polvorienta Opuwo, una de las principales ciudades del norte del país, giraba en torno a su calle principal. Allí convivían etnias distintas y tribus de lo más dispares, relacionándose entre ellas. Sobresalían los Himba con su piel roja y torso desnudo y los Herero, en especial, los vestidos de las señoras, por su estilo y colorido. Antes de salir de la ciudad, compramos en el súper algunos alimentos para la tribu que íbamos a visitar. Con la sequía, los Himba no podían contar con el maíz que cultivan normalmente. La cola del súper “OK” no tenía desperdicio, con Himbas esperando para pagar, elegantes mujeres Herero y un borracho que no paraba de hablar con todo el mundo… todo muy desubicado para suceder en un supermercado aparentemente convencional.

Opuwo OK supermarket

Antes de llegar a la aldea de los Himba, Western nos enseñó unas palabras básicas: ‘Moro’ (hola), ‘Okujeppa’ (gracias) y ‘Mawa’ (bien / bueno). Aunque en apariencia no tengan nada que ver, los Himba son un subgrupo de los Herero. Los Himba son una tribu semi-nómada, que vive, principalmente, de la ganadería. Son polígamos. Se calcula que quedan unos 50.000 miembros.

Himba Village

Al llegar al poblado, empezamos a practicar con nuestros primeros ‘moro’. Western buscaba al jefe de la tribu pero sólo encontramos mujeres y niños. Los hombres habían salido con el ganado. Aun así, obtuvimos el beneplácito de las mujeres para pasar allí la mañana.

Himba

En la aldea y en la vida de los Himba, todo gira en torno al fuego sagrado que, en ese momento, era una pila enorme de troncos esperando a ser prendidos. Frente al fuego está la casa de la primera mujer del jefe de la tribu. En círculo, alrededor del fuego sagrado, se van construyendo las casas de las siguientes mujeres. Cada mujer duerme siempre en su casa y es el jefe de la tribu el que duerme en una casa distinta cada noche, siguiendo el orden.

Himba

Las vestimentas se fabrican con cuero de vaca y cordero, que es el ganado que mantienen. Las chicas son presumidas, cubren su piel con ocre rojo que mezclan con manteca y hierbas aromáticas para oler bien, ya que no se duchan nunca. El ocre las protege de los mosquitos y la luz del sol. Dependiendo de las pulseras que lleven en los tobillos, los collares y su peinado se pueden saber muchas cosas de una mujer sin necesidad de preguntar. Por ejemplo, su edad, si son madres, etc.

Ocre Himba

Ocre Himba

Tanto el vestido como el peinado tiene relación con la edad. Cuando las niñas tienen la primera menstruación cambian el pelo corto con dos trenzas hacia delante por el pelo largo cubierto de la misma masa de ocre con la que untan a diario su cuerpo.

Himba

Himba

Los hitos más importantes en la vida de un Himba se producen frente al fuego sagrado en diferentes ceremonias lideradas por el jefe del poblado en estado de trance. Allí se le da nombre a los recién nacidos. Al cumplir los once años se extraen los cuatro dientes incisivos inferiores en honor a las vacas, su animal más venerado, para que su boca se les parezca. Allí también se circuncidan los niños antes de llegar a la pubertad.

Himba

Western no nos dijo con precisión a qué edad abandonó su aldea aunque mantenía intactos sus incisivos inferiores así que, con seguridad, se fue antes de cumplir los once.

Himba

Todo ese mundo paralelo, sin electricidad ni agua corriente, en el que se mantenían tradiciones ancestrales, era la muestra del poco éxito que debieron tener los colonizadores y los misioneros europeos con los Himba. Imaginamos a los pobres misioneros intentando convencer a esas gentes de que debían vestirse, adoptar otro nombre, practicar la monogamia y olvidarse del fuego sagrado… Probablemente, el hecho de habitar zonas tan áridas y aisladas también ayudó a los Himba a mantener su identidad y modo de vida al margen de la modernidad.

