“El Viaje” ya a la venta

Tras más de un año de trabajo (la mayoría ajeno a nosotros, la verdad) y la ayuda de más de 400 mecenas, por fin “El Viaje” es una realidad. Nos encanta haber podido colaborar en este proyecto solidario que aúna nuestras dos mayores pasiones: la fotografía y viajar. Hemos aportado 16 fotografías que conviven entre las 156 páginas del libro con las de otros fotógrafos y viajeros que admiramos. Y lo mejor de todo es que a estas buenas sensaciones debemos sumarle el hecho de que “El Viaje” tiene, además, un fin solidario.

El Viaje, libro solidario

Muchas gracias a todos aquellos que participasteis para que este proyecto sea hoy una realidad.

“El Viaje” ya está a la venta en las siguientes librerías:

(ISBN: 978-84-15797-24-1)

Y por internet en la tienda de la editorial Xplora: TIENDA XPLORA

El precio del libro es de 30€. Os recordamos que todos los beneficios obtenidos por su venta se destinan íntegramente a la ONG Colabora Birmania, que ayuda a los refugiados birmanos en la frontera con Tailandia.

Libro solidario el viaje

Así que, tanto los que queráis ayudar a Colabora Birmania, como los que seais amantes de la fotografía y los viajes, o los rezagados que no pudistéis haceros con vuestro ejemplar como mecenas, ¡lo tenéis ahora más fácil que nunca!

El Viaje, libro solidario

¡Muchas gracias!

 

Aquí podéis ver más información de este proyecto, su contenido, autores y finalidad solidaria.

 

 

Isla de Pascua, buscando al “hombre pájaro”

Sí, no era fácil. Tan sólo debíamos bajar por un acantilado casi vertical de 300 m., nadar en mar abierto un kilómetro y medio hasta un islote, recoger el primer huevo de manutara (gaviotín), deshacer el camino y llegar el primero, de nuevo, a lo alto del acantilado con el huevo intacto. Aquél de los tres que lo consiguiera sería el nuevo “hombre-pájaro” y gobernaría toda la isla durante un año. Tentador pero, tras un análisis frío de la situación y antes de buscar cualquier estúpida excusa, decidimos no competir… Al fin y al cabo, hasta finales de agosto no iba a llegar el primer gaviotín de la temporada. ¡Menos mal!

Orongo Motu Nui

Hacía sólo un día que el Boeing de LAN que traía a mis queridos primos lejanos a la isla me dejaba casi sordo al fotografiarlo a pie de pista.

LAN Chile Isla de Pascua

Tras las presentaciones de Gonzalo, Xabi, Sylvain, Laurine y el variado personal del camping, el principal objetivo era ver la final de Copa entre Barça y Madrid. Sin televisión por cable y con sólo dos canales públicos chilenos en antena, redujimos nuestras aspiraciones a “oírlo”. Pero el wifi de la isla, que está a décadas de poder reproducir cualquier cosa online, hizo renovar el objetivo por, simplemente, “seguirlo” por internet… Pero las páginas tampoco se cargaban. Hacia el final del partido el Madrid marcó el gol definitivo, patrocinado en este caso por “whatsapp”, que acabó convirtiéndose en nuestro medio más fiable para comunicarnos con el exterior.

Isla de Pascua

Xabi, Pablo, Sylvain y Carlos en la cocina del camping

Puestos a palmar, al menos, nos ahorramos la prórroga y pudimos salir del camping camino a la playa de Anakena, una pequeña cala de arena blanca finísima rodeada de hierba verde y de unas palmeras traídas de polinesia (recordaréis la deforestación de la que os hablaba en el post anterior). Sólo eso ya hubiese bastado para hacer de aquel lugar un pequeño paraíso dentro del paraíso que es la isla. Pero no, para rematar la jugada, Anakena tenía a sólo a unos metros del mar una fila de moais que la convertían en un lugar único.

Anakena

Nada más llegar Pablo y yo no pudimos resistir darnos un chapuzón en el agua fresca e impoluta del océano. Mecidos por las olas admirábamos la playa, sus palmeras y los moais. Coincidíamos en lo afortunados que éramos en ese momento, en aquel lugar, a miles de kilómetros de cualquier sitio, bañándonos en el Pacífico… Mientras tanto, Carlos deambulaba cerca de los moais, quizás digiriendo la derrota del Barça. Cuando el corte de digestión ya era improbable, se unió a nosotros.

Isla de Pascua Anakena

Tras el baño, nos acercamos más a los moais del Ahu Nau Nau. Aquellos fueron los primeros moais que veían los primos y, obviamente, fliparon como lo había hecho yo días antes al llegar a Tongariki.

Ahu Nau Nau

Ahu Nau Nau

Me costó convencerlos para seguir el camino y poder llegar antes del anochecer, precisamente, al ahu de Tongariki.

Isla de Pascua Anakena

Pablo y los moais

Isla de Pascua

Esto es un ‘selfie’ de esos, ¿no?

Logramos llegar antes de que se pusiera el sol.

Ahu Tongariki

Ahu Tongariki

Era mi tercera visita a ahu Tongariki en pocos días, pero aún estaba lejos de cansarme de aquel lugar con el que me topé casi por sorpresa el día que llegué a la isla.

Ahu Tongariki

Venga, a ver quién es el primero encontrar a Pablo y dos pajaritos…

Tras la cena y un poco de vida social en el camping, salimos de noche hasta los ahus de Tahai. Otra vez la noche no acompañaba para la fotografía nocturna. Con nubes y una luna que aunque ligeramente menguante seguía iluminando todo, no íbamos a conseguir gran cosa. Así que pasamos el rato charlando con un par de latas de “Austral” y haciendo un poco el indio intentando escribir algo con la luz del frontal frente a la cámara.

