De boda…

Boda Chris & Bita

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Boda Chris & Bita

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Boda Chris & Bita

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Boda Chris & Bita

Boda Chris & Bita

Barcelona, octubre de 2014

Para Chris y Bita, por elegir nuestra ciudad para ese día tan especial y por celebrarlo con todos nosotros. ¡Que seais muy felices! / To Chris and Bita, for choosing our city for such a special day and celebrate with all of us. We wish you the best!

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El Delta del Okavango

Etosha – Rundu – Shakawe – Maun 1.098 kms. 6 días

Dejamos atrás Etosha y condujimos por una carretera asfaltada hasta Rundu, al noroeste de Namibia. Allí acampamos al lado del río Kavango. En la otra orilla del río, los niños y jugaban y se bañaban. Nada parecía diferenciar una orilla de la otra, ambas eran verdes en una franja de sólo unas decenas de metros hasta encontrar, de nuevo, un terreno árido. Sólo la bandera que ondeaba sobre un edificio y el mapa nos decían que la otra orilla era el sur de Angola. Desde Rundu, íbamos a seguir avanzando al lado del cauce del río, siguiendo el sentido de su corriente. Unos 400 kms. más allá, ese río, lento aunque caudaloso, debía desparramarse en una llanura de Botswana, creando el inmenso delta interior del Okavango.

Camping Botswana
Pero antes aún tendríamos tiempo de visitar el mercado de Rundu. Tras tantos días sin podernos relacionar con gente local, el mercado parecía una buena opción para acercarnos, aunque fuese brevemente, a la rutina de una mañana de martes en una ciudad medianamente grande. En el mercado había casi de todo menos puestos de comida, que era lo que esperábamos encontrar. Muchos puestos eran de ropa de segunda mano y otros de telas acompañados por los puestos de las costureras, donde cosían al gusto y talla del cliente cualquier tela que éste acabase de comprar.

Mercado Rundu

Mercado Rundu

Mercado Namibia

También había puestos de reparación de electrodomésticos que parecían de otra época. Los peluqueros, por su parte, compartían espacio bajo un cobertizo metálico. Justo en el medio del mercado, unos chavales echaban una partida al billar que seguimos un rato mientras tomábamos un té con unos exquisitos dulces fritos que nos vendió una amable señora. “¿Un dólar?” (8 céntimos de euro al cambio) “póngame 4 más” -para el viaje-.

Mercado Rundu

Peluquería Mercado Rundu Namibia

Mercado Rundu

Reemprendimos el camino con un regusto dulce hasta la zona de Caprivi… Tras pasar las Popa Falls (un nombre un tanto pretencioso para cuatro rápidos de pocos metros de desnivel), llegamos a la Reserva de Mahango, una zona de vida salvaje que debíamos cruzar para llegar a Botswana, siguiendo el curso del río.

Mahango Namibia

En la Reserva vimos muchos de los animales que encontramos en Etosha pero aquí todo era más verde. Vimos por primera vez hipopótamos, aunque muy lejos; también jirafas, gacelas, ñús, jabalíes… Otra diferencia con Etosha que agradecimos fue la de poder salir del coche. Daba gusto poder estirar las piernas, bajar para hacer algunas fotos o caminar entre un grupo de baobabs gigantes…

Mahango Namibia Baobab

Mahango fue una sorpresa, un lugar muy recomendable para dedicarle aunque sea sólo un par de horas en vez de pasar de largo hasta llegar a la frontera como muchos hacían.

Hipopótamos Mahango Namibia

Llegamos a la frontera con Botswana. Mientras arreglábamos el papeleo de inmigración, llegaron unas 50 personas de golpe. Eché un vistazo al parking intentando encontrar el autobús que habría traído a toda esa gente hasta allí pero fuera sólo estaba nuestro coche. De la conversación medio en inglés y portugués que mantuvieron con el funcionario -que flipaba- dedujimos que se trataba de un grupo de peregrinos angoleños de una congregación… Por lo que decían, estaban haciendo penitencia, habían llegado hasta allí caminando desde Angola, eso era mínimo 40 kms.

Camping Botswana

Botswana nos recibió verde y con gente más risueña que en Namibia. Llegamos a Shakawe, otro pueblo al lado del río donde empezamos a aprender más cosas del Delta, al que ya estábamos próximos.

