Atravesando Damaraland

Sesriem – Welwitschia Drive – Twyfelfontein – Palmwag – Ongongo – Opuwo. 5 días, 1.230 kms.

El mapa de nuestra guía marcaba Palmwag con un punto negro rodeado por un círculo. En la mayoría de mapas del mundo eso representa una ciudad o, al menos, un pueblo. Tras tres noches de camping y cientos de kilómetros por carreteras de gravilla, necesitábamos reencontrarnos con algo de civilización, un súper donde poder comprar comida y, si no era mucho pedir, un lugar con ducha caliente. No podía fallar, Palmwag iba a ser ése lugar.

O eso pensábamos… Bienvenidos a Palmwag:

Palmwag

En efecto, esa gasolinera con dos surtidores era Palmwag. Su rincón más concurrido era la sombra de un árbol desde donde nos llegaban los acordes cansinos de una guitarra bajo el sol abrasador del medio día. Al menos, tras la decepción inicial, descubrimos una tienda. ‘Bueno, algo es algo’ pensamos… Fuimos hacia allá y lo primero que encontramos en el zaguán del negocio es a un chico durmiendo sobre una mesa de billar mientras sus amigos compartían una botella de algún licor marca ‘Castelo’. Ya dentro del local, las estanterías mostraban un escaso surtido de tabaco y botellas de alcohol que quedaban al otro lado de un mostrador protegido con firmes barrotes.

Palmwag Namibia durmiendo

Palmwag liquor store

Palmwag, aquel punto negro rodeado de un círculo en el mapa, no tenía ni un simple colmado. Por lo menos pudimos comprar agua y unas patatas fritas “Simba” con sabor a ternera. Por fortuna, unos kilómetros más allá estaba el camping de Palmwag. Era un oasis en la polvareda de la carretera que veníamos recorriendo. Un oasis tan anhelado en aquel rincón remoto que estaba completo. No quedaba ni un lugar libre para que pudiéramos abrir la tienda del techo de nuestro coche. ‘No, en serio, no vamos a conducir 2 horas más para llegar al siguiente camping!’ Allí, justo en el corazón de Damaraland, en aquella ciudad que no existía, empezábamos a valorar la idea de acampar al pie de la carretera, en mitad de ningún sitio.

4x4 only, Namibia

Pero no nos avancemos tanto y empecemos por el principio… o por donde lo dejamos el otro día. Durante los tres días que tardamos en llegar a la ‘no-ciudad’ de Palmwag, sumamos a la arena que traíamos del Namib todo el polvo imaginable de las carreteras de gravilla que avanzaban entre paisajes desérticos de lo más variado.

Tropico de Capricornio

En un solo día la gravilla de la carretera podía ser negra, gris, marrón, ocre, amarilla, naranja, roja… en todos sus tonos. Pensé en fotografiar todos esos colores de las carreteras. Ahora me alegro por vosotros de no haberlo hecho porque podría haber llenado tres post como este sólo con esas fotos. Sí, de nada.

Namibia

Solitaire

Después de conducir casi todo el día llegamos a las llanuras de Welwitschia, donde encontramos un camping en el que se podría decir que no había nada ni nadie. Ni personas, ni vallas, ni agua, ni electricidad… Bueno, algo sí había. Lo que hay en todos los campings del país: parrillas para hacer barbacoa (o ‘Braai’ como le llaman allí).

Weltwitschia camping

Antes del atardecer, recogimos leña y subimos a lo alto de las montañas que rodeaban la zona de acampada para ver la puesta de sol. Se hacía de noche y ya empezábamos a asumir que pasaríamos la noche allí solos. Como tantas veces nos habían recomendado, encendimos enseguida el fuego que debía ahuyentar a los animales salvajes y vimos clara la doble función de aquella hoguera. Por un lado estaríamos a salvo y, por otro, la brasa que se iba formando nos valdría para cocinar. En aquel momento no éramos aún conscientes de la cantidad de carne a la brasa que íbamos a comer en este viaje.

Weltwitschia camping, Namibia

Al margen de la inconveniencia de no tener ducha ni baño, fue toda una experiencia dormir solos en aquel lugar. Cerca del camping encontramos las plantas que le daban nombre a aquella llanura, las Welwitschias. Eran unas plantas muy raras, que son endémicas de Namibia y que se encuentran sólo en zonas desérticas. Al parecer consiguen retener agua del rocío de la mañana con la que consiguen ser uno de los seres vivos más longevos del planeta. Es muy difícil determinar la edad de estas plantas, pero los expertos consideran que pueden vivir entre 1.000 y 2.000 años.

Welwitschia

Seguimos camino por aquellas llanuras junto con esa densa bruma matinal que es vital para las Welwitschias. La bruma llegaba desde el oceáno, a unos 30 ó 40 kilómetros hacia el oeste, aunque no tardó en disiparse una vez el sol empezó a ganar altura.

Damaraland, Namibia

Bar Namibia

Continuamos avanzando por aquel paisaje lunar, cruzando el Parque Nacional de Dorob.