Pintando con luz

A la mañana siguiente amanecimos y nos dirigimos al centro de buceo de la caleta de Hanga Piko. Al rato ya estábamos los tres listos con el neopreno y el equipo y yo, además, con mi cámara submarina vendida por mucho más de lo que me hubiesen pagado en cualquier otro sitio. -“Aquí las cosas del continente son muy caras, es un buen precio” me dijo el chico del centro de submarinismo. Pero, -“oye, ¿me la dejas para la inmersión, no?” Sonrisita condescendiente y… ¡al agua!

Inmersión Isla de Pascua

La visibilidad era brutal… unos 35 ó 40 metros. -“Hoy no está muy claro” nos había dicho antes de bajar Roberto, nuestro guía. Descendimos hasta unos veinte metros y empezamos a disfrutar del paisaje submarino. No había ni la abundancia de peces ni el color del coral que puede verse en otros lugares. Eso ya hubiese sido pedir demasiado.

Isla de Pascua diving

Cientos de amenazantes erizos poblaban el fondo marino y unos cuantos peces curiosos nos acompañaban a medida que seguíamos descendiendo. Entonces, a lo lejos, vimos la figura que andábamos buscando.

Inmersión Isla de Pascua

A veinticinco metros de profundidad descansaba un moai sumergido. No había sido la naturaleza sino el hombre el que lo había plantado allí hacía unos cuantos años, precisamente, para fomentar el buceo en la isla. Sin duda, las de Isla de Pascua son las aguas más claras en las que he buceado.

Isla de Pascua inmersión moai

La fotito de rigor en el moai

Pero volvamos al principio del post, al “hombre-pájaro”. Como os contaba en la entrada anterior, las luchas intertribales causadas por la escasez de recursos acabaron con la mayoría de los moais tumbados o destruidos. La población de la isla se redujo muchísimo y algunas de las antiguas tribus desaparecieron. Y, aunque no se sabe si la devoción a los moais continuó por mucho tiempo más, tras el caos en el que se vio sumida la isla, se instauró un nuevo sistema ceremonial y político que definiría quién gobernaba la isla.

Arco Iris Isla de Pascua

Las motos nos ayudaron a salvar las cuestas del volcán Rano Kau hasta llegar a su punto más alto. Desde allí se apreciaba su inmenso cráter de 1.600 m. de diámetro. Una visión verdaderamente impresionante, con el océano de fondo.

Rano Kau

Al lado del cráter del volcán estaba la aldea ceremonial de Orongo donde cada año se celebraba la competencia del Tangata-manu. Los jóvenes representantes de cada tribu competían para conseguir el primer huevo de manutara que anidara en el islote Motu Nui. Los participantes debían descender por un acantilado y nadar hasta el islote, donde permanecían días o semanas a la espera de la llegada de los manutara. El competidor que encontrara el primer huevo y regresara con él a la aldea era investido como Tangata-manu, otorgándole el poder de gobernar la isla durante un año al jefe de la tribu a la que representaba.

Isla de Pascua Motu Nui

Vista desde el acantilado. El islote más grande es Motu Nui

El nuevo Tangata-manu era considerado desde ese momento un ser sagrado y era recluido junto a un hombre que le cuidaba durante un año sin que nadie lo pudiera ver. ¡Qué peñazo! Desde luego, ¡con ese premio a mí que no me busquen! La ceremonia del Tangata-manu se llevó a cabo hasta 1.867.

Isla de Pascua

El ritual era salvaje. Nosotros apenas podíamos arrimarnos al borde del acantilado sin sentir un vértigo aterrador… De hecho, desde arriba no conseguíamos ver donde rompían las olas 300 m. más abajo. Subir vale, pero, ¿cómo bajaban sin despeñarse por el acantilado? Bueno, la verdad es que caerse, se caían muchos. El expedicionario chileno Ignacio L. Gana visitó la isla cuando aún se celebrara el ritual. Dijo: “Era esta una prueba atrevida en la que se despeñaban muchos por hondos precipicios todos los años”.

Isla de Pascua lluvia

Para que os hagáis mejor idea de lo complicado que debía ser, se dice que Red Bull se interesó por la posibilidad de reproducir esta ceremonia. Al parecer, unos representantes de la empresa visitaron la isla y, al llegar a Orongo y ver el acantilado en persona, llegaron a la conclusión de que aquello era demasiado peligroso incluso para los desafíos extremos que suelen llevar a cabo. Al final, se conformaron con unos saltos desde 27 metros al lado de los moais de Tahai

Volcán Rano Kau Isla de Pascua

Desde la visita a Orongo nosotros también empezamos a buscar al “hombre pájaro”. El ritmo despreocupado que llevábamos invitaba a despistarse y olvidarse el jersey por ahí, las llaves de la moto puestas, o el arroz en el fuego… ¿Quién sería el hombre más “pájaro” de los tres? ¡Hagan sus apuestas!

Isla de Pascua canoa

Por la tarde nos acercamos a otro volcán, el Rano Raraku, también conocido como “la cantera”, el lugar de fabricación de los moais. En sus laderas recorrimos el camino, rodeados por decenas de moais en diferentes estados de elaboración, alguno sólo tallado en la ladera, otros terminados quedaron allí esperando su transporte hasta el ahu. Daba la sensación de que pararon la producción de repente; no trasladaron los moais que estaban acabados ni terminaron los que habían empezado a perfilar en la roca.