Himba

Entramos en una de las chozas hecha de un adobe mezcla de paja, barro y heces de vaca. Allí, una chica sostenía a su hija, que había nacido hacía unas semanas. En una pequeña brasa quemaba las raíces de un árbol y se perfumaba con el humo abalanzándose sobre él. Aunque el humo olía bien, el espacio se calentó aun más y el aire empezó a hacerse casi irrespirable. Pese a que el instinto nos invitaba a salir en busca de aire fresco, la conversación con la chica era muy interesante aunque difícil a pesar de la traducción voluntariosa de Western. Quizás lo que nos separaba no era la forma de las palabras, sino el fondo de la conversación.

Poblado Himba

Perfume Himba

Definitivamente, Western nos había llevado a un poblado alejado. Allí no había ningún artesano vendiendo pulseras y collares Himba y se notaba que no recibían la visita de turistas a menudo. A pesar de la dificultad en la comunicación, nos sentimos bien acogidos y no nos pareció que alteráramos en exceso el ritmo del poblado. Menos con los niños, claro, que se lo pasaban en grande jugando con nosotros, haciendo fotos con nuestras cámaras y fantaseando con que nuestro coche era, en realidad, de ellos… Bueno, más bien ‘mío’, ‘no, no, mío’.

Himba fotografía

De vuelta en el coche, podríamos decir, que ya habíamos hecho lo que hace la gente que llega a Opuwo: ir a una tribu Himba. Aun así y aunque los Herero son una tribu mucho más modernizada y no llaman lo suficiente la atención del turista o del touroperador, decidimos ir a visitar también un poblado Herero.

Opuwo calle

La calle principal de Opuwo

De nuevo, pasamos por el súper y añadimos a la lista de la compra un detergente para ropa de color, esencial para que las mujeres puedan mantener vivos los colores de sus curiosos vestidos. Ya de camino, le preguntamos a Western por esos vestidos de estilo victoriano. Él nos empezó a contar que las Herero adoptaron ese estilo victoriano de las mujeres de los colonizadores alemanes de principios del S.XX. Por su parte, los hombres visten elegantes, con americana y sombrero y llevan bastón (aunque no lo necesiten), que, ya se sabe, da mucha clase…

Poblado Herero

Pero… vamos a ver Western, “¿no nos acabas de contar que los colonizadores alemanes casi aniquilaron a los Herero y Nama a principios del S.XX?” De hecho, los alemanes se llevaron cientos de cabezas de los Herero para estudiarlas en su país. No podían entender cómo éstos seguían luchando con lanzas y piedras cuando los alemanes los mataban fácilmente de un tiro. Querían investigar qué había dentro de sus cabezas que les daba ese coraje.

Herero Namibia

Western nos contestó que, aunque parezca increíble, los Herero adoptaron la moda de los colonizadores alemanes y siguen usándola porque les gusta. No les guardan rencor, aunque han solicitado reiteradamente la devolución de las cabezas que se llevaron los alemanes. Algunas han sido devueltas en los últimos años.

Aldea Herero

Llegamos al poblado. Las casas eran también de adobe -incluso alguna de ladrillo- y tenían, en este caso, techos de latón y puertas. Tras hablar un rato con el jefe y mostrarle nuestros respetos, seguimos comprobando como los Herero, a diferencia de los Himba, se han acomodado a la vida moderna. Tienen electricidad, agua corriente, baños, coches, tele, electrodomésticos y móviles.

Herero Namibia

En cuanto a sus tradiciones, sorprende ver que, bajo toda la modernidad, continúan vivos hábitos y ritos muy parecidos a los de de los Himba. En el poblado todo acto social y religioso se lleva a cabo frente al fuego sagrado. A su alrededor se disponen las casas de las diferentes mujeres del jefe del poblado.

Niños Herero

En una de las casas se habían reunido mujeres de varias aldeas para velar la muerte de uno de los hijos del jefe. Por la tarde fueron llegando coches de otros poblados. Los niños y jovenes vestían ropa moderna, mientras que los adultos iban con el traje de estilo victoriano. También había una chica Himba que había acudido al velatorio.

Mujer Herero

Las señoras llevan esos vestidos victorianos largos todo el año, aunque haga mucho calor. Compran las telas y los diseñan ellas mismas, siempre bien combinados y mucho más coloridos que los probables tonos pastel que debían lucir las alemanas de principios del siglo pasado.