Kavango Panhandle

De hecho, habíamos llegado a la zona del río que se conoce como ‘Panhandle’, literalmente: el mango de la sartén. Si el agua desparramada del delta era la sartén, aquella última franja estrecha del río era el mango. El agua del Kavango llega desde las montañas de Angola y abastece el delta durante parte de la temporada seca, lo que atrae a cientos de miles de animales cada año. Pero el río no surte al delta cada año igual. Se dice que la cantidad del agua del delta cambia en ciclos más largos, aproximadamente de una década. Según nos dijeron, estábamos en uno de los picos de un ciclo de aguas altas.

Kavango Panhandle Botswana

Normalmente el ‘panhandle’ se puede navegar en mokoro, que es la embarcación tradicional de la zona. El mokoro está pensado para aguas poco profundas, el remero lo hace avanzar con un palo largo que clava en el lecho del río. Pero en ese momento, el río bajaba con tanta agua que los remeros no llegarían al fondo para impulsar el mokoro. Eso nos hizo valorar la idea de seguir camino al día siguiente hasta llegar al delta, donde podríamos navegar en mokoro y ver más animales.

Delta

Pese a nuestro breve paso por el panhandle, en el río logramos ver un cocodrilo y por la noche el cielo nos volvió a dejar sin palabras…

Vía Láctea Kavango Panhandle Botswana

Acampados al lado del río, unos rugidos muy fuertes nos impidieron conciliar el sueño, ¿serían los hipopótamos? No salimos a comprobarlo… Por la mañana un grupo de monos nos dió el desayuno, tirando el cubo de la basura y moviendo los árboles sobre nosotros…

Repostando

Acabamos de desayunar en el coche, ya de camino a Maun, una ciudad grande con varios súpers y cientos de turoperadores que viene a ser el ‘hub’ para visitar el delta.  Las opciones eran múltiples. Podíamos hacer alguna excursión en mokoro, en 4×4 o ir en avioneta hasta uno de los privativos y lujosos resorts esparcidos por las islas del delta que incluyen absolutamente todo (vuelo, hospedaje, comida, bebida, safaris…) Lástima que los precios se cotizaban en miles de dólares americanos por persona y noche…

Camping Botswana

Carne Botswana

Tres solomillos por 50 céntimos de euro… ¿Quién se puede resisitir?

Optamos por la excursión en Mokoro. A la mañana siguiente, el chico aparentemente tranquilo que nos llevaría hasta un poblado cercano, resultó ser un auténtico loco al volante. En la carretera ya corría, pero cuando enfiló el desvío hacia el poblado, el camino de cabras se convirtió en una etapa del Paris-Dakar… El Land Rover crujía a cada bache, salto y río vadeado… Reductora, superreductora, a 5.000 vueltas… Cómo si nada! Aquello iba más quemao que el palo de un churrero! Y nosotros atrás agarrándonos a cualquier cosa para no salir disparados!

Delta del Okavango

Delta del Okavango

Y, en mitad de un tramo de arena que pasábamos volando, ¡frenazo que te va! “¿Pero qué pasa?” Al girarnos, entre la espesa nube de arena que veníamos levantando, apareció una familia que se subió a la camioneta. Al parecer, se dirigían caminando hacia una aldea cercana. Por sus caras parecía que la forma de conducir de nuestro piloto de rallies no les sorprendía. Los niños nos sonreían. Al poco, el padre avisó al conductor que frenó como si hubiese visto un muro de hormigón delante suyo. “Ha visto algo…” entre los árboles (y la nube de polvo) apareció un elefante. Nosotros nos quedamos embobados hasta que noté que nuestros acompañantes nos miraban y señalaban la cámara como diciendo ¿No le vas a hacer una foto o qué? Ah! Sí, vale, vale…

Delta del Okavango

Al llegar a la aldea, nuestro campeón nos presentó al guía, Briget, un chaval de la aldea, majísimo y con un inglés perfecto. Iniciamos nuestro recorrido en su mokoro. La mañana estaba muy tranquila y tan sólo oíamos el ruido del palo al moverse en el agua. Avanzábamos cada vez entre canales más estrechos y ya desde el mokoro vimos algún hipopótamo y también un elefante y un búfalo.

Mokoro Delta del Okavango

- “Oye Briget, ¿el tema de los cocodrilos cómo va? ¿Son muy peligrosos?… Más que nada porque se me está mojando el culo…”
– “Ah sí! Es que tengo el mokoro así así y le entra agua… Tranquilo que nos bajamos en esta islita y achicamos el agua”.

