Nara desde el ‘Nigatsu Do’

El sol, apenas un poco por encima de los árboles que limitaban el parque, arrojaba una luz rojiza, mágica, sobre los cientos de ciervos que nos rodeaban. Al lado de la ciudad, aquel inmenso parque sin vallas ni horarios era más bien una pradera y un bosque donde los ciervos pacían tranquilos, manteniendo la hierba a raya.

Aquellos animales aceptaban nuestra presencia entre ellos sin inmutarse y sólo los más pequeños se asustaban si osábamos acercarles demasiado el objetivo fijo de nuestra nueva cámara.

Fue un atardecer maravilloso y tranquilo rodeados de naturaleza en Nara, la ciudad que una vez fue la primera capital permanente de Japón. Hasta entonces, los tabús del sintoísmo (religión tradicional de Japón) establecían que a la muerte de cada emperador debía trasladarse la capital a otro lugar. La llegada del budismo rompió con esos tabús y aquella pequeña ciudad, en cuyo parque despedíamos el día, se convirtió en capital de Japón en el año 710.

Y, aunque su capitalidad naciera con vocación de permanencia, Nara sólo fue capital de Japón durante 75 años. Cuentan que un importante monje de la zona sedujo a la emperatriz y trató de usurpar el trono. Todo un Don Juan debía ser aquel monje porque el emperador decidió alejar la capital de su influencia fijando el nuevo emplazamiento en Kyoto.

A pesar de lo anterior, aquellos 75 años dieron para mucho. El conocido ‘periodo Nara’ sentó las bases de la cultura japonesa actual recibiendo influencias chinas y budistas.

Al norte del parque, el templo de ‘Todai-ji’ se empezó a iluminar. A un lado del templo vimos un sendero que subía, rodeado de árboles, hacia lo alto de una colina. Dudamos si adentrarnos por él, al fin y al cabo no sabíamos a dónde llevaba y era bastante empinado.

Pero subimos. Al final del camino, llegamos a un pequeño templo cuya visita iba a convertirse en uno de los mejores momentos del viaje. El templo se llamaba ‘Nigatsu Do’, construido de madera, como un mirador sobre la ciudad de Nara y las montañas que la rodean.

Cientos de linternas de piedra iluminaban la escalinata de acceso y los pasillos externos y una colección de lámparas de techo de diferentes estilos empezaron a encenderse a nuestra llegada.

Frente a nosotros, sobre la ciudad y sus colinas, empezaba a gestarse un atardecer espectacular que íbamos a poder degustar sobre la terraza de aquel pequeño templo del que hacía apenas unos minutos no sabíamos de su existencia.

Sólo vimos a tres o cuatro personas en el templo. Todos locales y, salvo una pareja, todos iban solos, en silencio absoluto. Nosotros apenas hablamos… cuando nos cruzábamos por alguno de los pasillos nos acercábamos sólo para ir diciéndonos casi al oído cosas como ‘qué pasada’, ‘precioso’, ‘lo mejor…’ Corría una brisa muy agradable, la luz era perfecta para la fotografía y teníamos tiempo de saborear la belleza de lo inesperado.

Aún así, mucho antes de los que nos hubiese gustado, oscureció del todo.

Regresamos pasando de nuevo por delante del templo ‘Todai-ji’ y de su majestuosa puerta. Ese templo es la mayor estructura de madera del mundo pero, desde lejos y casi sin referencias, era difícil hacerse una idea de su verdadero tamaño.

El templo ‘Todai Ji’

El templo había cerrado sus puertas hacía horas pero volveríamos al día siguiente a visitarlo. De vuelta en el centro de Nara cenamos dos raciones deliciosas de ‘tonkatsu’ (generalmente costilla de cerdo empanada, aunque también puede ser de pollo).

Pero a la mañana siguiente todo cambió, el calor, las filas de turistas… todo estaba abarrotado de gente. La magia que acompañó las últimas luces del día en el ‘Nigatsu Do’ había desaparecido por completo.

En el parque las familias compraban galletas para los ciervos que enloquecían en cuanto veían una. Los padres, por su parte, invitaban a sus hijos a darle la galleta al ciervo. Algunos incluso casi les forzaban para poder registrar en vídeo el dulce momento en que su hijo le daba la galletita al cervatillo. Por lo general, los niños salían despavoridos llorando desconsolados en cuanto 3 ó 4 ciervos -algunos con importantes cornamentas- les acosaban luchando por hacerse con su trozo de galleta. Viendo la cara de acojone de esos niños os aseguramos que del trauma generado más de uno se alegrará al ver el final de ‘Bambi’.