Damaraland, Namibia

Gasolinera, Namibia

Llevábamos 600 kilómetros recorridos desde que salimos de Sesriem cuando nos encontramos con el primer núcleo urbano, por así decirlo. El pueblo se llamaba Uis y su supermercado nos permitió abastecernos de agua, leña y algo de comida. Otro de nuestros objetivos era conseguir un rotulador para marcar en el mapa el camino que íbamos dejando atrás. Lo habíamos intentado ya días antes sin éxito. Pese a que el súper estaba bastante bien surtido, no parecía haber ningún rotulador ni bolígrafo. De hecho, al llegar a la caja y preguntarle a la dependienta si tenían rotuladores o bolis, nos confirmó, efectivamente, que no tenían. En ese momento y sin ningún disimulo, cogió el boli que estaba sobre el mostrador y se lo guardó en el bolsillo. ‘Jeje, tranqui que no me lo voy a llevar’. Definitivamente, hay algún problema en este país con los bolígrafos y rotuladores…

Spitzkoppe, Namibia

Más hacia el norte, ya en territorio de Damaraland, avistamos a lo lejos el perfil de las montañas de Spitzkoppe sobre la llanura seca. Tanto sus formas, ubicación y color nos recordaron a las rocas sagradas de Uluru y las Olgas en el centro de Australia.

Spitzkoppe, Namibia

Spitzkoppe Damaraland

Seguimos camino hasta llegar a un camping cerca de Twyfelfontein. Al firmar la hoja de registro nos fijamos en que la chica que regentaba el camping no le quitaba el ojo de encima al boli… ¿Nos estaríamos obsesionando? Al margen de ese control, digamos que la chica no parecía tener muchas ganas de trabajar y había que sacarle las palabras de la boca. Sin duda, nos quedamos con esta parte de la conversación que mantuvimos con ella:

- Por cierto… ¿podemos cenar? (había una cocina y unas mesas con cubiertos)
Mmmm… No, ya no, es que es muy tarde. (Eran las 18:30)
Ah, ¿en serio? o sea que no es posible comer nada…
– Eh… bueno, a ver, sí podríais cenar, pero tendríais que esperar unas 3 horas.
- ¡¿?¿?¿?!

Una conversación más digna de nuestros días por Bolivia o India… En invierno anochece a las 5:30 de la tarde y sin radio, ni tele, ni conexión a nada ya estábamos acostumbrados a acostarnos entre las 8 y las 9 como tarde. ¡Cenar a las 9:30 sería como hacerlo aquí a la una de la mañana! Por lo menos, en aquel camping nos pudimos duchar con un hilillo de agua caliente. Un trabajador del camping un poco más espabilado que su compañera iba añadiendo troncos al fuego que ardía bajo el depósito metálico de agua de las duchas.

Twyfelfontein, Damaraland

A la mañana siguiente empezamos a descubrir en Twyfelfontein el ancestral pasado de los San, también conocidos con el nombre un poco más peyorativo de bosquimanos (bushmen). Los San fueron uno de los primeros pobladores del planeta y habitaron sobre todo la zona sur del continente africano. Se caracterizan por tener una piel de color más clara y son bajitos. Sus descendientes aún habitan zonas de Namibia y Botswana. Pese a ser cazadores y recolectores nómadas, los San regresaban frecuentemente a las colinas de Twyfelfontein por el agua que brota de su manantial.

Spitzkoppe

Aquella fuente en mitad del desierto fue habitada hace más de 6.000 años. Entre las rocas de las laderas se encuentran más de 2.000 grabados hechos por los San. Principalmente son imágenes de animales de la zona, mapas para la caza y la localización de agua. Los grabados se usaban para fines didácticos y religiosos y los más recientes llevan allí más de 2.000 años.

Twyfelfontein, Namibia

En los grabados se ven todos los animales que cazaban (algunos de ellos ya extintos) y hasta vimos grabados de focas y pingüinos, lo que demuestra que los San ya habían llegado al océano. Desde allí, atravesando el desierto, traían sal para mantener la carne de la caza.

Twyfelfontein, Damaraland

A pesar de la antigüedad de los grabados y del hecho de que Twyfelfontein es el único sitio de Namibia declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad, lo que nos resultó más llamativo es el lenguaje de los San, que aún se habla en esta zona de Damaraland. Su principal particularidad es que entre los sonidos que nosotros reconoceríamos normalmente como palabras, este lenguaje introduce chasquidos de diferentes tipos hechos con la lengua… como si estuviésemos arreando a un caballo. Cuando se lee, esos sonidos se expresan con símbolos como ≠, !, //… cada uno es diferente y da un significado distinto a las palabras.

Lizard, Namibia

Antes de dejar Twyfelfontein, nos adentramos en el cauce seco del río donde volvimos a meternos con el coche en arena muy profunda aunque esta vez sin cagarla como en Sossusvlei. Allí vimos a un elefante solitario que nos pareció inmenso.

Elefante

Tras otra buena tirada de gravilla y polvo, llegamos al principio del post, o lo que es lo mismo: a la decepción de Palmwag donde no teníamos donde dormir. Al final, acabamos en la asociación “Save the Rhino Trust” donde tenían un pequeño espacio para acampar. Allí no había vallas y estábamos dentro de una inmensa concesión territorial en la que no había ganado ni cultivo, sólo animales salvajes.