Delta del Okavango Botswana

Pesaba un quintal. El mokoro tradicional está hecho con el tronco de un árbol local, todo de una pieza. Ahora los chicos de la aldea ya no pueden construirlos de madera. Básicamente, porque el mokoro aguanta unos 5 años mientras el árbol que se tala para construirlo tarda 100 en crecer. Ya nos los fabrican ellos, sólo pueden comprar los de fibra de vidrio por unas 5.000 pulas (unos 450 €). Y esa no es una cantidad fácil de ahorrar trabajando de guía. Más aún cuando sólo en la aldea de Briget hay unos 50 remeros de mokoro que se van turnando cuando hay trabajo.

Delta del Okavango

Finalmente, llegamos a otra isla donde bajamos del mokoro y empezamos a caminar en busca de animales. Vamos en fila india, intentando no hacer ruido. Con briget aprendimos muchas cosas que no sabíamos cuando vimos los animales en Etosha. Encontramos un grupo de jirafas. Briget nos contó que son tranquilas, que sólo dan patadas y corren cuando se sienten amenazadas. Las más oscuras son machos. Una de las jirafas estaba herida por una leona, con una buena marca y casi sin cola.

Jirafa Delta del Okavango
También vimos cebras, siempre al sol…. Las rayas negras retienen el calor para la noche mientras que las blancas lo expulsan durante el día.

Cebra Botswana

Briget nos explicó lo que llamaba “círculos de seguridad” con los animales…. Hay tres círculos. El primer círculo es el de seguridad, en el que la distancia es tal que no hay peligro y el animal no se percata de nuestra presencia. El segundo es el de riesgo, en el que el animal nos ve y cambia su comportamiento natural. El tercero, en el que nadie se quiere encontrar, es el de peligro, cuando te encuentras al animal a corta distancia y por sorpresa.

Delta del Okavango

En caso de estar en el círculo de peligro hay que actuar de forma distinta dependiendo del animal con el que nos hayamos topado. Por ejemplo, si es un león hay que quedarse quieto y mirarlo a los ojos…

- “Briget, ¿tú te has encontrado alguna vez así con un león?”
– “Sí, varias veces.”

La última vez le pasó con dos turistas. En cuanto se toparon con el león los agarró del brazo para que no huyeran mientras les repetía que no se movieran…. Finalmente, el león se fue. Los chicos no podían para de llorar… “Los dos se mearon encima…”

Delta del Okavango

“Buf!” pensamos… “Si apareciera aquí mismo, ¿seríamos capaces de aguantar quietos frente a un león sin salir corriendo?” Vamos, nos meábamos encima seguro… sino algo peor. Y es que, como seguía contando Briget, si uno huye… está muerto. Un león corre a unos 60 kms/h mientras que los mejores atletas no pueden superar los 40… “Si corres, el león te ve como una presa, te persigue y te salta en la espalda. No hay nada que hacer.”

Delta del Okavango

De regreso a la aldea, disfrutamos estirados en el mokoro de la tranquilidad del delta mientras seguíamos hablando con Briget. Pero ¿Habíamos visto realmente el Delta? La verdad, tan sólo había sido una pincelada de una esquinita de un rincón… El agua del Delta llega a cubrir unos 22.000 kms2 de tierra. Ése es el tamaño de la Comunidad Valenciana. ¿Qué habríamos visto de todo aquello?, ¿Gandía y alrededores?

Mokoro Botswana

Pescado Delta del Okavango

Ni el tiempo ni el dinero daban para más. Habíamos acompañado durante seis días a ese río que moría allí, a nuestros pies, sin llegar nunca al mar. En aquel lugar, nuestro viaje, como el río, llegaba a su fin. Ya sólo nos quedaba el largo camino de vuelta a Windhoek. Unos 800 kms. marca de la casa (o sea, “hacia el oeste”) que debíamos recorrer en dos días, atravesando el monótono desierto del Kalahari.

Kalahari desert

Ante tal panorama y ya con 3.900 kms. a la espalda, decidimos darnos un último capricho… Aunque eso mejor os lo contaremos en el siguiente post.

Noche Buitepos, Namibia

¡Hasta entonces!

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Etosha

Opuwo – P.N. Etosha. 4 días, 743 kms.