Herero Namibia

El curioso sombrero que llevan marca la edad de la señora en cuestión. A mayor grosor más edad.

Herero Namibia

Y aunque charlamos un rato con el jefe y con las señoras que velaban en la casa, de nuevo, los que mejor lo pasaban eran los niños. Su juego del momento era crear dos bandos, poner 4 pilas gordas frente a ellos y ver quien era capaz de derribar más pilas del contrario tirando otra pila desde su lado.

Niños Herero

Niños Herero Namibia

No tardé en darme cuenta que el de rojo era el crack. Pero yo ya iba con el de negro así que palmamos claramente. Pensaba que podía contar con la suerte del novato pero ni por esas…

Juegos Herero Namibia

Nos gustó comprobar que los Herero habían llegado a modernizar su estilo de vida, disfrutando del confort de la modernidad pero sin dejarse llevar -al menos aparentemente- por la envidia o el consumismo, manteniendo con orgullo sus tradiciones y creencias.

Niños Herero

Si eso tenía ya mérito para nosotros, qué íbamos a pensar de los Himba, que han conocido la vida moderna y el dinero, que se relacionan con los Herero y ven su nivel de vida… Los Himba no sólo no habían cambiado su cultura, sino que resistían totalmente impermeables a la llegada del colonizador, su cultura, tecnología y religión.

Himba

Viendo hoy la calle principal de Opuwo, donde cruzan autobuses de viajes organizados, circulan grandes todoterrenos último modelo y la gente empieza a no levantar la cabeza de su teléfono móvil, nos preguntamos durante cuánto tiempo más seguirá siendo así.

Niño Herero

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Atravesando Damaraland

Sesriem – Welwitschia Drive – Twyfelfontein – Palmwag – Ongongo – Opuwo. 5 días, 1.230 kms.

El mapa de nuestra guía marcaba Palmwag con un punto negro rodeado por un círculo. En la mayoría de mapas del mundo eso representa una ciudad o, al menos, un pueblo. Tras tres noches de camping y cientos de kilómetros por carreteras de gravilla, necesitábamos reencontrarnos con algo de civilización, un súper donde poder comprar comida y, si no era mucho pedir, un lugar con ducha caliente. No podía fallar, Palmwag iba a ser ése lugar.

O eso pensábamos… Bienvenidos a Palmwag:

Palmwag

En efecto, esa gasolinera con dos surtidores era Palmwag. Su rincón más concurrido era la sombra de un árbol desde donde nos llegaban los acordes cansinos de una guitarra bajo el sol abrasador del medio día. Al menos, tras la decepción inicial, descubrimos una tienda. ‘Bueno, algo es algo’ pensamos… Fuimos hacia allá y lo primero que encontramos en el zaguán del negocio es a un chico durmiendo sobre una mesa de billar mientras sus amigos compartían una botella de algún licor marca ‘Castelo’. Ya dentro del local, las estanterías mostraban un escaso surtido de tabaco y botellas de alcohol que quedaban al otro lado de un mostrador protegido con firmes barrotes.

Palmwag Namibia durmiendo

Palmwag liquor store

Palmwag, aquel punto negro rodeado de un círculo en el mapa, no tenía ni un simple colmado. Por lo menos pudimos comprar agua y unas patatas fritas “Simba” con sabor a ternera. Por fortuna, unos kilómetros más allá estaba el camping de Palmwag. Era un oasis en la polvareda de la carretera que veníamos recorriendo. Un oasis tan anhelado en aquel rincón remoto que estaba completo. No quedaba ni un lugar libre para que pudiéramos abrir la tienda del techo de nuestro coche. ‘No, en serio, no vamos a conducir 2 horas más para llegar al siguiente camping!’ Allí, justo en el corazón de Damaraland, en aquella ciudad que no existía, empezábamos a valorar la idea de acampar al pie de la carretera, en mitad de ningún sitio.

4x4 only, Namibia

Pero no nos avancemos tanto y empecemos por el principio… o por donde lo dejamos el otro día. Durante los tres días que tardamos en llegar a la ‘no-ciudad’ de Palmwag, sumamos a la arena que traíamos del Namib todo el polvo imaginable de las carreteras de gravilla que avanzaban entre paisajes desérticos de lo más variado.