Rano Raraku Isla de Pascua

Cantera moais Isla de Pascua

Isla de Pascua Rano Raraku

El paseo era magnífico, casi por un mundo irreal y fantástico, rodeado por inmensas cabezas de moais… En una de las laderas del volcán aún está el que hubiese sido el moai más grande de la isla, conocido como “el gigante”. Perfectamente tallado en la roca, habría tenido más de 21 metros de altura y un peso de unas 170 toneladas… ¿Cómo pensaban mover una estatua de ese peso? ¿Podrían llevar de pie una estatua tan alta como un edificio de 6 plantas? Nadie lo sabe.

Cantera moais

El gigante Rano Raraku

¿Podéis ver al “gigante” tallado en la piedra?

Ya era jueves y, como había oído varias veces durante esos días, ése debía ser el día del “carrete” (en Chile, la noche de juerga). La noche para salir con los primos y con Xabi, que también se apuntó. Quedamos por el centro con una de las instructoras del buceo y sus amigos. Al poco nos daríamos cuenta de que el jueves no era el único día de carrete… Cada noche de la semana abre sólo un garito hasta tarde. Todas las noches que había rondado por el pueblo no vi apenas ambiente, salvo en un par de bares de la calle principal. Llegamos a la supuesta discoteca, de nombre “Toroko”. Resultó ser una cabaña de latón en mitad de un descampado de la que salía el reggaetón más chungo imaginable.

Al lado, a pie de calle, había dos bares. En la puerta de uno de ellos ardía una parrilla que llenaba toda la escena de humo y olor. Todos eran rapanuis que, a esas alturas de la noche, iban ya muy borrachos. No había ni un solo extranjero ni siquiera “contis” (chilenos del continente). Entramos en el otro bar en el que apenas había gente. Era una cabaña de madera en la que la camarera, una rapanui de mediana edad, estaba cortando con un cuchillo carnicero grandes piezas de cerdo tras la barra. Vamos, la típica estampa que uno espera ver en un bar de copas.

A partir de ahí todo fue a peor. A pesar de nuestro buen rollo y de la mano izquierda de Xabi -que llevaba en la isla ya unos meses- vimos claro que en aquel lugar no éramos bienvenidos. Teniendo en cuenta que el rapanui medio es un armario de 1’90 y más de cien kilos, quedarse allí no tenía mucho sentido. No había alternativa, así que nos recogimos pronto.

Isla de Pascua camping

A la mañana siguiente, Gonzalo se reía de nosotros. -“Ché se lo dije! No, no, no vayan al Toroko! Es el peor lugar!”. Llovía mucho así que nos tomamos la mañana con calma. A primera hora de la tarde nos fuimos hacia el sur, a la zona de Vaihu, a encontrarnos a Xabi que nos había dicho que estaba allí Gonzalo surfeando con sus amigos rapanuis con unas ‘olitas’ de 4 ó 5 metros…

Isla de Pascua surf

Uno de los colegas remando en la ‘olita’…

Allí, aparte de alucinar bastante con la exhibición de Gonzalo y compañía, estuvimos un buen rato con los amigos rapanuis de los surfistas que resultaron ser mucho más majos que los que encontramos cerca del “Toroko” la noche anterior. Uno de ellos estaba casado con una granadina con la que hablé un buen rato y que me dejó su cámara con un teleobjetivo que me permitió hacer las fotos que veis aquí.

Isla de Pascua Surf

Gonzalo

Ella llevaba ya muchos años viviendo en la isla. Me contó que los primeros dos o tres años vivieron en el campo siendo autosuficientes con un huerto y pescando.

Isla de Pascua surf

Isla de Pascua olas

Más adelante vivirían en una casa donde hicieron lo que allí se llama una “toma” que, básicamente, es “tomar” una porción de tierra, vallarla, construir una casa y conectarse al agua y la electricidad sin declarar nada. Cuando Chile anexionó la isla puso a nombre del estado todas las tierras. Con el paso del tiempo los rapanuis han ido tomando de vuelta el terreno que era suyo. Sólo ellos pueden hacerlo. Si un “conti” o un extranjero intentan hacer una “toma” tienen los días contados, tanto la “toma” como él. Le pregunté qué pasaría si el gobierno de Chile reclamara sus tierras y me dijo que eso no pasaba, pero que si se diera el caso ella se plantaría en la gobernación con sus caballos y vacas y a ver qué solución le daban.

Isla de Pascua

Los amigos rapanuis iban bastante preparados para grabar a los surfistas…

Como extranjero, la única opción de ser aceptado como miembro rapanui es casarse con uno de ellos que es lo que ella hizo. Los demás lo tienen bastante crudo para integrarse normalmente. Xabi nos contó que a un argentino que se instaló en la isla “le cagaban a trompadas cada semana”. Se logró hacer un hueco y ser respetado porque era el único de la isla que sabía reparar bien las tablas de surf. Ahora, cuando se va una temporada, muchos le echan de menos.

Surf Isla de Pascua

Carlos, Gonzalo y Pablo

Y, aunque reconozco que yo intentaría ser un poco más diplomático, no puedo culpar a los rapanuis por su carácter proteccionista. Desde la llegada de los colonizadores se han cargado de motivos. En 1.862 los esclavistas se llevaron a unos 1.000 rapanuis a Perú a trabajar el “guano” (excrementos de aves y focas que se usan como fertilizante) de los que sólo pudieron regresar a la isla unos 100 supervivientes. El exterminio de la clase sacerdotal significó la pérdida de la única escritura de la Polinesia (rongo rongo) que quedó inexplicada desde entonces. Las expediciones extranjeras trajeron enfermedades a la isla que causaron un despoblamiento masivo: En 1.877 la población rapanui se redujo a sólo 110 personas.