Coche Namibia

El maletero del coche tras cinco días de ruta…

Desde que oscureció, nos limitábamos a movernos por un triángulo imaginario de seguridad formado por la parte delantera del coche, la trasera y la hoguera que habíamos encendido. Aún así, algunos ruidos nos pusieron muy nerviosos, en especial, unos que provenían de unos árboles que debíamos tener a escasos diez metros de la hoguera. Aún no había salido la luna y no se veía nada pero por los ruidos que oíamos sólo podía ser algo grande… no llegamos a ver lo que era; ‘será una cebra’ nos decíamos para tranquilizarnos. Esa fue una de las noches que más ruidos de animales oímos.

Ongongo camping, rooftop tent

Con la salida del sol al día siguiente, pronto se nos fue borrando la desilusión de Palmwag. No teníamos el permiso para adentrarnos en la concesión pero, al poco de retomar nuestro camino hacia el norte, nos dimos cuenta de que daba igual.

Libelula Ongongo

Sin salir de la carretera principal, empezamos a ver las primeras cebras. Bajé del coche para fotografiar a una y, al notar mi presencia, desapareció tras una loma. Cuando yo ya pensaba volver al coche, apareció la misma cebra acompañada de otras dos en plan desafiante. Se mantuvieron a distancia, pero cuando una de ellas se arrancó hacia mi el acojone fue importante (para que nos vamos a engañar…). Afortunadamente, enseguida se detuvo y las otras cebras se le acercaron lentamente. Aunque estaban a menos de diez metros de mí, preferí quedarme quieto. Finalmente, hicimos las paces con la mirada y se fueron al galope. Fue un encuentro inolvidable con las primeras cebras con las que nos topamos. Aún así, lo que más nos sorprendió fue el increíble ruido al alejarse al galope frente a nosotros.

Cebra, Namibia

Más adelante, empezamos a ver jirafas a lo lejos y, luego, encontramos varias muy cerca de la carretera. Nos quedamos embobados por su tamaño y la elegancia que tenían al moverse cuando, a su juicio, ya nos habíamos acercado demasiado.

JirafaTambién nos topamos con algún zorrillo, que más adelante supimos que era un chacal, pero eso ya será harina de otro post.

Chacal, Namibia

Retomamos el camino hacia el norte y, siguiendo la recomendación de un sudafricano muy curtido en este tipo de viajes que habíamos conocido, llegamos al camping de Ongongo. Allí encontramos el sitio perfecto para descansar del coche, hacer la colada, organizar y, lo mejor, darnos un refrescante chapuzón en una piscina natural de agua cristalina.

Ongongo pool

Allí se unió a nosotros un gato asilvestrado con el que acabamos haciendo buenas migas y al que bautizamos como “Simba”, igual que las patatas. Cuando se hizo de noche encendimos la hoguera y pensamos que, si algún animal se acercaba, Simba iba a ser el primero en darse cuenta y nos alertaría. Pero mientras comentábamos precisamente eso, el colega (que había estado con nosotros todo el día), tranquilamente, se dio media vuelta y se perdió en la oscuridad… ‘No me ha gustado el pavo cocido así que ahí os quedáis’…

Gato Simba

Y sí, ahí nos quedamos, bajo un cielo estrellado espectacular al final del camino que nos había llevado por Damaraland.

Estrellas Namibia

Hasta la próxima entrega.

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La arena del Namib

Windhoek – Sesriem – Sossusvlei. 3 días, 500 kms.

150 litros de diesel, 50 de agua, comida, GPS y un teléfono satelital. Teníamos todo lo necesario para empezar a levantar polvo en las carreteras de gravilla que separaban Windhoek, la capital de Namibia, de Sesriem, la puerta de entrada al desierto del Namib.

Camino al desierto, Namibia

Avanzamos por un paisaje siempre seco, polvoriento y mucho más variado de lo que hubiésemos imaginado. Un desierto no es sólo arena y dunas.

Avestruces

De camino y al llegar a Sesriem encontramos los primeros animales salvajes y empezamos a familiariazarnos con ellos y sus nombres: órice o ‘gemsbok’, gacela saltarina o ‘springbok’ (a quien nosotros llamaremos ‘gacela’ a secas porque lo de saltarina no nos acaba de convencer…)

Orice, Namibia

Un Órice de El Cabo

Carretera Namib

Despedimos nuestro primer día en las puertas de Namib con un atardecer espectacular y una noche con una luna casi llena que le restaba protagonismo a las estrellas pero que, a cambio, iluminaba todo el paisaje.

Sunset namibia

Fotografía nocturna

De madrugada, helados, nos levantamos y vemos el amanecer frente a nuestro campamento. Un grupo de gacelas nos acompañan y una bruma baja empieza a extenderse por la llanura.

Amanecer

El Desierto del Namib ocupa gran parte del oeste de Namibia. Se le considera el desierto más antiguo del planeta y el que tiene las dunas más altas del mundo.

