Día 211 – El centro rojo

Rojo. Ese era el color de la tierra bajo nuestros pies, el color de la tierra entre las matas bajas y los árboles apenas verdes que se esforzaban por crecer en aquel desierto, en el centro de Australia, el ‘Outback’ como le llaman los australianos. Habíamos aterrizado en Alice Springs, una ciudad que nació en mitad del desierto por el establecimiento de un puesto telegráfico de comunicaciones entre Adelaide, en el Sur, y Darwin, en el Norte. También fue la sede de una institución histórica, el Royal Flying Doctor Service, lo que vendría a ser un servicio médico aéreo que permitía al doctor llegar a lugares aislados sin perder decenas de horas en la carretera y que da muestra de la extensión del desierto central australiano.

Nuestro destino se hallaba a unos seiscientos kilómetros por carretera hacia el Sudoeste. Había que aprovisionarse bien, sobre todo con agua. Nos hicimos con un par de botellas de litro y medio y una garrafa de diez litros que, en apenas tres días, ya habíamos agotado. También llenar el depósito de gasolina, ya que los puntos para repostar no abundaban en aquellas carreteras.

Con todo listo, nos hicimos a la carretera. Recorríamos la Stuart Highway hacia el Sur por rectas interminables que cortaban en dos un paisaje tedioso, llano y aplastado por la elevada temperatura. La desolación que inspiraba aquella tierra se contagiaba sobre el asfalto que parecía deshacerse ante nosotros y por el que apenas circulaban coches. Pudimos pasar una hora sin cruzarnos con ninguno, ni con una estación de servicio, ni con una construcción hasta donde alcanzaba nuestra vista. Solo el desierto, la carretera y los postes que la acompañaban a uno de sus lados. De hecho, al cruzarnos con algún coche o camioneta la gente nos saludaba, algo que no vimos que sucediera en ningún otro lugar. Las distancias y la soledad del tedioso camino debían hacer que la gente se alegrase de ver a algún semejante cruzarse en su camino.

Tras unas cuantas horas de carretera, tomábamos un desvío hacia el Oeste y, si bien el paisaje seguía siendo parecido, en el cielo, las nubes que hasta ese momento estaban dispersas creando manchas que eran sombras en la tierra, ya formaban espesas masas de vapor deseando descargar con toda su fuerza. La carretera, que apuntaba invariablemente hacia el oeste, se empeñaba en llevarnos justo hacia donde veíamos los rayos de la tormenta eléctrica y, también, una densa cortina de agua caer. Empezamos a sentir el olor a tierra mojada y nos adentramos en la lluvia, que era tan intensa que no nos permitía ver nada. Un rayo cayó entonces a unos 30 metros de la carretera, a la derecha, cegándonos por un momento y soltando un ensordecedor trueno que nos estremeció de tal manera que vimos claro que lo mejor era parar en la cuneta y esperar a que pasara la tormenta.

Al fin llegábamos a Yulara, un pequeño centro de hospedaje ubicado a escasos kilómetros de la entrada del Parque Nacional Uluru–Kata Tjuta que ofrecía todo tipo de alojamiento, desde un camping hasta un hotel de cinco estrellas. Con el presupuesto, ya más que golpeado por nuestro periplo australiano, no nos quedaba otra que escoger el camping y hacernos con la mejor sombra que encontráramos en él para plantar nuestra tienda y soportar, de la mejor manera posible, las altas temperaturas del desierto.

Pero antes de todo eso decidimos seguir un poco más adelante, acercarnos lo suficiente como para ver, aunque fuese de lejos, el Uluru, la gran mole de piedra que se alzaba sobre la vasta llanura, como si algo la hubiese empujado hacia fuera de las entrañas de la tierra o como si hubiese caído del cielo proveniente del espacio. En cualquiera de los dos casos, allí, en mitad de aquella planicie yerma e inabarcable nadie se habría dado cuenta de cómo llegó hasta allí.

O sí. Decenas de milenios antes de nuestra llegada a ese lugar ya habitaban en él los Pitjantjatjara y los Yankuntjatjara (o Anangu, que es más fácil). Los conocidos desde la llegada del hombre blanco como aborígenes. Ellos saben más de esa roca que nadie. El Uluru era –y sigue siendo– un lugar sagrado para su cultura con un gran significado espiritual. Pero ese conocimiento, así como su concepción de la relación del hombre con la tierra, no ha sido nunca revelado al hombre blanco. Ese conocimiento sagrado se conoce como ‘Tjukurpa’ y sólo se enseña a ciertos aborígenes ya iniciados en los ritos espirituales de esa cultura. Sólo una pequeña parte de esos conocimientos se ha trasladado, con el paso de los años, a los occidentales.