Isla de Pascua

Isla de Pascua

Para acabar de rematar, después de la Guerra del Pacífico (1879–84), Chile anexionó la isla sin que los rapanuis hubiesen cedido su soberanía y la arrendó a una empresa escocesa de lana que la llenó de ovejas. Los rapanuis fueron siempre tratados como ciudadanos de segunda sin derecho a voto y sin permiso para poder salir de la isla. Tras la reforma constitucional chilena de 2.007, Isla de Pascua es considerada “territorio especial”, pero la ley orgánica que debe determinar su estatuto aún no ha sido aprobada. La comunidad rapanui lleva décadas solicitando al gobierno chileno una autonomía administrativa que no llega.

Isla de Pascua soberanía

Si a esta historia, que puso a su pueblo al borde de la extinción, le sumamos la llegada de muchos chilenos a la isla (que ya son mayoría entre sus 4.000 habitantes) y la visita de unos 65.000 turistas cada año, se puede entender que los rapanuis defiendan con fuerza y orgullo su identidad.

Rapa Nui Parliament

Acabamos la tarde con unas cervezas y “papas” viendo el atardecer en los moais de Tahai. Mis días en Rapa Nui llegaban a su fin.

Tahai moais

Tahai

A la noche, Gonzalo colocó un costillar entero de cerdo en la parrilla del camping mientras yo descorchaba las últimas botellas de tinto chileno. Era mi despedida. Allá anduvimos hasta tarde, hablando con Laurine, Sylvain, Gonzalo, Xabi y algunos nuevos compañeros de camping que acababan de llegar.

Barbacoa Isla de Pascua

Lo había disfrutado. El ritmo de esos días fue especial: Sin prisas ni horarios, preparando la comida en el camping, sintiendo la libertad de la moto en aquella isla abarcable, conociendo a otros viajeros, compartiendo y disfrutando en buena compañía, logrando tener la mente totalmente liberada… Todo aquello me hizo volver a la maravillosa rutina descuidada que había dejado atrás en los buenos días de mi viaje de vuelta al mundo. Poder revivir aquellas sensaciones junto a Carlos y Pablo fue lo mejor.

Isla de Pascua

Solo en al avión, ya de vuelta a Santiago, mi camisa aún seguía apestando a la parrilla del “Toroko”. Acababa de despegar y ya sentía cierta nostalgia y, a la vez, la envidia sana de saber que a mis amigos aún les quedaban muchos caminos por recorrer en su viaje…

Isla de Pascua

Sabía que sería difícil el cambio de ritmo a la vuelta, en la rutina que significa Barcelona… Pero no era la primera vez que sentía eso. Se me pasará…

-

Para Carlos y Pablo, por haber sido la excusa perfecta para un viaje que recordaré siempre.

 

Los misterios de Rapa Nui

Las olas que rompían contra la costa sur debían encontrar aquella isla volcánica por casualidad. ¿Cómo podrían prever golpear aquella minúscula y remota porción de tierra en la inmensidad del Océano Pacífico? El fuerte viento que soplaba de tierra tan sólo lograba despeinar las crestas de las inmensas olas que avanzaban hasta golpear las rocas. En ocasiones, el agua pulverizada tras el impacto alcanzaba la sinuosa carretera por la que avanzaba. Sobre la moto, intentaba decidir entre seguir ensimismado con la fuerza de aquellas olas o por las vistas a mi izquierda, un paisaje yermo, moldeado por conos volcánicos, que se debatía entre el verde y el amarillo.

Isla de Pascua

Pero, en realidad, no tenía por qué elegir. Acababa de llegar, estaba solo y tenía tiempo. El único horario que me importaba era el del sol. Así que me detuve en varias ocasiones en diferentes acantilados desde donde ya no se veía la carretera, sólo las rocas y el océano. Un océano que se me presentaba más inabarcable que nunca… Los lugares habitados más cercanos a la isla debían estar, a mi izquierda, la costa de Chile a unos 3.700 kms. y, a mi derecha, las islas Pitcairn a 2.000 kms. y Polinesia, a más de 4.000.

Isla de Pascua

Me preguntaba cómo pudieron llegar los primeros habitantes de la isla hasta allí… Se cree que llegaron entre los siglos IX y XIII. Igual que las olas que rompían frente a mí, esos primeros pobladores debieron encontrar la isla por azar. Pero ¿cómo pudieron sobrevivir a un viaje tan largo desde Polinesia? ¿Pudo la isla llegar a poblarse sólo con los pasajeros de una embarcación? ¿Alguien logró regresar a las islas conocidas? ¿Llegaron otros barcos que no conocían la existencia de la isla? Muchas de esas preguntas siguen siendo, aún hoy, un misterio. Uno entre los muchos que esconde Rapa Nui.

Isla de Pascua

En todo caso, estaba claro que los polinesios eran grandísimos navegantes muy por delante de las potencias europeas que aún iban a tardar sólo unos 4 ó 5 siglos más en empezar a cruzar océanos, ¡qué pardillos!, ¿no? Al parecer, los polinesios se guiaban por las estrellas, las migraciones de ciertas aves así como de la formación y las diferentes tonalidades de las nubes sobre las islas.