Tropico de Capricornio

En un solo día la gravilla de la carretera podía ser negra, gris, marrón, ocre, amarilla, naranja, roja… en todos sus tonos. Pensé en fotografiar todos esos colores de las carreteras. Ahora me alegro por vosotros de no haberlo hecho porque podría haber llenado tres post como este sólo con esas fotos. Sí, de nada.

Namibia

Solitaire

Después de conducir casi todo el día llegamos a las llanuras de Welwitschia, donde encontramos un camping en el que se podría decir que no había nada ni nadie. Ni personas, ni vallas, ni agua, ni electricidad… Bueno, algo sí había. Lo que hay en todos los campings del país: parrillas para hacer barbacoa (o ‘Braai’ como le llaman allí).

Weltwitschia camping

Antes del atardecer, recogimos leña y subimos a lo alto de las montañas que rodeaban la zona de acampada para ver la puesta de sol. Se hacía de noche y ya empezábamos a asumir que pasaríamos la noche allí solos. Como tantas veces nos habían recomendado, encendimos enseguida el fuego que debía ahuyentar a los animales salvajes y vimos clara la doble función de aquella hoguera. Por un lado estaríamos a salvo y, por otro, la brasa que se iba formando nos valdría para cocinar. En aquel momento no éramos aún conscientes de la cantidad de carne a la brasa que íbamos a comer en este viaje.

Weltwitschia camping, Namibia

Al margen de la inconveniencia de no tener ducha ni baño, fue toda una experiencia dormir solos en aquel lugar. Cerca del camping encontramos las plantas que le daban nombre a aquella llanura, las Welwitschias. Eran unas plantas muy raras, que son endémicas de Namibia y que se encuentran sólo en zonas desérticas. Al parecer consiguen retener agua del rocío de la mañana con la que consiguen ser uno de los seres vivos más longevos del planeta. Es muy difícil determinar la edad de estas plantas, pero los expertos consideran que pueden vivir entre 1.000 y 2.000 años.

Welwitschia

Seguimos camino por aquellas llanuras junto con esa densa bruma matinal que es vital para las Welwitschias. La bruma llegaba desde el oceáno, a unos 30 ó 40 kilómetros hacia el oeste, aunque no tardó en disiparse una vez el sol empezó a ganar altura.

Damaraland, Namibia

Bar Namibia

Continuamos avanzando por aquel paisaje lunar, cruzando el Parque Nacional de Dorob.

Damaraland, Namibia

Gasolinera, Namibia

Llevábamos 600 kilómetros recorridos desde que salimos de Sesriem cuando nos encontramos con el primer núcleo urbano, por así decirlo. El pueblo se llamaba Uis y su supermercado nos permitió abastecernos de agua, leña y algo de comida. Otro de nuestros objetivos era conseguir un rotulador para marcar en el mapa el camino que íbamos dejando atrás. Lo habíamos intentado ya días antes sin éxito. Pese a que el súper estaba bastante bien surtido, no parecía haber ningún rotulador ni bolígrafo. De hecho, al llegar a la caja y preguntarle a la dependienta si tenían rotuladores o bolis, nos confirmó, efectivamente, que no tenían. En ese momento y sin ningún disimulo, cogió el boli que estaba sobre el mostrador y se lo guardó en el bolsillo. ‘Jeje, tranqui que no me lo voy a llevar’. Definitivamente, hay algún problema en este país con los bolígrafos y rotuladores…

Spitzkoppe, Namibia

Más hacia el norte, ya en territorio de Damaraland, avistamos a lo lejos el perfil de las montañas de Spitzkoppe sobre la llanura seca. Tanto sus formas, ubicación y color nos recordaron a las rocas sagradas de Uluru y las Olgas en el centro de Australia.