Bruma matinal

Elim Dune no era ni mucho menos la más alta pero costaba llegar hasta su cima. La bruma se había disipado y el sol empezaba a ganar altura. Los pies se hundían con facilidad en la una arena roja finísima, que nos acompañaría en nuestros bolsillos, zapatos y cámaras durante muchos días.

Elim Dune

Elim Dune

Elim Dune

Hallamos la sombra en el interior del Cañón de Sesriem donde aún quedaba un charco con agua en su zona más baja. En verano, la época de lluvias, el Sesriem crece y recorre un camino bien marcado al fondo del cañón que, ahora, en pleno invierno, es un pedregal seco.

Sesriem Canyon

Sesriem cañón

A mediodía la carretera parece inundarse frente a nosotros. El reflejo que generan el calor y el sol se extiende por toda la planicie que se adentra hasta Sossuvlei con el permiso de las dunas del Namib .

Carretera Namib

Cuando la llanura se topa con las dunas, la carretera se convierte en un correcalles de rodaduras de coche en una arena fina. 50 kms. más hacia el oeste, las dunas se enfrentan a las olas del Atlántico sur.

Arena del Namib, Namibia

“No conduzcas por carreteras sin número. Si encuentras arena utiliza el 4×4 y sigue las rodaduras de los otros coches. No uses nunca la superreductora”. Surita nos lo había dejado claro al alquilarnos el coche tan sólo dos días antes pero allí estábamos nosotros: en una carretera sin número, hundidos en la arena del desierto hasta media rueda. Marcha atrás, en segunda, girando el volante, 2×4, 4×4… Ni modo. ‘¡Cómo huele! ¡estamos quemando el embrague! A ver…¿dónde estaba la pala? bufff…’ En fin…

Duna Namib

Por fortuna, cuando ya nos veíamos llamando a Surita con el teléfono vía satélite para confesar nuestros pecados, aparecieron dos coches con grupos de turistas que iban con conductor y guía local. Con ellos empezamos a darle… Adelante, atrás, empuja que te empuja. Finalmente, conseguimos sacar el coche para el deleite de los turistas que nos grababan con sus cámaras. Nos enorgullece pensar que en algún lugar de Alemania alguien estará agradeciendo nuestro numerito de humor mientras se tiene que tragar el interminable vídeo de las vacaciones del vecino. Sí, de nada.

Arena del Namib, Namibia

Las dunas son altas…

Después del pago de una propina negociada al alza por el guía del grupo, el conductor nos convenció para que, en lugar de redimirnos, siguiéramos pecando: “No tienes ni idea de conducir en arena así que pon la superreductora y todo el rato en segunda”. (Sí, también hirió un poco mi orgullo de conductor de primera).

Camara desierto

Vanos inventos para intentar proteger la cámara de la arena

A pesar de que la tarde avanzaba y aquel grupo parecía el último que regresaba de las dunas, en lugar de darnos la vuelta, decidimos intentar llegar a Sossusvlei. Así que superreductora y segunda a tope! Surita, perdónanos.

No sin cierta tensión lo logramos. Nos adentramos a pie en el Deadvlei, un circo blanco entre dunas rojas salpicado por árboles secos.

Deadvlei

Deadvlei

¿Cuándo debió haber agua aquí? ¿Cuánto tiempo llevarán esos árboles en pie? No teníamos ni idea.

Deadvlei

Deadvlei

Caminamos sobre aquella especie de salar de piedra blanca, cuarteada y quebradiza. Definitivamente estábamos en otro planeta, un mundo fantástico y desolador.

Deadvlei

La luna apareció sobre las dunas, devolviéndonos al planeta tierra y a la realidad de que, en breve, el sol se pondría y no estaba permitido conducir de noche. Ya habíamos pecado bastante, así que regresamos al coche rodeando una duna inmensa.

Deadvlei

Sossusvlei

El rodeo nos llevó por paisajes que no están marcados en el mapa o la guía pero que nos deslumbraron por igual. La luz casi horizontal del atardecer revelaba la auténtica esencia de Sossusvlei.

Sossusvlei

Deshicimos el camino por la carretera de arena sin parar. La idea de pasar la noche allí con el coche hundido no era el mejor plan.

Sossusvlei

De nuevo, la luna iluminaba todo el paisaje nocturno. De madrugada la luna se puso y, antes de amanecer, pudimos ver por primera vez el cielo del desierto sin luz, en su máximo esplendor.

Noche desierto del Namib

Con luna…

Fotografía nocturna Namib

Sin luna…

Antes de que saliera el sol, estábamos a los pies de la Duna 45 (llamada así porque está a 45 kms de Sesriem). Nuestro objetivo -y el del resto de gente que había logrado una plaza para dormir dentro del Parque- era subir a lo alto de la duna para ver desde allí el amanecer. Ya debe estar científicamente probado que subir una duna de 170 metros es el mejor ejercicio para darte cuenta en 30 segundos de la mala forma física que tienes… Cuesta avanzar pero una vez arriba las vistas te recompensan el esfuerzo con creces.

Amanecer Duna 45 Namibia

El amanecer nos sorprende enfundados en toda la ropa de abrigo que llevábamos. El viento viene frío y despeina la cresta de la duna levantando la fina arena roja.