Aunque los 1.200 ciervos que merodean por el parque son salvajes, se les ve muy acostumbrados a la presencia humana. Mucho más de lo que podíamos haber imaginado la tarde anterior. De hecho, hay que andarse con ojo pues, aunque las galletas es lo que más les gusta, también pueden comer mapas e incluso -se han dado casos- el Japan Rail Pass (algo así como el interrail japonés) que no puede renovarse en caso de pérdida ni, suponemos, en caso de ingesta por animales salvajes.

Cruzamos el parque para llegar al Santuario ‘Kasuga Taisha’, uno de los que no habíamos visto la tarde anterior. Sus caminos de acceso estaban escoltados por 2.000 lámparas de piedra y el interior del recinto está adornado con 1.000 faroles de bronce.

Este santuario fue construido por el clan de los Fujiwaras, una familia aristocrática muy poderosa del S.VIII. Una vez acabó la construcción del santuario, se dice que los miembros de este clan invocaron a un dios que apareció en Nara cabalgando un ciervo blanco. Desde entonces, los ciervos han sido respetados y protegidos como mensajeros divinos por los locales.

Después de esa visita, nos tocaba volver al templo ‘Todai-ji’ que habíamos visto iluminado desde el exterior la noche anterior. Sus alrededores estaban llenos de gente, hicimos la cola y pagamos la entrada. Al entrar en el recinto y ver, a lo lejos, el edificio con gente alrededor, nos hicimos al fin idea de cómo es de grande un templo de 57 metros de largo y 48 metros de alto.

El ‘Todai Ji’ de día

Y, aunque este templo del S.VIII es la estructura de madera más grande del mundo, se quemó por completo en dos guerras y fue reconstruido en 1.709 pero no en su tamaño original sino un tercio más pequeño.

Si con el tamaño actual el edificio es ya impresionante, imaginaos la cara de los que vieron por primera vez hace más de 1.200 años un templo aún más grande del que teníamos nosotros delante…

Además, no todo era la fachada. La sala principal del templo, el ‘daibutsuden’, alberga una estatua inmensa de bronce del buda Vairocana que mide 15 metros de altura. Un ‘pequeño’ buda que haría sombra a un edificio de 4 ó 5 pisos.

La estatua gigante de Vairocana

Llegaba el momento de seguir nuestra ruta. En Nara, al igual que en Nikko, acertamos quedándonos a dormir. Los templos iluminados al atardecer y un paseo en soledad por el parque hacían de Nara la antítesis de la disneylandia en la que se convertía durante el día, cuando los ‘daytrippers’ de Kyoto y Osaka lo abarrotaban todo.

En nuestra retina quedará el recuerdo del atardecer en el pequeño ‘Nigatsu Do’ que, irónicamente, además, fue el único templo de los que visitamos en el que no pagamos entrada… demostrándose, una vez más, aquello de que las cosas buenas de la vida son gratis…

¡Hasta pronto!

5 Respuestas a “Nara desde el ‘Nigatsu Do’

  1. Un viaje precioso, por el relato y por las fotografías! Condensa la magia que esconden los lugares poco conocidos, los que se encuentran fuera de temporada, a destiempo del resto del mundo… Y la mención de los tonkatsu (ahora que son las… 13:20) nos ha abierto el apetito! Ummm… Qué bueno y qué buena demostración de lo variada que es la gastronomía japonesa en contra de lo que, durante años, hemos pensado los “narizotas! ;D Konichiwa por este momento de paz

  2. ¡¡Qué bien me ha venido la calma que transmite “Sangatsu Do”¡¡ Suerte que se animaron a subir la cuesta empinada y al caer el día. Nuevamente gracias por hacernos partícipes y poder disfrutar de vuestros viajes. Hasta la próxima, a mi también me dio hambre y voy a calmarlo con una ensaladita de lentejas, creo que no es muy japonés.

  3. Muchas gracias por el comentario “viajes de primera”… y sí, una gozada encontrar ese lugar a contrapie y seguir comprobando que en Japón no es sushi todo lo que se come! Saludos!

    Rosa, gracias por el comentario y buen provecho!

  4. Gracias por enseñarme un Nara mágico…lamentablemente, yo sólo pude vivir en primera persona la versión más parque temático! Besos Verónica

  5. Pingback: Bitacoras.com·

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