Spitzkoppe, Namibia

Spitzkoppe Damaraland

Seguimos camino hasta llegar a un camping cerca de Twyfelfontein. Al firmar la hoja de registro nos fijamos en que la chica que regentaba el camping no le quitaba el ojo de encima al boli… ¿Nos estaríamos obsesionando? Al margen de ese control, digamos que la chica no parecía tener muchas ganas de trabajar y había que sacarle las palabras de la boca. Sin duda, nos quedamos con esta parte de la conversación que mantuvimos con ella:

- Por cierto… ¿podemos cenar? (había una cocina y unas mesas con cubiertos)
Mmmm… No, ya no, es que es muy tarde. (Eran las 18:30)
Ah, ¿en serio? o sea que no es posible comer nada…
– Eh… bueno, a ver, sí podríais cenar, pero tendríais que esperar unas 3 horas.
- ¡¿?¿?¿?!

Una conversación más digna de nuestros días por Bolivia o India… En invierno anochece a las 5:30 de la tarde y sin radio, ni tele, ni conexión a nada ya estábamos acostumbrados a acostarnos entre las 8 y las 9 como tarde. ¡Cenar a las 9:30 sería como hacerlo aquí a la una de la mañana! Por lo menos, en aquel camping nos pudimos duchar con un hilillo de agua caliente. Un trabajador del camping un poco más espabilado que su compañera iba añadiendo troncos al fuego que ardía bajo el depósito metálico de agua de las duchas.

Twyfelfontein, Damaraland

A la mañana siguiente empezamos a descubrir en Twyfelfontein el ancestral pasado de los San, también conocidos con el nombre un poco más peyorativo de bosquimanos (bushmen). Los San fueron uno de los primeros pobladores del planeta y habitaron sobre todo la zona sur del continente africano. Se caracterizan por tener una piel de color más clara y son bajitos. Sus descendientes aún habitan zonas de Namibia y Botswana. Pese a ser cazadores y recolectores nómadas, los San regresaban frecuentemente a las colinas de Twyfelfontein por el agua que brota de su manantial.

Spitzkoppe

Aquella fuente en mitad del desierto fue habitada hace más de 6.000 años. Entre las rocas de las laderas se encuentran más de 2.000 grabados hechos por los San. Principalmente son imágenes de animales de la zona, mapas para la caza y la localización de agua. Los grabados se usaban para fines didácticos y religiosos y los más recientes llevan allí más de 2.000 años.

Twyfelfontein, Namibia

En los grabados se ven todos los animales que cazaban (algunos de ellos ya extintos) y hasta vimos grabados de focas y pingüinos, lo que demuestra que los San ya habían llegado al océano. Desde allí, atravesando el desierto, traían sal para mantener la carne de la caza.

Twyfelfontein, Damaraland

A pesar de la antigüedad de los grabados y del hecho de que Twyfelfontein es el único sitio de Namibia declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad, lo que nos resultó más llamativo es el lenguaje de los San, que aún se habla en esta zona de Damaraland. Su principal particularidad es que entre los sonidos que nosotros reconoceríamos normalmente como palabras, este lenguaje introduce chasquidos de diferentes tipos hechos con la lengua… como si estuviésemos arreando a un caballo. Cuando se lee, esos sonidos se expresan con símbolos como ≠, !, //… cada uno es diferente y da un significado distinto a las palabras.

Lizard, Namibia

Antes de dejar Twyfelfontein, nos adentramos en el cauce seco del río donde volvimos a meternos con el coche en arena muy profunda aunque esta vez sin cagarla como en Sossusvlei. Allí vimos a un elefante solitario que nos pareció inmenso.

Elefante

Tras otra buena tirada de gravilla y polvo, llegamos al principio del post, o lo que es lo mismo: a la decepción de Palmwag donde no teníamos donde dormir. Al final, acabamos en la asociación “Save the Rhino Trust” donde tenían un pequeño espacio para acampar. Allí no había vallas y estábamos dentro de una inmensa concesión territorial en la que no había ganado ni cultivo, sólo animales salvajes.