Globos Amanecer Duna 45 Namibia

Los primeros rayos del sol iluminan, a nuestra derecha, la cumbre de las dunas que nos rodean (muchas de ellas aún más altas que la 45). Al poco, la luz alcanza nuestra posición y empieza a calentarnos. Tan sólo unos minutos más tarde, a nuestra izquierda, los rayos ya alcanzan toda la llanura de Sesriem.

Amanecer Duna 45 Namibia

Sesriem Duna 45

Cuando el día acababa de llegar a sus dunas, nosotros nos despedíamos del desierto. Debíamos seguir nuestro camino, ahora hacia el norte.

Órice en el desierto del Namib

No nos íbamos a olvidar del Namib pero, por si acaso, parte de él se venía con nosotros. En cualquier resquicio de nuestro cuerpo, ropa, cámaras y por todo el coche nos iba acompañar por semanas la arena del Namib.

Arena del Namib

Arena del Namib

¡Hasta pronto!

“El Viaje” ya a la venta

Tras más de un año de trabajo (la mayoría ajeno a nosotros, la verdad) y la ayuda de más de 400 mecenas, por fin “El Viaje” es una realidad. Nos encanta haber podido colaborar en este proyecto solidario que aúna nuestras dos mayores pasiones: la fotografía y viajar. Hemos aportado 16 fotografías que conviven entre las 156 páginas del libro con las de otros fotógrafos y viajeros que admiramos. Y lo mejor de todo es que a estas buenas sensaciones debemos sumarle el hecho de que “El Viaje” tiene, además, un fin solidario.

El Viaje, libro solidario

Muchas gracias a todos aquellos que participasteis para que este proyecto sea hoy una realidad.

“El Viaje” ya está a la venta en las siguientes librerías:

(ISBN: 978-84-15797-24-1)

Y por internet en la tienda de la editorial Xplora: TIENDA XPLORA

El precio del libro es de 30€. Os recordamos que todos los beneficios obtenidos por su venta se destinan íntegramente a la ONG Colabora Birmania, que ayuda a los refugiados birmanos en la frontera con Tailandia.

Libro solidario el viaje

Así que, tanto los que queráis ayudar a Colabora Birmania, como los que seais amantes de la fotografía y los viajes, o los rezagados que no pudistéis haceros con vuestro ejemplar como mecenas, ¡lo tenéis ahora más fácil que nunca!

El Viaje, libro solidario

¡Muchas gracias!

 

Aquí podéis ver más información de este proyecto, su contenido, autores y finalidad solidaria.

 

 

Isla de Pascua, buscando al “hombre pájaro”

Sí, no era fácil. Tan sólo debíamos bajar por un acantilado casi vertical de 300 m., nadar en mar abierto un kilómetro y medio hasta un islote, recoger el primer huevo de manutara (gaviotín), deshacer el camino y llegar el primero, de nuevo, a lo alto del acantilado con el huevo intacto. Aquél de los tres que lo consiguiera sería el nuevo “hombre-pájaro” y gobernaría toda la isla durante un año. Tentador pero, tras un análisis frío de la situación y antes de buscar cualquier estúpida excusa, decidimos no competir… Al fin y al cabo, hasta finales de agosto no iba a llegar el primer gaviotín de la temporada. ¡Menos mal!

Orongo Motu Nui

Hacía sólo un día que el Boeing de LAN que traía a mis queridos primos lejanos a la isla me dejaba casi sordo al fotografiarlo a pie de pista.

LAN Chile Isla de Pascua

Tras las presentaciones de Gonzalo, Xabi, Sylvain, Laurine y el variado personal del camping, el principal objetivo era ver la final de Copa entre Barça y Madrid. Sin televisión por cable y con sólo dos canales públicos chilenos en antena, redujimos nuestras aspiraciones a “oírlo”. Pero el wifi de la isla, que está a décadas de poder reproducir cualquier cosa online, hizo renovar el objetivo por, simplemente, “seguirlo” por internet… Pero las páginas tampoco se cargaban. Hacia el final del partido el Madrid marcó el gol definitivo, patrocinado en este caso por “whatsapp”, que acabó convirtiéndose en nuestro medio más fiable para comunicarnos con el exterior.

Isla de Pascua

Xabi, Pablo, Sylvain y Carlos en la cocina del camping

Puestos a palmar, al menos, nos ahorramos la prórroga y pudimos salir del camping camino a la playa de Anakena, una pequeña cala de arena blanca finísima rodeada de hierba verde y de unas palmeras traídas de polinesia (recordaréis la deforestación de la que os hablaba en el post anterior). Sólo eso ya hubiese bastado para hacer de aquel lugar un pequeño paraíso dentro del paraíso que es la isla. Pero no, para rematar la jugada, Anakena tenía a sólo a unos metros del mar una fila de moais que la convertían en un lugar único.

Anakena

Nada más llegar Pablo y yo no pudimos resistir darnos un chapuzón en el agua fresca e impoluta del océano. Mecidos por las olas admirábamos la playa, sus palmeras y los moais. Coincidíamos en lo afortunados que éramos en ese momento, en aquel lugar, a miles de kilómetros de cualquier sitio, bañándonos en el Pacífico… Mientras tanto, Carlos deambulaba cerca de los moais, quizás digiriendo la derrota del Barça. Cuando el corte de digestión ya era improbable, se unió a nosotros.

