La lonja de Tsukiji

A las 4:10 el despertador rompió el silencio de nuestra habitación dándole un golpe mortal a nuestro empeño por superar el ‘jet lag’ tan sólo dos días después de haber llegado a Tokyo. Debíamos estar en la estación de Shibuya a las 4:49 para coger el primer metro hasta Shimbashi y desde allí un taxi a la lonja de pescado de Tsukiji. El plan parecía perfecto. Ya nos habían advertido que debíamos llegar temprano y, con transporte público, no podíamos llegar antes.

En cuanto bajamos del taxi un operario que estaba en una furgoneta nos hizo unas señas… ‘fish market?’ nos preguntó. Asentimos con la cabeza mientras él bajaba de la furgoneta y se subía a una especie de carretilla motorizada que se conducía de pie. Nos invitó a subirnos en la parte trasera y nos llevó hasta el mercado de pescado. ¿Podía ser mejor?

Empezamos a caminar entre puestos de pescado, por pequeños pasillos por los que iban y venían carretillas a toda velocidad. Avanzábamos hacía unas paredes al fondo, de color amarillo, en las que se veían unas cortinas de plástico que subían y bajaban de forma automática. Allí debía ser la subasta del pescado, en particular del atún que tanta fama le había dado a Tsukiji, el mayor mercado de pescado del mundo.

Una de las carretillas asesinas…

A escasos diez metros de la pared amarilla, se nos acercó un vigilante de seguridad con cara larga y unos papeles en la mano. En un inglés de lo más básico nos vino a decir que no podíamos estar ahí y que tampoco podíamos entrar a la subasta. En ese momento, la persiana de plástico automática tras el vigilante se levantó por unos segundos dejando ver decenas de cuerpos de atún congelados en el suelo, muy grandes, humeando y dispuestos en ordenadas filas.

En ese momento a nuestra izquierda apareció un grupo de visitantes con unos chalecos fluorescentes. Al parecer, el cupo de visitas para la subasta estaba completo. El vigilante nos dice que deberíamos haber llegado sobre las 3 mientras cruza los dedos primero y después los brazos en forma de equis. Le rogamos que nos deje pasar pero su gesto es entonces el del dedo índice recorriendo su cuello mientras dice ‘my boss, my boss’. Ese gesto, mucho más universal, lo entendemos a la primera.

Pero lo peor no era que no pudiéramos entrar a la subasta sino que tampoco podíamos quedarnos por los puestos del mercado. ‘Sólo a partir de las 9’… pero ‘¡si son las 5:45!’ ‘¿qué quiere que hagamos hasta esa hora? El vigilante movió la cabeza hacia un lado y nos acompañó unos metros, mostrándonos la salida. No lo podíamos creer. Debíamos hacer algo… Empezamos a pasar entre las furgonetas que esperaban los pedidos pensando dónde podríamos conseguir un chaleco amarillo fluorescente… Quizás podíamos golpear al último de la fila de turistas en la cabeza sin que nadie se diese cuenta y robarle el chaleco… pero noquear a dos sin levantar sospechas nos pareció demasiado complicado.

Intentamos colarnos sin el dichoso chaleco por detrás del edificio hasta que nos interceptó otro vigilante con la misma retahíla. No opusimos resistencia y volvimos a la zona de los puestos del mercado intentando no ser descubiertos por los vigilantes. Queríamos pasar desapercibidos pero, con nuestras pintas de guiris con una cámara cada uno y nuestros ojos ovalados, cantábamos como almejas de otro mercado entre esos puestos de pescado llenos de japoneses. Ahora, además de las carretillas asesinas, debíamos esquivar también a los vigilantes de seguridad ante la mirada cómplice de algunos trabajadores y sorprendida de otros.

Cuando acabó la subasta, las carretillas empezaban a llevar los inmensos atunes a los diferentes puestos del mercado. Algunas piezas estaban congeladas y otras frescas. Según el caso, la limpieza y el despiece del atún se efectuaba de formas distintas.

El atún congelado lo cortaban con sierras eléctricas en tacos de diversos tamaños, mientras que el atún fresco se cortaba con cuchillos tan grandes y afilados que parecían auténticas katanas de Hattori Hanzo.

Las piezas de atún eran tan grandes que se necesitaba la fuerza de dos o tres hombres para poder moverlas y girarlas.