Isla de Pascua

Seguí avanzando por la carretera buscando, en balde, la que tenía que ser la primera estatua moai que vería en la isla. Los moais son unas estatuas de roca volcánica con las que los rapanuis representaban a sabios ancestros y sacerdotes casi deificados de cada tribu. Según la cultura rapanui, las estatuas conseguirían mantener el maná (energía) de éstos y seguir favoreciendo así a los cultivos, pesca y fortuna de su tribu.

Isla de Pascua caballos

Según el mapa, había muchísimos moais cerca de la costa pero, extrañamente, yo no daba con ninguno. Encontré algunas rocas dispuestas en forma de altar y lo que parecían ser algunas estatuas rotas en el suelo…

Isla de Pascua Vinapu

Más hacia el este, rodeado de un grupo de caballos salvajes, empecé a pensar que se me iba a acabar toda la costa sur de la isla sin haber visto ningún moai… ¿Sería ese un nuevo misterio de la isla? ¿Realmente los moais podían caminar? ¿O sería sólo una broma del editor del mapa?

Isla de Pascua

Entonces me di cuenta de que en el dichoso mapa aparecían indicados dos tipos de moais: unos con cuerpo y cabeza y otros sólo con cabeza. La leyenda del mapa resolvió el enigma. Los de cuerpo entero eran moais que estaban en pie y los que eran sólo una cabeza indicaban la ubicación de los altares (ahu) en los que algún día hubo moais pero donde ya no quedaba ninguno en pie… De acuerdo, reconoceré que debí fijarme en la leyenda antes de empezar, pero sólo si el editor del mapa reconoce que una cabeza de moai no vale para representar un altar vacío. ¡He dicho!

Tras reconciliarme a regañadientes con el mapa, comprobé que, efectivamente, no había pasado de largo ningún moai y que no debía andar lejos de un ahu cuyos moais debían estar en pie, de nombre Tongariki. De camino, justo al borde de la carretera, un grupo de caballos pacía tranquilamente, aunque dos de ellos no paraban de relinchar y pelearse dando brincos el uno contra el otro. Intenté acercarme poco a poco pero, a la que se percataron de mi presencia, empezaron a correr. Los seguí con la moto y, entonces, parecieron esperarme para correr a mi misma velocidad, al lado de la carretera, durante unos cientos de metros. Fantástico…

Isla de Pascua caballo

Y así, aún flipando con mis carreras con los caballos, llegué casi sin darme cuenta a Tongariki… -“Eh… ¿perdón? a ver… uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¿quince? ¡Hay quince!” Sí, no era uno sino quince los moais que estaban en pie en el ahu de Tongariki. Aunque suene raro, reconocía perfectamente aquel lugar en el que jamás había estado. Lo había visto en muchas fotos pero no había relacionado el nombre ‘Tongariki’ con los quince moais.

Isla de Pascua Tongariki

El sol de la tarde, a punto de esconderse tras el volcán Rano Raraku, iluminaba la fila de moais que daban la espalda al océano. A los pocos minutos de llegar, se fue el último coche que quedaba en el aparcamiento dejándome solo con las quince estatuas.

Isla de Pascua Tongariki

Cada moai tenía una cara o un rasgo diferente, reforzando la idea de que eran representaciones de los líderes ancestros de cada tribu. Pensé que la tribu que habitaba en aquella zona debía ser poderosa, ya que no todas podrían haber levantado quince moais en un mismo ahu.

Isla de Pascua Tongariki

El sol se escondió tras el volcán Rano Raraku en cuyas laderas se tallaban los moais en una especie de cantera. Mientras, yo le daba vueltas a cómo pudieron trasladar esas estatuas gigantes desde allí, desde esa cantera, hasta los diferentes ahu. En el caso de Tongariki la distancia debía ser de poco más de un kilómetro, pero el mapa indicaba la presencia de otros moais (sí, de los de cuerpo entero…) en el extremo opuesto de la isla, a más de 15 kms. ¿Cómo pudieron los rapanuis mover esas estatuas de decenas de toneladas de peso si ni siquiera conocían la rueda? ¿Cómo las levantaban para colocarlas sobre los ahu? De nuevo más preguntas sin respuesta, más misterios…

Isla de Pascua Rano Raraku

Algunos piensan que los moais son obra de extraterrestres aunque, científicamente, hay unas 5 ó 6 teorías consideradas posibles de cómo los transportaban…

Museo Antropológico Padre Sebastián Englert

Unas historias sin desperdicio… (Fuente: Museo Antropológico Padre Sebastián Englert)

Quizás los arrastraban sobre troncos o sobre unas bases de madera y los levantaban haciendo palanca y colocando piedras debajo. Al margen de la ciencia y la teoría extraterrestre, la tradición oral rapanui dice que los moais, simplemente, “caminaban”. Eso evitaría tener que levantarlos una vez alcanzado el ahu pero, de ser cierto, ¿cómo caminaban? Hace unos años, un grupo de investigadores de una universidad americana consiguió hacer avanzar de pie una réplica de un moai balanceándolo con grupos de personas que tensaban tres cuerdas, una atrás y dos a los lados… Eso explicaría por qué encontraba tantos moais caídos hacia adelante en mitad de algún viejo camino. Una vez se caían no habría forma de levantarlos y la tribu volvería a la cantera a por otra estatua.

Isla de Pascua Rano Raraku

Sinceramente, creo que es mejor que no se sepa cómo los movían, que todo continúe siendo un misterio y que cada uno se lo imagine como quiera. Me gusta pensar que, aún hoy, algo que es obra del hombre perdure insondable como lo más profundo del océano que rodea la isla.