Isla de Pascua Anakena

Tras el baño, nos acercamos más a los moais del Ahu Nau Nau. Aquellos fueron los primeros moais que veían los primos y, obviamente, fliparon como lo había hecho yo días antes al llegar a Tongariki.

Ahu Nau Nau

Ahu Nau Nau

Me costó convencerlos para seguir el camino y poder llegar antes del anochecer, precisamente, al ahu de Tongariki.

Isla de Pascua Anakena

Pablo y los moais

Isla de Pascua

Esto es un ‘selfie’ de esos, ¿no?

Logramos llegar antes de que se pusiera el sol.

Ahu Tongariki

Ahu Tongariki

Era mi tercera visita a ahu Tongariki en pocos días, pero aún estaba lejos de cansarme de aquel lugar con el que me topé casi por sorpresa el día que llegué a la isla.

Ahu Tongariki

Venga, a ver quién es el primero encontrar a Pablo y dos pajaritos…

Tras la cena y un poco de vida social en el camping, salimos de noche hasta los ahus de Tahai. Otra vez la noche no acompañaba para la fotografía nocturna. Con nubes y una luna que aunque ligeramente menguante seguía iluminando todo, no íbamos a conseguir gran cosa. Así que pasamos el rato charlando con un par de latas de “Austral” y haciendo un poco el indio intentando escribir algo con la luz del frontal frente a la cámara.

Pintando con luz

A la mañana siguiente amanecimos y nos dirigimos al centro de buceo de la caleta de Hanga Piko. Al rato ya estábamos los tres listos con el neopreno y el equipo y yo, además, con mi cámara submarina vendida por mucho más de lo que me hubiesen pagado en cualquier otro sitio. -“Aquí las cosas del continente son muy caras, es un buen precio” me dijo el chico del centro de submarinismo. Pero, -“oye, ¿me la dejas para la inmersión, no?” Sonrisita condescendiente y… ¡al agua!

Inmersión Isla de Pascua

La visibilidad era brutal… unos 35 ó 40 metros. -“Hoy no está muy claro” nos había dicho antes de bajar Roberto, nuestro guía. Descendimos hasta unos veinte metros y empezamos a disfrutar del paisaje submarino. No había ni la abundancia de peces ni el color del coral que puede verse en otros lugares. Eso ya hubiese sido pedir demasiado.

Isla de Pascua diving

Cientos de amenazantes erizos poblaban el fondo marino y unos cuantos peces curiosos nos acompañaban a medida que seguíamos descendiendo. Entonces, a lo lejos, vimos la figura que andábamos buscando.

Inmersión Isla de Pascua

A veinticinco metros de profundidad descansaba un moai sumergido. No había sido la naturaleza sino el hombre el que lo había plantado allí hacía unos cuantos años, precisamente, para fomentar el buceo en la isla. Sin duda, las de Isla de Pascua son las aguas más claras en las que he buceado.

Isla de Pascua inmersión moai

La fotito de rigor en el moai

Pero volvamos al principio del post, al “hombre-pájaro”. Como os contaba en la entrada anterior, las luchas intertribales causadas por la escasez de recursos acabaron con la mayoría de los moais tumbados o destruidos. La población de la isla se redujo muchísimo y algunas de las antiguas tribus desaparecieron. Y, aunque no se sabe si la devoción a los moais continuó por mucho tiempo más, tras el caos en el que se vio sumida la isla, se instauró un nuevo sistema ceremonial y político que definiría quién gobernaba la isla.

Arco Iris Isla de Pascua

Las motos nos ayudaron a salvar las cuestas del volcán Rano Kau hasta llegar a su punto más alto. Desde allí se apreciaba su inmenso cráter de 1.600 m. de diámetro. Una visión verdaderamente impresionante, con el océano de fondo.

Rano Kau

Al lado del cráter del volcán estaba la aldea ceremonial de Orongo donde cada año se celebraba la competencia del Tangata-manu. Los jóvenes representantes de cada tribu competían para conseguir el primer huevo de manutara que anidara en el islote Motu Nui. Los participantes debían descender por un acantilado y nadar hasta el islote, donde permanecían días o semanas a la espera de la llegada de los manutara. El competidor que encontrara el primer huevo y regresara con él a la aldea era investido como Tangata-manu, otorgándole el poder de gobernar la isla durante un año al jefe de la tribu a la que representaba.

Isla de Pascua Motu Nui

Vista desde el acantilado. El islote más grande es Motu Nui

El nuevo Tangata-manu era considerado desde ese momento un ser sagrado y era recluido junto a un hombre que le cuidaba durante un año sin que nadie lo pudiera ver. ¡Qué peñazo! Desde luego, ¡con ese premio a mí que no me busquen! La ceremonia del Tangata-manu se llevó a cabo hasta 1.867.