Al final de uno de los pasillos del mercado vimos a otro vigilante que casi nos pilla así que  media vuelta y a seguir por otro pasillo. O mejor, por la parte trasera de los puestos que es por donde llegaba el pescado en las carretillas desde la subasta.

Casi todos los operarios fumaban mientras cargaban atunes o los cortaban. Dentro de unos pequeños cubículos de madera encontrábamos casi siempre a alguna señora impasible, tranquila, que debía llevar las cuentas del puesto y que cobraba a los primeros clientes que empezaban a acercarse al mercado.

De repente nos cruzamos con algún congénere nuestro: turista medio dormido, despeinado y con cámara en ristre con quien te sonreías por eso del ‘no deberíamos estar aquí’… A medida que avanzaba la mañana, íbamos viendo a más turistas que llegaban pensando que podrían ver la subasta que hacía horas había acabado.

Entre los puestos, además de los atunes, abundaban decenas de tipos de pescados, moluscos y mariscos a los que no supimos ponerles nombre. Otros, en cambio, sabíamos lo que eran pero su tamaño nos impresionó como, por ejemplo, una especie de mejillones enormes que podían llegar a medir casi un par de palmos.

Otros pescados llegaban en cajas desde la subasta y aún se movían cuando, al caer sobre la mesa de madera trasera del puesto, le asestaban un golpe seco en el lomo, por detrás de la cabeza, que los dejaba tiesos.

Seguimos caminando atentos a las carretillas, a los clientes que llegaban al mercado y que llevaban más prisa que nosotros y, por supuesto, a los vigilantes ya que aún eran las siete de la mañana. Mientras, seguíamos sorprendiéndonos con unas gambas enormes, unos pulpos de un rojo intenso y viendo cómo cortaban los diferentes tipos de pescado.

Después, sobre las siete y cuarto, decidimos acercarnos a uno de los minúsculos restaurantes que están dentro del recinto del mercado para desayunar.

Un desayuno de lo más fresco

El que recomendaba la Lonely Planet tenía cola para rato así que optamos por otro llamado ‘Yonehana’. Allí desayunamos sashimi fresquísimo del mercado con la compañía de su dueño, J.J., que, además de darnos unas lecciones de japonés, nos regaló unos cuantos dibujos que iba pintando sobre la marcha.

J.J., un auténtico crack!

Caminamos desde Tsukiji hasta Ginza, lo más parecido a la 5ª avenida de Nueva York o los Campos Elíseos de París. Las tiendas aún no habían abierto pero la calle ya estaba repleta de gente porque, en algún momento, debían desfilar por allí los deportistas japoneses ganadores de medalla en los J.J.O.O. de Londres. Eran las diez de la mañana y empezaba a apretar el calor. Ya no podíamos más.

Decidimos irnos a dormir un rato… A soñar con atunes gigantes, vigilantes de seguridad y carretillas asesinas en el mayor mercado de pescado del mundo.

PS: Ya sabéis, si queréis ver la subasta que nosotros nos perdimos, nada de transporte público. A las 3 de la madrugada allí con un taxi y a ponerse en la cola en la caseta de información que hay en la entrada. No reservan plazas y es gratis. Después de la subasta, quitaos el discreto chaleco amarillo fluorescente e intentad pasear entre los puestos del mercado. Vale mucho la pena. Otra opción es salir de fiesta e ir para allá desde la discoteca o el karaoke. Eso sí, en ese caso no garantizamos que el desayuno a base de sashimi siente bien.

7 Respuestas a “La lonja de Tsukiji

  1. ¡¡Qué actividad frenética se intuye en esas fotos¡¡ Es muy interesante, aunque no se si yo sería capaz de estar tanto tiempo viendo y oliendo pescado. Yo ya agradezco vuestro reportaje.
    Hasta la próxima entrega: Rosa

  2. Como mola que me hagáis pasear por Japón mientras intento mantener los ojos abiertos en la vuelta al cole con un jet lag mortal… No hace falta que diga nada de las fotos, verdad?? Tengo ganas de que me lo contéis todo en persona!!

  3. En la persecución inicial solo falta una música tipo Benny Hill a cámara rápida.
    Qué pinta ese sashimi! Todo un placer para los fish lovers like me :P

  4. Pingback: La lonja de Tsukiji | Siempre hacia el oeste | Comida oriental | Scoop.it·

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