Y nos parece bien. Al fin y al cabo, el hombre blanco les expulsó de sus tierras, les infectó con enfermedades traídas de Europa, separó a sus hijos de sus familias… Los aborígenes se quedaron con lo único que no iban a poder robarles: su cultura. Y la siguen guardando celosamente. Hicieron bien porque aquellos hombres blancos que hasta 1.967 no se dignaron a considerar a los aborígenes como seres humanos a buen seguro la habrían despreciado.

Frente a aquella roca, sagrada por motivos que jamás conoceremos, estábamos entonces nosotros, atraídos por su color, su tamaño y sus onduladas formas… pero sobre todo por su extraña presencia en aquel paisaje repetido. No habiendo mucho donde escoger ése tenía que ser el lugar sagrado.

Al amanecer de la mañana siguiente nos acercamos a los pies de la roca. La tocamos y la rodeamos por un camino de unos diez kilómetros de distancia bajo un sol que nos ajusticiaba diciéndonos que madrugar no nos iba a servir de nada. Las paredes que en la distancia parecían posarse suavemente en el suelo nos mostraban otra cara. Muchas de ellas formaban cuevas o estaban partidas, había numerosas entradas que nos llevaban hacia pequeños cursos de agua que se deslizaban suavemente por la roca formando franjas oscuras a su paso.

Seguíamos caminando. Algunas de las cuevas que hallábamos habían sido el hogar de tribus aborígenes durante miles de años. En ellas aún podían verse algunas pinturas sobre la caza y la ubicación de puntos esenciales en el territorio como manantiales de agua o enjambres de abejas. En ocasiones, el camino se desviaba al acercarse a zonas sagradas de la roca que suelen diferenciarse entre las áreas para rituales de hombres y las de mujeres. Estaba prohibido entrar en esas zonas y fotografiarlas por orden expresa de los propietarios tradicionales.

Y los propietarios tradicionales del lugar no son otros que los aborígenes. Sí, han oído bien. Los mismos cuya sociedad había sido desintegrada y degradada por el hombre blanco. Aquellos que hasta hace apenas sesenta años no se podían considerar siquiera seres humanos.

En los años setenta empezó a cambiar todo. Una sentencia del Tribunal Supremo australiano modificó la noción de Australia como ‘terra nullius’ en la época de la ocupación europea. Es decir, reconoció que aquella tierra que los ingleses habían colonizado sí era anteriormente propiedad de alguien. En 1.976 se aprobó la ‘Aboriginal Land Rights Act’ que devolvió tierras a los aborígenes en el ‘North Territory’. Los terrenos de todas las reservas naturales y las de las misiones pasaron a manos de los aborígenes, sus habitantes originarios o tradicionales. También permitió reclamar territorios como propios si se probaba su ocupación continuada. Tras cientos de años de abusos y miradas hacia otro lado se hacía, por fin, algo de justicia.

Así, la tierra que pisábamos era propiedad de los aborígenes. En 1.985, los propietarios tradicionales de este territorio firmaron un acuerdo en virtud del cual el actual Parque Nacional se alquilaba al gobierno australiano durante 99 años para su gestión y explotación compartida.

A unos 45 kilómetros hacia el Oeste del Uluru se hallaba la otra formación rocosa que le daba nombre al Parque Nacional, el Kata Tjuta (también conocida ‘Las Olgas’). Aunque comparten el mismo color, el Kata Tjuta no se parece al Uluru, ya que está formado por treinta y seis cimas redondeadas de las que proviene su nombre en la lengua Pitjantjajara que significa ‘muchas cabezas’.

Esas rocas plantadas allí, en mitad del desierto igual que el Uluru, son también un lugar sagrado para los aborígenes y en ellas se siguen celebrando ritos y celebraciones espirituales vedadas al hombre blanco.

Las rocas del Kata Tjuta se disponen de tal manera que forman cañones por los que es posible caminar –con un poco de suerte incluso a la sombra– y por los que se agita y silba el viento tras haber recorrido centenares de kilómetros por el desierto sin encontrarse ni un solo obstáculo por el camino.