Isla de Pascua

El ritual era salvaje. Nosotros apenas podíamos arrimarnos al borde del acantilado sin sentir un vértigo aterrador… De hecho, desde arriba no conseguíamos ver donde rompían las olas 300 m. más abajo. Subir vale, pero, ¿cómo bajaban sin despeñarse por el acantilado? Bueno, la verdad es que caerse, se caían muchos. El expedicionario chileno Ignacio L. Gana visitó la isla cuando aún se celebrara el ritual. Dijo: “Era esta una prueba atrevida en la que se despeñaban muchos por hondos precipicios todos los años”.

Isla de Pascua lluvia

Para que os hagáis mejor idea de lo complicado que debía ser, se dice que Red Bull se interesó por la posibilidad de reproducir esta ceremonia. Al parecer, unos representantes de la empresa visitaron la isla y, al llegar a Orongo y ver el acantilado en persona, llegaron a la conclusión de que aquello era demasiado peligroso incluso para los desafíos extremos que suelen llevar a cabo. Al final, se conformaron con unos saltos desde 27 metros al lado de los moais de Tahai

Volcán Rano Kau Isla de Pascua

Desde la visita a Orongo nosotros también empezamos a buscar al “hombre pájaro”. El ritmo despreocupado que llevábamos invitaba a despistarse y olvidarse el jersey por ahí, las llaves de la moto puestas, o el arroz en el fuego… ¿Quién sería el hombre más “pájaro” de los tres? ¡Hagan sus apuestas!

Isla de Pascua canoa

Por la tarde nos acercamos a otro volcán, el Rano Raraku, también conocido como “la cantera”, el lugar de fabricación de los moais. En sus laderas recorrimos el camino, rodeados por decenas de moais en diferentes estados de elaboración, alguno sólo tallado en la ladera, otros terminados quedaron allí esperando su transporte hasta el ahu. Daba la sensación de que pararon la producción de repente; no trasladaron los moais que estaban acabados ni terminaron los que habían empezado a perfilar en la roca.

Rano Raraku Isla de Pascua

Cantera moais Isla de Pascua

Isla de Pascua Rano Raraku

El paseo era magnífico, casi por un mundo irreal y fantástico, rodeado por inmensas cabezas de moais… En una de las laderas del volcán aún está el que hubiese sido el moai más grande de la isla, conocido como “el gigante”. Perfectamente tallado en la roca, habría tenido más de 21 metros de altura y un peso de unas 170 toneladas… ¿Cómo pensaban mover una estatua de ese peso? ¿Podrían llevar de pie una estatua tan alta como un edificio de 6 plantas? Nadie lo sabe.

Cantera moais

El gigante Rano Raraku

¿Podéis ver al “gigante” tallado en la piedra?

Ya era jueves y, como había oído varias veces durante esos días, ése debía ser el día del “carrete” (en Chile, la noche de juerga). La noche para salir con los primos y con Xabi, que también se apuntó. Quedamos por el centro con una de las instructoras del buceo y sus amigos. Al poco nos daríamos cuenta de que el jueves no era el único día de carrete… Cada noche de la semana abre sólo un garito hasta tarde. Todas las noches que había rondado por el pueblo no vi apenas ambiente, salvo en un par de bares de la calle principal. Llegamos a la supuesta discoteca, de nombre “Toroko”. Resultó ser una cabaña de latón en mitad de un descampado de la que salía el reggaetón más chungo imaginable.

Al lado, a pie de calle, había dos bares. En la puerta de uno de ellos ardía una parrilla que llenaba toda la escena de humo y olor. Todos eran rapanuis que, a esas alturas de la noche, iban ya muy borrachos. No había ni un solo extranjero ni siquiera “contis” (chilenos del continente). Entramos en el otro bar en el que apenas había gente. Era una cabaña de madera en la que la camarera, una rapanui de mediana edad, estaba cortando con un cuchillo carnicero grandes piezas de cerdo tras la barra. Vamos, la típica estampa que uno espera ver en un bar de copas.

A partir de ahí todo fue a peor. A pesar de nuestro buen rollo y de la mano izquierda de Xabi -que llevaba en la isla ya unos meses- vimos claro que en aquel lugar no éramos bienvenidos. Teniendo en cuenta que el rapanui medio es un armario de 1’90 y más de cien kilos, quedarse allí no tenía mucho sentido. No había alternativa, así que nos recogimos pronto.

Isla de Pascua camping

A la mañana siguiente, Gonzalo se reía de nosotros. -“Ché se lo dije! No, no, no vayan al Toroko! Es el peor lugar!”. Llovía mucho así que nos tomamos la mañana con calma. A primera hora de la tarde nos fuimos hacia el sur, a la zona de Vaihu, a encontrarnos a Xabi que nos había dicho que estaba allí Gonzalo surfeando con sus amigos rapanuis con unas ‘olitas’ de 4 ó 5 metros…

Isla de Pascua surf

Uno de los colegas remando en la ‘olita’…

Allí, aparte de alucinar bastante con la exhibición de Gonzalo y compañía, estuvimos un buen rato con los amigos rapanuis de los surfistas que resultaron ser mucho más majos que los que encontramos cerca del “Toroko” la noche anterior. Uno de ellos estaba casado con una granadina con la que hablé un buen rato y que me dejó su cámara con un teleobjetivo que me permitió hacer las fotos que veis aquí.