Coche Namibia

El maletero del coche tras cinco días de ruta…

Desde que oscureció, nos limitábamos a movernos por un triángulo imaginario de seguridad formado por la parte delantera del coche, la trasera y la hoguera que habíamos encendido. Aún así, algunos ruidos nos pusieron muy nerviosos, en especial, unos que provenían de unos árboles que debíamos tener a escasos diez metros de la hoguera. Aún no había salido la luna y no se veía nada pero por los ruidos que oíamos sólo podía ser algo grande… no llegamos a ver lo que era; ‘será una cebra’ nos decíamos para tranquilizarnos. Esa fue una de las noches que más ruidos de animales oímos.

Ongongo camping, rooftop tent

Con la salida del sol al día siguiente, pronto se nos fue borrando la desilusión de Palmwag. No teníamos el permiso para adentrarnos en la concesión pero, al poco de retomar nuestro camino hacia el norte, nos dimos cuenta de que daba igual.

Libelula Ongongo

Sin salir de la carretera principal, empezamos a ver las primeras cebras. Bajé del coche para fotografiar a una y, al notar mi presencia, desapareció tras una loma. Cuando yo ya pensaba volver al coche, apareció la misma cebra acompañada de otras dos en plan desafiante. Se mantuvieron a distancia, pero cuando una de ellas se arrancó hacia mi el acojone fue importante (para que nos vamos a engañar…). Afortunadamente, enseguida se detuvo y las otras cebras se le acercaron lentamente. Aunque estaban a menos de diez metros de mí, preferí quedarme quieto. Finalmente, hicimos las paces con la mirada y se fueron al galope. Fue un encuentro inolvidable con las primeras cebras con las que nos topamos. Aún así, lo que más nos sorprendió fue el increíble ruido al alejarse al galope frente a nosotros.

Cebra, Namibia

Más adelante, empezamos a ver jirafas a lo lejos y, luego, encontramos varias muy cerca de la carretera. Nos quedamos embobados por su tamaño y la elegancia que tenían al moverse cuando, a su juicio, ya nos habíamos acercado demasiado.

JirafaTambién nos topamos con algún zorrillo, que más adelante supimos que era un chacal, pero eso ya será harina de otro post.

Chacal, Namibia

Retomamos el camino hacia el norte y, siguiendo la recomendación de un sudafricano muy curtido en este tipo de viajes que habíamos conocido, llegamos al camping de Ongongo. Allí encontramos el sitio perfecto para descansar del coche, hacer la colada, organizar y, lo mejor, darnos un refrescante chapuzón en una piscina natural de agua cristalina.

Ongongo pool

Allí se unió a nosotros un gato asilvestrado con el que acabamos haciendo buenas migas y al que bautizamos como “Simba”, igual que las patatas. Cuando se hizo de noche encendimos la hoguera y pensamos que, si algún animal se acercaba, Simba iba a ser el primero en darse cuenta y nos alertaría. Pero mientras comentábamos precisamente eso, el colega (que había estado con nosotros todo el día), tranquilamente, se dio media vuelta y se perdió en la oscuridad… ‘No me ha gustado el pavo cocido así que ahí os quedáis’…

Gato Simba

Y sí, ahí nos quedamos, bajo un cielo estrellado espectacular al final del camino que nos había llevado por Damaraland.

Estrellas Namibia

Hasta la próxima entrega.

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La arena del Namib

Windhoek – Sesriem – Sossusvlei. 3 días, 500 kms.

150 litros de diesel, 50 de agua, comida, GPS y un teléfono satelital. Teníamos todo lo necesario para empezar a levantar polvo en las carreteras de gravilla que separaban Windhoek, la capital de Namibia, de Sesriem, la puerta de entrada al desierto del Namib.

Camino al desierto, Namibia

Avanzamos por un paisaje siempre seco, polvoriento y mucho más variado de lo que hubiésemos imaginado. Un desierto no es sólo arena y dunas.

Avestruces

De camino y al llegar a Sesriem encontramos los primeros animales salvajes y empezamos a familiariazarnos con ellos y sus nombres: órice o ‘gemsbok’, gacela saltarina o ‘springbok’ (a quien nosotros llamaremos ‘gacela’ a secas porque lo de saltarina no nos acaba de convencer…)

Orice, Namibia

Un Órice de El Cabo

Carretera Namib

Despedimos nuestro primer día en las puertas de Namib con un atardecer espectacular y una noche con una luna casi llena que le restaba protagonismo a las estrellas pero que, a cambio, iluminaba todo el paisaje.