Isla de Pascua océano

De vuelta a Hanga Roa, el único pueblo de la isla, la carretera partía la pradera en dos. No había ni un sólo árbol. Sólo unos pocos siglos después de la llegada de los primeros pobladores, la isla, que rebosaba de una exuberante vegetación, vio como todas sus especies de árboles quedaron extinguidas. ¿Por qué? Sí, otra vez, no se sabe a ciencia cierta. Algunos dicen que la carrera de fabricación de los moais por parte de las diferentes tribus para conservar su maná (energía) acabó con todos los árboles de la isla que fueron necesarios para transportar las estatuas. Otros piensan que los primeros pobladores trajeron involuntariamente en sus barcos ratas que se alimentaron de las semillas de los árboles y que, a diferencia de otras islas de Polinesia, en Rapa Nui no encontraron depredadores, multiplicándose rápidamente. Quizás fue por la suma de las dos cosas. De nuevo, quién sabe…

Isla de Pascua Rano Raraku

Ya era casi de noche cuando llegué de vuelta al camping donde me alojaba. Aunque he dicho que estaba solo (a la espera de los ‘primos lejanos‘ que se unirían a mi en un par de días), ya en el mismo avión que me trajo a la isla había conocido a Roxane, una señora francesa que viajaba con Soliman, su hijo de trece años, con el que estaba dando la vuelta al mundo durante 9 meses. En el camping conocí a Vanessa, otra francesa que se iba esa misma noche con el vuelo que sale de la isla dos veces por semana hacia Papeete, en la Polinesia francesa. Ella también estaba dando la vuelta al mundo. Para acabar de rematar, Gonzalo, un argentino surfista y chef, y Xabi, un vitoriano que por su acento hubiese jurado que también era argentino, llevaban ya varios meses en la isla y se convertirían durante los siguientes días en nuestros coleguillas del camping.

Isla de Pascua cementerio

El cementerio de Hanga Roa

A la madrugada siguiente quedé con Roxane y su hijo Soliman en la calle principal de Hanga Roa. Era noche cerrada, aún faltaba una hora y media hasta que el sol despuntara, como decía la guía, por detrás de los moais de Tongariki. Me seguían en su moto por la carretera del sur que había recorrido la tarde anterior. Aunque ni siquiera había empezado a clarear, la luz de la luna llena era suficiente para iluminar todo el paisaje a nuestro alrededor. Había tanta luz que si no hubiera sido por los caballos y vacas que cruzan la carretera no hubiese hecho falta ni encender las luces de las motos.

Isla de Pascua noche

Al llegar a Tongariki quedó claro que no éramos los únicos que habíamos leído la guía. El paraje en el que había estado solo la tarde anterior estaba ahora ocupado por decenas de visitantes con sus trípodes – e incluso sillas plegables – preparados para admirar el espectáculo.

Isla de Pascua Rano Raraku

Al poco de llegar, pudimos ver cómo se ponía la luna tras el volcán Rano Raraku. En dirección opuesta, la luz ya empezaba a aclarar el cielo tras los moais aunque, rápidamente, empezó a nublarse más y más.

Isla de Pascua Tongariki amanecer

Con ese cielo quién iba a decirnos la que se nos vendría encima en sólo unos minutos…

Por los colores que tomaban las nubes, nos dimos cuenta de que el sol no iba a salir por detrás de los moais, sino justo detrás de unos acantilados a la izquierda de éstos… Quizás en otra época del año el sol salga más a la derecha, por detrás de los moais como dicen todas las guías que habían logrado reunir a esas horas a todos los presentes.

Isla de Pascua Tongariki amanecer

Al poco, el cielo estaba tan gris que si alguien hubiese llegado allí en ese momento no hubiese podido adivinar por dónde estaba saliendo el sol. Empezó a llover a cántaros. Roxane, Soliman y yo éramos los únicos que íbamos en moto, así que buscamos cobijo tras un muro de piedra mientras todo el mundo corría hacia sus coches. A los pocos minutos, estábamos solos. Sólo quedó un misterioso coche blanco en el parking.

Isla de Pascua Tongariki amanecer

Seguía lloviendo, pero el tiempo cambiaba rápido… Sólo hacia falta tener un poco de paciencia.

Isla de Pascua Tongariki amanecer

Cuarenta minutos después dejó de llover y las nubes parecían abrirse por momentos…

Isla de Pascua Tongariki amanecer

La luz empezó a filtrarse entre la nubes, iluminando los moais por detrás y el agua pulverizada de las olas que rompían contra las rocas en una imagen que me pareció mucho más espectacular que el amanecer frustrado por la tormenta. Disfrutamos de esa luz maravillosa los tres solos. Empapados pero felices coincidimos en que había valido la pena esperar a que cambiara la luz.

Isla de Pascua Tongariki amanecer

Soliman, Roxane y los moais…

El misterioso coche blanco seguía en el parking. En él estaban dos guatemaltecos que habían perdido las llaves al correr hacia al coche por la tormenta. Sin forma de que pudieran regresar al pueblo, me separé de Roxane y Soliman para llevar a uno de ellos, Roberto, hasta Hanga Roa para poder conseguir una copia de la llave. En el trayecto estuvimos hablando de España y Guatemala donde él tiene una empresa de turismo. –”Tendré que volver a Guate” le dije.

