Puerto Galera, un merecido descanso

Después de nuestras desventuras por Biliran, en lo más profundo de Filipinas, había llegado el momento de disfrutar y descansar. En otras palabras, hacer lo que nosotros llamamos las vacaciones del viaje. Boracay era el lugar más evidente para ese propósito pero, aunque sólo fuese para no pisar el destino de playa más manido por el turismo internacional, decidimos buscar alguna alternativa. Víctor, uno de nuestros queridos camareros de La Flauta nos había recomendado Puerto Galera, en la isla de Mindoro, cerca de Victoria, su pueblo natal. Sólo nos faltaba organizar cómo llegar hasta allí. Al poco nos dimos cuenta de era inevitable pasar por Manila. Hasta allí eran dos días y medio de autobús, otros tantos con barco o una hora en avión. – ‘Mmmmm…’ ‘A ver que me lo pienso…’

Puerto Galera
A la mañana siguiente estábamos en el aeropuerto de Tacloban embarcando el vuelo de Phil Express que por unos módicos 40 euros nos dejó en Manila a media mañana. A partir de ahí venía lo que, sobre el papel, debía ser más fácil: coger el autobús a Batangas, al sur, y de allí el bangka a Puerto Galera. Tras una breve visita a la oficina de turismo del aeropuerto, quedó claro que debíamos tomar un bus hasta la terminal EDSA desde donde salían los buses a Batangas. Perfecto! Tras una media hora en autobús totalmente abrumados por el infernal tráfico de Manila llegamos a EDSA pero… ¡Se siente! desde EDSA ya no salían buses a Batangas. Según nos indicaron teníamos que ir a la terminal del Coastal Mall. Entre las decenas de jeepneys que nos rodeaban en la terminal había uno que llevaba escrito por todos lados Coastal Mall. No podía fallar. Nos subimos al jeepney que ya estaba casi lleno, pero aún hubo que esperar hasta que, como siempre, se llenara hasta reventar. Contamos veinte pasajeros.

Jeepney en Manila
Al llegar a Coastal Mall buscamos una taquilla que no existía para comprar los billetes. Los chavales de cada compañía estaban a los pies de los cientos de buses que allí había. Dos de ellos nos invitaban a subir a sus respectivos autobuses -‘Batangas? eh… mmm… sí, este, este!’ -‘Jeje! y qué más!’ Lamentablemente, nos empezábamos a dar cuenta de que, de nuevo, no estábamos en el lugar adecuado.

Jeepney
Las nuevas informaciones nos hablaban de una estación llamada Buendía. Ya no había paciencia como para buscar otro jeepney así que en taxi y por el camino del medio. A diferencia del jeepney, donde no nos podíamos apenas mover, desde el taxi veíamos más de aquella caótica ciudad en la que las diferencias sociales se hacen notar en cada esquina: Ahora unos edificios modernos, más allá un riachuelo inmundo lleno de mierda y rodeado de chavolas, de repente un centro comercial… Esa realidad contrastaba totalmente con la Filipinas rural donde no se veía riqueza pero había comida para todos y donde los núcleos sociales de familia, amigos, barrio… bastaban para que la gente fuese, al menos ante nuestros ojos, feliz.

Jeepney
… Y sí. Tres horas y media después de haber aterrizado y tras haber cogido bus, jeepney y taxi llegábamos a Buendía desde donde, ¡al fin!, salían autobuses hacia Batangas. Una vez allí, nos tocó lidiar con vendedores de billetes de las diferentes compañías de bangkas… Al fin en el barco logramos relajarnos y empezar a disfrutar con la vista del norte de Mindoro, verde y agreste. Entramos en una preciosa bahía natural, la misma que los colonizadores españoles habían usado siglos atrás como puerto donde fondear sus galeras, hecho que le vino a dar el nombre de Puerto Galera a aquél lugar. Por seguir un poco con los nombres originales, atracamos en una zona conocida como ‘El Muelle’ donde nos esperaban una especie de tour operadores, chavalines alquilamotos, vendedores de perlas supuestamente auténticas, conductores de triciclos… Un variada fauna de la que logramos escabullirnos y colarnos en el jeepney de un hotel junto con un colega que nos alquilaría la moto en la zona de White Beach.

Aninuain
Era verdad: en White Beach había una playa de arena blanca, pero aquél nombre tendía a idealizar un lugar en el que se agolpaban frente a la playa hostels, bares, motos de agua, karaokes, badulaques y demás infraestructura destinada a hacer las delicias del grupo de veinteañeros con los que compartimos jeepney. Podía ser un lugar en cierto modo divertido, pero no íbamos buscando eso. La siguiente playa hacia el norte, Aninuan, sí era el lugar que buscábamos: una playa larga de arena fina y con sólo dos pequeños resorts… y, claro, lo que viene siendo una piscina, hamacas y desayuno incluido.

Aninuan beach resort

– ‘Chicos, ¿veis la punta de esa roca que asoma sobre el mar? Es el arrecife’ ¡Cojonudo! un arrecife donde bucear justo delante del hotel.

Puerto Galera

Puerto Galera

Puerto Galera

Y, bueno, aún a riesgo de decepcionar a algunos, debemos reconocer que lo más interesante fue el camino hasta Puerto Galera. Contar lo bien que descansamos no es tan divertido. Así que la verdad es que nuestros días en Puerto Galera se redujeron a disfrutar de aquel paraíso, dar vueltas con la moto, someternos a reducidas dosis de bares y restaurantes turísticos y un par de inmersiones de buceo. Afortunadamente, al margen de unos cuantos chaparrones y de que el faro de la moto no alumbraba más allá de dos metros cuando volvíamos de cenar, en Puerto Galera encontramos lo que buscábamos aunque fuese en su última playa.

Aninuan
Un merecido final para un gran viaje con el que, al fin, nos habíamos quitado la espinita de no poder visitar Filipinas durante nuestra vuelta al mundo.

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