Era noche cerrada. Ya teníamos el fuego encendido y abierta la tienda sobre el techo del coche. En cuanto los pimientos de la brasa empezaron a oler, oímos un ruido de hojas que nos alertó. ‘¿Qué ha sido eso?’ Iluminamos a nuestro alrededor con el frontal y dos ojos de color verde aparecieron en la oscuridad. Después dos más. Se acercaban… ‘¿Serán perros?’ No había mucho tiempo para debatir, así que, me acerqué y dí una patada en el suelo levantando el brazo para auyentar a aquellos ojos incógnitos. Afortunadamente, los ojos desaparecieron igual que habían llegado. ‘Eran perros’. ‘Sí, seguro’. Me acerqué al barracón de los lavabos y en los espejos un cartel con fotos decía: “Beware of the jackals”. ‘¿¡Chacales!?’ En las fotos aparecía una especie de lobo… ‘¡Ah, vale! ¡Esto es un chacal!’ Sin saberlo, habíamos auyentado a una pareja de chacales. Si no llegamos a pensar que eran perros… nos acojonamos y nos comen, ¡jeje!

Barbacoa

Llevábamos ya unas horas en el Parque Nacional de Etosha, una de las reservas de vida salvaje más grande del mundo. Para que os hagáis una idea, el Parque tiene una extensión similar a la de la Comunidad Valenciana. Nosotros íbamos a cruzarlo de oeste a este (vale, sí, no vamos siempre “hacia el oeste”…) un camino de gravilla y un límite de 60 kms. por hora. 350 Kilómetros -en línea recta- para descubrir en cuatro días.

Pajaro

Aunque no es una kilometrada por día, se puede hacer pesado ya que está prohibido bajar del coche salvo en los alojamientos y los escasos puntos de picnic y WC que hay repartidos por el parque. Pero, aquí no se trata de llegar al destino, sino de disfrutar del camino y de la fauna del Parque Nacional, así que las jornadas confinados en el coche se hacían largas y el culo se quedaba cuadrado.

Atardecer Etosha

Pero valía la pena. Dispersas aquí y allá aparecían pozas que eran para los animales como oasis en mitad de un inmenso desierto. En plena época seca, el cielo de Etosha estaba siempre despejado y el sol de mediodía pegaba sin clemencia. Sólo una fina capa de arena y polvo enturbiaba el cielo dándole un tono grisáceo. Al menos, parecía que el gigantesco salar que le da nombre al parque tenía algo de agua a lo lejos. Pronto nos dimos cuenta que aquello no era agua sino el efecto del calor de los rayos del sol refulgiendo sobre la superficie blanca…

Etosha pan

El ‘Etosha pan’. Los puntitos que se ven en el horizonte son avestruces…

Así, en medio de aquel secarral, una poza repleta de agua era el lugar perfecto para ver animales ya que en algún momento debían beber. Así que a acomodar bien el culo al asiento del coche y a esperar…

Waterhole

Impala

Wildebeest

En algunas pozas esperamos y esperamos, pero en la mayoría, la ida y venida de animales era incesante. Era relativamente fácil ver cebras, gacelas, órices, jirafas, jabalíes… Menos común era ver elefantes, avestruces, kudus, impalas, búfalos y ñús. Y los más difíciles iban a ser los leones, leopardos, hienas y rinocerontes.

Orix Orice

Jirafas

Piel jirafa

Enseguida vimos que los animales bebían por turnos. Se observaban y se respetaban. Algunas especies bebían a la vez, como las cebras con las gacelas, ya que unas tienen buena vista y otras buen oído… Así se complementan a la hora de alertar sobre la presencia de algún depredador.

Waterhole zebra

Jirafa

Elefantes

Las jirafas lo tienen más jodido… básicamente, porque no llegan al agua con la cabeza. Se vigilan unas a otras pero tienen que beber literalmente espatarradas para llegar al agua. Incorporarse no es siempre fácil, así que beber es el momento más peligroso de del día para ellas y una buena oportunidad para sus depredadores.

Jirafa bebiendo

Lizard

Kudu

Entre poza y poza también encontramos grupos de animales cerca de la carretera. En las llanuras no era difícil ver cientos de cebras. Seguimos flipando con el ruido que hacen al galopar. Muchas veces, los machos se enfrentan saltando y repartiendo coces levantando una nube de polvo a su alrededor.