Isla de Pascua Rano Raraku

Aquella fue una muestra más del aislamiento de la isla. Los teléfonos sólo funcionan en el pueblo y no hay 3G así que si alguien se queda tirado no tiene forma de comunicarse. No hay apenas tráfico, por lo que puedes esperar horas al pie de una carretera sin que pase nadie. Sólo hay internet en algunos alojamientos y bares de Hanga Roa pero la conexión es lenta y más aún si está nublado o hace mal tiempo.

Isla de Pascua tsunami

Pero todo eso tenía sentido… Al fin y al cabo, estábamos en mitad del océano, en la naturaleza de una de las islas más remotas del mundo. De haber habido cobertura no hubiese conocido a Roberto, ni a su compañero, ni a las amables rapanuis que trabajaban en su hostel.

Aproveché mi regreso forzado a Hanga Roa para conocer un poco más el pueblo y hacer la compra. En el súper se notaba también el aislamiento, por los precios y por la escasez de algunos productos que me costó encontrar como, por ejemplo, leche. Los bares, las casas, las gentes, todo tenía un inconfundible rasgo polinésico pero que estaba influenciado, inevitablemente, por la dependencia forzada del continente. Digamos que era una mezcla latino o chileno-polinésica bastante interesante.

Isla de Pascua Tahai

En el mismo pueblo, visité el museo antropológico y algunos moais en la zona de Tahai, donde el moai del ahu Ko Te Riku conserva aún los ojos pintados y un sombrero o pukao de una roca volcánica ligera y rojiza.

Isla de Pascua Tahai

Muchos de los moais de la isla se cayeron por terremotos y tsunamis. Se sabe – y este es al fin un dato cierto – que en 1.722 la mayoría de moais seguían en pie. El domingo de Pascua de ese año la isla recibiría a su primer visitante europeo de la historia: el almirante holandés Jacob Roggeven. Él, al margen de cambiarle el nombre, constató que en la isla apenas quedaban árboles y no encontró ni un sólo signo de contacto con el mundo exterior.

Isla de Pascua moais Tahai

Pero sólo unos cincuenta años después, el navegante inglés James Cook encontró la rebautizada “Isla de Pascua” con la mayoría de los moais dañados o derribados y una población muy mermada por resulta de luchas intertribales.

Al parecer, la superpoblación y la falta de madera – que impedía la fabricación de canoas para la pesca – produjo una lucha entre tribus para controlar los escasos recursos que quedaban. Las tribus se enfrentaban derribando los moais de unas y otras para que las tribus enemigas perdieran así su fuerza. Sin la posibilidad de fabricar barcos no había forma de huir. La isla se había convertido en una prisión.

Isla de Pascua luchas intertribales

Dibujo de las luchas intertribales (fuente: Museo Antropológico Padre Sebastián Englert)

Así que todos los moais de la isla que ahora veía en pie fueron restaurados y erigidos de nuevo durante el último siglo. De los casi 900 moais que hay, aproximadamente unos 400 están todavía en la cantera, unos 300 se consiguieron erigir en sus ahus y unos 100 se quedaron por el camino. Calculo que hoy, en toda la isla, no debe haber más de 40 moais en pie.

Isla de Pascua reconstrucción de Tongariki

Japón contribuyó a la restauración de los moais de Tongariki. ¡Con grúa está tirado claro!

Por la tarde aún tuve tiempo de acercarme a ahu Akivi, un grupo de moais bastante alejado de la costa y el único ahu cuyas estatuas miran hacia el mar. ¿Por qué? ¿Lo adivináis? Exacto, de nuevo, no se sabe… Allí me encontré a Stephanie, una chica de Santiago que había perdido a su amiga subiendo al Maunga Terevaka que, con 511 metros de altitud, es el punto más alto de la Isla. De nuevo incomunicados, volví a hacer de taxista improvisado hasta el pueblo.

Isla de Pascua ahu Akivi

De vuelta en el camping cené con Xabi y Gonzalo y conocí a Laurine y Sylvain, una pareja de franceses que están dando la vuelta al mundo. Hablar de viajes es una de mis aficiones favoritas así que disfruté de la conversación mientras recorríamos con ellos todos los lugares de Asia que habían visitado. El punto álgido llegó cuando Sylvain, mientras hablábamos de Myanmar, sacó unos cigarrillos anisados hechos a mano en el Lago Inle ¡Qué recuerdos!

Aunque la noche no prometía mucho para salir a hacer fotos, decidí acercarme con la moto hasta los ahus de Tahai. Cuando se quiere fotografiar un cielo estrellado las mejores son las noches despejadas y sin luna. Otra vez solo, delante de los moais, la luna llena lo iluminaba todo y las nubes correteaban a sus anchas por el cielo, dejando entrever sólo unas pocas estrellas.

Isla de Pascua Tahai nocturno

Antes de llegar a la isla había pensado que podría hacer muy buenas fotografías nocturnas pero, desde luego, las condiciones no eran nada favorables y me daba cuenta de que no iba a tener ninguna noche sin luna.… Pero, la verdad, en ese momento me dio bastante igual. Qué más podía pedir, sentado solo frente al océano con un moai que me miraba con sus ojos pintados, iluminado por la misma luz que me impedía hacer mejores fotos…

Isla de Pascua Tahai nocturno

Sólo faltaba la llegada de los primos para poder compartir lo que había vivido en mis dos días (no tan) solo en la isla y descubrir con ellos todo lo que aún me faltaba por conocer.

Pero todo eso será en el próximo post

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Reencuentros en Santiago

Santiago de Chile me volvía a recibir cuatro años después con un sol radiante y una animada conversación con el taxista que me llevaba de camino al centro. No era primavera, como en la primera ocasión, sino otoño, pero la temperatura era igualmente agradable y las lejanas cumbres de la Cordillera tenían, ya no las últimas nieves de la temporada, sino las primeras.