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Gonzalo

Ella llevaba ya muchos años viviendo en la isla. Me contó que los primeros dos o tres años vivieron en el campo siendo autosuficientes con un huerto y pescando.

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Isla de Pascua olas

Más adelante vivirían en una casa donde hicieron lo que allí se llama una “toma” que, básicamente, es “tomar” una porción de tierra, vallarla, construir una casa y conectarse al agua y la electricidad sin declarar nada. Cuando Chile anexionó la isla puso a nombre del estado todas las tierras. Con el paso del tiempo los rapanuis han ido tomando de vuelta el terreno que era suyo. Sólo ellos pueden hacerlo. Si un “conti” o un extranjero intentan hacer una “toma” tienen los días contados, tanto la “toma” como él. Le pregunté qué pasaría si el gobierno de Chile reclamara sus tierras y me dijo que eso no pasaba, pero que si se diera el caso ella se plantaría en la gobernación con sus caballos y vacas y a ver qué solución le daban.

Isla de Pascua

Los amigos rapanuis iban bastante preparados para grabar a los surfistas…

Como extranjero, la única opción de ser aceptado como miembro rapanui es casarse con uno de ellos que es lo que ella hizo. Los demás lo tienen bastante crudo para integrarse normalmente. Xabi nos contó que a un argentino que se instaló en la isla “le cagaban a trompadas cada semana”. Se logró hacer un hueco y ser respetado porque era el único de la isla que sabía reparar bien las tablas de surf. Ahora, cuando se va una temporada, muchos le echan de menos.

Surf Isla de Pascua

Carlos, Gonzalo y Pablo

Y, aunque reconozco que yo intentaría ser un poco más diplomático, no puedo culpar a los rapanuis por su carácter proteccionista. Desde la llegada de los colonizadores se han cargado de motivos. En 1.862 los esclavistas se llevaron a unos 1.000 rapanuis a Perú a trabajar el “guano” (excrementos de aves y focas que se usan como fertilizante) de los que sólo pudieron regresar a la isla unos 100 supervivientes. El exterminio de la clase sacerdotal significó la pérdida de la única escritura de la Polinesia (rongo rongo) que quedó inexplicada desde entonces. Las expediciones extranjeras trajeron enfermedades a la isla que causaron un despoblamiento masivo: En 1.877 la población rapanui se redujo a sólo 110 personas.

Isla de Pascua

Isla de Pascua

Para acabar de rematar, después de la Guerra del Pacífico (1879–84), Chile anexionó la isla sin que los rapanuis hubiesen cedido su soberanía y la arrendó a una empresa escocesa de lana que la llenó de ovejas. Los rapanuis fueron siempre tratados como ciudadanos de segunda sin derecho a voto y sin permiso para poder salir de la isla. Tras la reforma constitucional chilena de 2.007, Isla de Pascua es considerada “territorio especial”, pero la ley orgánica que debe determinar su estatuto aún no ha sido aprobada. La comunidad rapanui lleva décadas solicitando al gobierno chileno una autonomía administrativa que no llega.

Isla de Pascua soberanía

Si a esta historia, que puso a su pueblo al borde de la extinción, le sumamos la llegada de muchos chilenos a la isla (que ya son mayoría entre sus 4.000 habitantes) y la visita de unos 65.000 turistas cada año, se puede entender que los rapanuis defiendan con fuerza y orgullo su identidad.

Rapa Nui Parliament

Acabamos la tarde con unas cervezas y “papas” viendo el atardecer en los moais de Tahai. Mis días en Rapa Nui llegaban a su fin.

Tahai moais

Tahai

A la noche, Gonzalo colocó un costillar entero de cerdo en la parrilla del camping mientras yo descorchaba las últimas botellas de tinto chileno. Era mi despedida. Allá anduvimos hasta tarde, hablando con Laurine, Sylvain, Gonzalo, Xabi y algunos nuevos compañeros de camping que acababan de llegar.

Barbacoa Isla de Pascua

Lo había disfrutado. El ritmo de esos días fue especial: Sin prisas ni horarios, preparando la comida en el camping, sintiendo la libertad de la moto en aquella isla abarcable, conociendo a otros viajeros, compartiendo y disfrutando en buena compañía, logrando tener la mente totalmente liberada… Todo aquello me hizo volver a la maravillosa rutina descuidada que había dejado atrás en los buenos días de mi viaje de vuelta al mundo. Poder revivir aquellas sensaciones junto a Carlos y Pablo fue lo mejor.

Isla de Pascua

Solo en al avión, ya de vuelta a Santiago, mi camisa aún seguía apestando a la parrilla del “Toroko”. Acababa de despegar y ya sentía cierta nostalgia y, a la vez, la envidia sana de saber que a mis amigos aún les quedaban muchos caminos por recorrer en su viaje…

Isla de Pascua

Sabía que sería difícil el cambio de ritmo a la vuelta, en la rutina que significa Barcelona… Pero no era la primera vez que sentía eso. Se me pasará…

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Para Carlos y Pablo, por haber sido la excusa perfecta para un viaje que recordaré siempre.

Aquí, la misma historia contada por “los pájaros” ;-)