Cebras

Las cebras se intentaron domesticar sin éxito durante siglos. No es tan raro pensar “si sólo son una especie de caballo chato con rayas, ¿por qué no?” Pues no… nadie lo ha logrado. Para nosotros ese carácter indómito las hacía aún más especiales.

Cebra

Vimos cientos y cientos de cebras… sí, con rayas negras, aparentemente todas iguales… Pero, tampoco. Las rayas son la huella dactilar de una cebra. Cada una es única. Ellas, por difícil que parezca cuando las tienes delante, se reconocen. Además, las rayas les protegen de los depredadores, ya que al ir siempre en grupo, si una es atacada, se juntan todas y el depredador lo tiene difícil para averiguar cuál es la cebra herida.

Cebras

En un par de días ya habíamos visto un sinfín de cebras, jirafas, elefantes, impalas, gacelas, ñús, kudus y hasta rinocerontes… pero ¿dónde estaban los leones? ¿Y los leopardos?

Gacela

Antes de la puesta de sol había que estar ya en el campamento y no se podía volver a salir hasta el amanecer. Los leones cazan principalmente de noche pero, bueno, en algún sitio debían estar durante el día, ¿no? De hecho, madrugamos cada día para salir del campamento con el sol y apurábamos la tarde hasta el atardecer. Esos eran, en teoría, los mejores momentos del día para ver la vida animal en plena acción. Aún así, ni rastro de los leones y leopardos.

Waterhole elephant

Por la noche estábamos confinados en los campamentos. Afortunadamente, todos ellos tenían una poza justo al otro lado de la valla que iluminaban por la noche con focos. Sólo por el hecho de estar cómodamente sentados fuera del coche ya valía la pena acercarse a la poza a ver qué se cocía…

Jirafas Etosha

Nuestra primera “waterhole night” nos dejó boquiabiertos. Unos metros más allá de la poza iluminada, la oscuridad impedía siquiera intuir el paisaje que la rodea. El ruido llega antes que los animales. Oímos a lo lejos unos pasos que parecen quebrar los guijarros que rodean la poza. Al poco, una silueta empieza a salir de la oscuridad hasta que el foco ilumina el cuerpo de un rinoceronte. Antes de beber, se acerca hasta el borde de la valla, a unos tres metros de los presentes. Es impresionante.

Rinoceronte Etosha

De repente, el silencio sepulcral se rompe con un grito al que siguen más y más… “Son hienas” comenta el personal… Los aullidos son desconcertantes y desgarradores, como gritos de un maníaco desesperado. Apenas unos minutos después desaparecen por completo, devolviendo a la noche un silencio absoluto.

Hiena moteada

Una hiena

Mientras el rinoceronte bebe, otro ruido seco, con un compás lento, dirige nuestras miradas hacia la derecha. Son dos elefantes. Beben, comen y, sin venir mucho a cuento, se enfrentan embistiéndose. El ruido al chocar sus cuerpos es brutal.

Elefantes Etosha

Pasamos muchas horas en los “waterholes” nocturnos… alguna noche hasta quedarnos completamente solos. A veces conseguimos el premio y otras sólo el pesado croar de las ranas de la charca.

Elefante Etosha

Estamos un poco pesaditos con lo de los ruidos, sí. Pero cuando uno imagina un safari como algo sólo para ver y acaba frente a una poza cerrando los ojos para concentrarse en los ruidos, por algo será, ¿no? Es algo que nos cuesta mucho describir…
Rinoceronte y jirafas

Elefante Okaukuejo

En el tercer día, cuando ya habíamos perdido un poco la esperanza, logramos ver tres leonas en la poza de Rietfontein. Estiradas al sol descansaban, probablemente, de una madrugada de caza. Estaban lejos, pero, incluso sin los prismáticos, se las veía imponentes. A unos 200 metros, los pocos animales que se acercaban a beber mantenían siempre la distancia, sin quitarles los ojos de encima.

Leonas en Rietfontein

Sólo nos quedamos sin ver leopardos… De todas formas, seguiríamos nuestro camino con un recuerdo imborrable de nuestros días recorriendo esa naturaleza salvaje. Al fin y al cabo, si fuese tan fácil verlos estaríamos en el zoo. La naturaleza funciona de otra manera… y ojalá siga siendo así siempre.

Atardecer Etosha

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