No esperábamos ver camellos en Australia

Regresamos por la misma carretera aburrida por la que habíamos llegado, deshaciendo nuestro camino por aquel desierto. Ya de vuelta, en Alice Springs nos topamos con la realidad actual de muchos aborígenes o, al menos, con la realidad que puede verse en las calles. La migración hacia las ciudades, las desigualdades sociales y la falta de oportunidades han hecho que muchos aborígenes sean hoy la viva imagen de la degradación social en Australia. Bastaba con dar un paseo por la ciudad para ver grupos de aborígenes indigentes y alcohólicos (el alcohol era una sustancia totalmente desconocida por la cultura aborigen), víctimas, quizás, de un sistema tan alejado de sus orígenes y su forma de vida que sus propios padres no hubiesen entendido.

Los paisajes del ‘Outback’ nos habían sorprendido igual que la fuerza y el misterio de un pueblo que se relacionaba con la tierra de la manera necesaria para sobrellevar las duras condiciones de vida en un desierto. También nos sorprendió ver a los descendientes directos de ese pueblo autodestruirse por culpa de un sistema que nada tenía que ver con ellos y que les fue impuesto y, lo que es peor, sin haber tenido la alternativa de seguir viviendo de la tierra y para la tierra, como lo venían haciendo desde hacía más de 45.000 años.

11 Respuestas a “Día 211 – El centro rojo

  1. Niños, que post más espectacular! Me ha dado la sensación de estar allí con esa magia especial y el peso de la historia. Y los camellos? No había oido nunca que había camellos en Australia? Marcial, seguro que no es un truquillo fotográfico tuyo? Un besote!

  2. os felicito impresionantes imagenes y comentarios de una realidad para mi desconocida de un supesto pais de primer mundo .
    saludos desde la Republica Oriental del Uruguay

  3. ¡ Enhorabuena una vez más por unas fotografías espectaculares ! Francamente impactantes, trasmiten una emoción especial. Besos.

  4. hola chicos que bueno saber de uds.aparte de las postales que son muy buenas,saca alguna de la gente tipica de los lugares.besos.hay quizas unos kilitos de mas.comen mucha comida chatarra.

  5. Hola Chicos:
    Me gusta mucho que divulguen la consideración que se tenía hacia los aborígenes. Tenía entendido que no es fácil fotografiarlos, no les gusta o consideran que a través de la foto les roban el espíritu.
    Espero aclaración.
    Besos
    MM

  6. hola!!espero la misma aclaración que Rosa. Gracias por las fotos y por el relato, como siempre estamos aprendiendo un montón. Marcial, aunque el desierto es totalmente diferente, en cierto modo me ha recordado al joshua tree park…maravilloso…..una curiosidad: qué dimensiones aproximadas (“altura y largura”!) tiene el Urulu?Muchos besos. Carol. PD: estáis muy guapos!!

  7. Preciosas fotos.
    Estuve en Australia pero esta zona no la ví.
    Os ha pillado el mal tiempo por ahí, dicen que ha llovido por ahí.
    Muy chulo el viaje y una buena experiencia.
    Amaia.

  8. Lo bueno de estar un tiempo sin poder visitaros, es que entras un día y tienes dos posts para leer. Genial.
    En una de las fotos del Kala Tjuta, Gaby parece un fantasma que se ha colado en foto; ¿o es una aborígen?
    Un abrazo,
    j.

    P.S: Bonita camiseta, Marcial. Todos los verdaderos fans tenemos una…

  9. Sandra, nada de trucos… Los camellos estaban allí. Nosotros también nos quedamos a cuadros.

    Gracias John, nos alegra que nos sigan desde Uruguay!

    Gracias Marcial Sr., jejeje! Besos!

    Tío Carlos, las fotos de las personas aquí eran difíciles ya que los Aborígenes, por lo general, no se dejan fotografiar… Lo de los kilos de más debe ser un efecto óptico o algo raro de las fotos, jajajaja!!!

    Gracias Vicky, mucho pelo sí. Ya está arreglado, jejeje!

    Rosa, exactamente. Así es, no les gusta que les fotografien. Un abrazo!

    Carol, sí recuerda al Joshua Tree NP, otro sitio espectacular (¡qué cielo estrellado!). Así de memoria el Uluru tiene unos 360 m. de altura y unos 9 de diámetro, 10 Kms de camino para rodearlo.

    Hola Amaia, mucha lluvia por el noroeste, sí. Un desastre… El centro fue lo que más nos gustó de Australia. Gracias por seguir ahí. Suerte y un abrazo!!!

    Jorge, por el color de la piel creo que es Gaby, jeje! Y la camiseta, ya sabes, internacionalizando al artista. Qué pena no poder ir al último concierto con todos vosotros. Un abrazo!

  10. Pingback: Atravesando Damaraland | Siempre hacia el oeste·

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