Sunset namibia

Fotografía nocturna

De madrugada, helados, nos levantamos y vemos el amanecer frente a nuestro campamento. Un grupo de gacelas nos acompañan y una bruma baja empieza a extenderse por la llanura.

Amanecer

El Desierto del Namib ocupa gran parte del oeste de Namibia. Se le considera el desierto más antiguo del planeta y el que tiene las dunas más altas del mundo.

Bruma matinal

Elim Dune no era ni mucho menos la más alta pero costaba llegar hasta su cima. La bruma se había disipado y el sol empezaba a ganar altura. Los pies se hundían con facilidad en la una arena roja finísima, que nos acompañaría en nuestros bolsillos, zapatos y cámaras durante muchos días.

Elim Dune

Elim Dune

Elim Dune

Hallamos la sombra en el interior del Cañón de Sesriem donde aún quedaba un charco con agua en su zona más baja. En verano, la época de lluvias, el Sesriem crece y recorre un camino bien marcado al fondo del cañón que, ahora, en pleno invierno, es un pedregal seco.

Sesriem Canyon

Sesriem cañón

A mediodía la carretera parece inundarse frente a nosotros. El reflejo que generan el calor y el sol se extiende por toda la planicie que se adentra hasta Sossuvlei con el permiso de las dunas del Namib .

Carretera Namib

Cuando la llanura se topa con las dunas, la carretera se convierte en un correcalles de rodaduras de coche en una arena fina. 50 kms. más hacia el oeste, las dunas se enfrentan a las olas del Atlántico sur.

Arena del Namib, Namibia

“No conduzcas por carreteras sin número. Si encuentras arena utiliza el 4×4 y sigue las rodaduras de los otros coches. No uses nunca la superreductora”. Surita nos lo había dejado claro al alquilarnos el coche tan sólo dos días antes pero allí estábamos nosotros: en una carretera sin número, hundidos en la arena del desierto hasta media rueda. Marcha atrás, en segunda, girando el volante, 2×4, 4×4… Ni modo. ‘¡Cómo huele! ¡estamos quemando el embrague! A ver…¿dónde estaba la pala? bufff…’ En fin…

Duna Namib

Por fortuna, cuando ya nos veíamos llamando a Surita con el teléfono vía satélite para confesar nuestros pecados, aparecieron dos coches con grupos de turistas que iban con conductor y guía local. Con ellos empezamos a darle… Adelante, atrás, empuja que te empuja. Finalmente, conseguimos sacar el coche para el deleite de los turistas que nos grababan con sus cámaras. Nos enorgullece pensar que en algún lugar de Alemania alguien estará agradeciendo nuestro numerito de humor mientras se tiene que tragar el interminable vídeo de las vacaciones del vecino. Sí, de nada.

Arena del Namib, Namibia

Las dunas son altas…

Después del pago de una propina negociada al alza por el guía del grupo, el conductor nos convenció para que, en lugar de redimirnos, siguiéramos pecando: “No tienes ni idea de conducir en arena así que pon la superreductora y todo el rato en segunda”. (Sí, también hirió un poco mi orgullo de conductor de primera).

Camara desierto

Vanos inventos para intentar proteger la cámara de la arena

A pesar de que la tarde avanzaba y aquel grupo parecía el último que regresaba de las dunas, en lugar de darnos la vuelta, decidimos intentar llegar a Sossusvlei. Así que superreductora y segunda a tope! Surita, perdónanos.

No sin cierta tensión lo logramos. Nos adentramos a pie en el Deadvlei, un circo blanco entre dunas rojas salpicado por árboles secos.

Deadvlei

Deadvlei

¿Cuándo debió haber agua aquí? ¿Cuánto tiempo llevarán esos árboles en pie? No teníamos ni idea.

Deadvlei

Deadvlei

Caminamos sobre aquella especie de salar de piedra blanca, cuarteada y quebradiza. Definitivamente estábamos en otro planeta, un mundo fantástico y desolador.