Santiago de Chile

Y aunque esos primeros instantes del reencuentro con la capital chilena fueron buenos, el verdadero reencuentro me esperaba en el apartamento de ‘los primos’. Allí estaban Carlos y Pablo, los primos (de sangre aunque ahora lejanos) inmersos en su viaje de vuelta al mundo y Andrea, otra prima afincada en Santiago desde hace unos meses.

Santiago de Chile

Carlos y Pablo, los primos lejanos

Con unos cuantos cafés empezamos a ponernos al día del viaje de los primos y la vida en Santiago de Andrea. Un buen jamón que saqué de la mochila selló oficialmente el reencuentro. Ya estábamos preparados para salir a recorrer las calles de Santiago y empezar a recordar los lugares ya conocidos y buscar lo que me quedaba por conocer.

Santiago de Chile

Nuestra primera parada fue en el Mercado Central por donde anduvimos recorriendo los puestos de pescado y marisco que se agolpan alrededor de la plaza central del mercado, reservada hoy, casi en exclusiva, para los restaurantes para turistas.

Santiago de Chile

Santiago de Chile

Acabamos comiendo allí mismo, en un pequeño restaurante más local, pescado a la plancha y el que sería el primer buen ceviche de muchos.

Ceviche

Santiago de Chile

Santiago de Chile

Seguimos hasta la Plaza de Armas, la Catedral, el Palacio de la Moneda y su Centro Cultural…

Santiago de Chile

Santiago de Chile

Santiago de Chile

Cerramos la tarde con un pisco con tónica para empezar a preparar algunos aspectos logísticos que ya no podíamos demorar más. Como por ejemplo, ir a buscar el que sería mi colchón en la casa invadida de Andrea, comprar bebida y acabar de preparar la cena para la fiesta de la noche.

Santiago de Chile

Sí, fiesta. Y más que justificada ya que era el cumpleaños de Pablo, sábado noche, día de reencuentros… Cumplir años tan lejos de casa en un viaje largo como el que ellos están haciendo es especial. Tanto te puede pillar en un lugar y en un momento ideal, en buena compañía como en algún sitio aislado, sin conocer a nadie. Digamos que Pablo tuvo suerte, nos juntamos con los amigos de Andrea, una mezcla chileno-española muy entretenida.

Santiago de Chile

¡Muchas felicidades Pablete!

Las azoteas de muchos edificios de Santiago tienen varios ‘quinchos’ -parrillas- donde los vecinos pueden organizar sus asados y fiestas al aire libre. Ahí pasamos unas cuantas horas charlando, intentando descifrar el extraño acento chileno y bebiendo hasta que llegó la hora límite para llegar a una discoteca bastante alternativa en el barrio de Bellavista, donde el encendido de las luces a la hora del cierre nos pilló bastante por sorpresa.

Santiago de Chile

El día siguiente empezó directamente a la hora de comer. Jorge, el compañero de piso de Andrea, nos llevó a todos a otro mercado muy popular a comer, cerca de la estación Mapocho. Más ceviche (sí, podría comerme uno cada día), pastel de choclo -maíz-, carne mechada y mucha coca-cola nos ayudaron a revivir.

Santiago de Chile

Pablo y Jorge

De allí llegamos a la casa de Pablo Neruda en Santiago, conocida como ‘La Chascona’ -‘despeinada’ en quechua-, que es como él llamaba a la que fue primero su amante y después esposa hasta la muerte del poeta.

La Chascona, Santiago de Chile

Igual que en ‘La Sebastiana’, la casa que Neruda tenía en Valparaíso, ‘La Chascona’ era un lugar especial, con jardines en terrazas y una distribución y decoración tan particular que uno se da cuenta que en un lugar así sólo podía vivir alguien con alma de marinero, algo bohemio, viajero, con gusto, buen bebedor, y amigo de sus amigos… Pablo Neruda debía tener algo de todo eso, al margen, claro está, de ser un poeta excepcional.

La Chascona, Santiago de Chile

De ‘La Chascona’ salí igual que de ‘La Sebastiana’; me hubiese encantado que Neruda me invitara a comer allí y a beber en la barra del ‘bar del capitán’.

“Se trata de que tanto he vivido

que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,

nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.

Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.

Pido permiso para nacer.”

La Chascona, Santiago de Chile

Despedimos el día desde lo alto del Cerro de San Cristóbal, desde donde se ve gran parte de la ciudad y se divisan las Cordilleras de los Andes y de la Costa.

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

Andrea y Carlos

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

A medida que el sol iba bajando, el cielo y sus nubes se inundaban de colores cada vez más intensos mientras, poco a poco, las luces de la ciudad empezaban a encenderse. La luz era inigualable.

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

La verdad, después de visitarla por primera vez, jamás pensé que volvería a Santiago… En aquella ocasión no subimos al Cerro, que quedó, como tantas veces me he dicho en tantos otros lugares, ‘para la próxima’.

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

Esta vez el destino me trajo de vuelta para subir al cerro y para reencontrarme con mis amigos y con una ciudad que, sin saber muy bien por qué, me gusta.

Cerro San Cristóbal, Santiago de Chile

 

Para Andrea, por la hospitalidad, las historias y las risas. ¡Suerte en Santiago!

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Aquí podéis leer el relato de esos mismos días en Santiago en el blog de Carlos y Pablo.

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