Deadvlei

La luna apareció sobre las dunas, devolviéndonos al planeta tierra y a la realidad de que, en breve, el sol se pondría y no estaba permitido conducir de noche. Ya habíamos pecado bastante, así que regresamos al coche rodeando una duna inmensa.

Deadvlei

Sossusvlei

El rodeo nos llevó por paisajes que no están marcados en el mapa o la guía pero que nos deslumbraron por igual. La luz casi horizontal del atardecer revelaba la auténtica esencia de Sossusvlei.

Sossusvlei

Deshicimos el camino por la carretera de arena sin parar. La idea de pasar la noche allí con el coche hundido no era el mejor plan.

Sossusvlei

De nuevo, la luna iluminaba todo el paisaje nocturno. De madrugada la luna se puso y, antes de amanecer, pudimos ver por primera vez el cielo del desierto sin luz, en su máximo esplendor.

Noche desierto del Namib

Con luna…

Fotografía nocturna Namib

Sin luna…

Antes de que saliera el sol, estábamos a los pies de la Duna 45 (llamada así porque está a 45 kms de Sesriem). Nuestro objetivo -y el del resto de gente que había logrado una plaza para dormir dentro del Parque- era subir a lo alto de la duna para ver desde allí el amanecer. Ya debe estar científicamente probado que subir una duna de 170 metros es el mejor ejercicio para darte cuenta en 30 segundos de la mala forma física que tienes… Cuesta avanzar pero una vez arriba las vistas te recompensan el esfuerzo con creces.

Amanecer Duna 45 Namibia

El amanecer nos sorprende enfundados en toda la ropa de abrigo que llevábamos. El viento viene frío y despeina la cresta de la duna levantando la fina arena roja.

Globos Amanecer Duna 45 Namibia

Los primeros rayos del sol iluminan, a nuestra derecha, la cumbre de las dunas que nos rodean (muchas de ellas aún más altas que la 45). Al poco, la luz alcanza nuestra posición y empieza a calentarnos. Tan sólo unos minutos más tarde, a nuestra izquierda, los rayos ya alcanzan toda la llanura de Sesriem.

Amanecer Duna 45 Namibia

Sesriem Duna 45

Cuando el día acababa de llegar a sus dunas, nosotros nos despedíamos del desierto. Debíamos seguir nuestro camino, ahora hacia el norte.

Órice en el desierto del Namib

No nos íbamos a olvidar del Namib pero, por si acaso, parte de él se venía con nosotros. En cualquier resquicio de nuestro cuerpo, ropa, cámaras y por todo el coche nos iba acompañar por semanas la arena del Namib.

Arena del Namib

Arena del Namib

¡Hasta pronto!

“El Viaje” ya a la venta

Tras más de un año de trabajo (la mayoría ajeno a nosotros, la verdad) y la ayuda de más de 400 mecenas, por fin “El Viaje” es una realidad. Nos encanta haber podido colaborar en este proyecto solidario que aúna nuestras dos mayores pasiones: la fotografía y viajar. Hemos aportado 16 fotografías que conviven entre las 156 páginas del libro con las de otros fotógrafos y viajeros que admiramos. Y lo mejor de todo es que a estas buenas sensaciones debemos sumarle el hecho de que “El Viaje” tiene, además, un fin solidario.

El Viaje, libro solidario

Muchas gracias a todos aquellos que participasteis para que este proyecto sea hoy una realidad.

“El Viaje” ya está a la venta en las siguientes librerías:

(ISBN: 978-84-15797-24-1)

Y por internet en la tienda de la editorial Xplora: TIENDA XPLORA

El precio del libro es de 30€. Os recordamos que todos los beneficios obtenidos por su venta se destinan íntegramente a la ONG Colabora Birmania, que ayuda a los refugiados birmanos en la frontera con Tailandia.

Libro solidario el viaje

Así que, tanto los que queráis ayudar a Colabora Birmania, como los que seais amantes de la fotografía y los viajes, o los rezagados que no pudistéis haceros con vuestro ejemplar como mecenas, ¡lo tenéis ahora más fácil que nunca!

El Viaje, libro solidario

¡Muchas gracias!

 

Aquí podéis ver más información de este proyecto, su contenido, autores y finalidad solidaria.