Día 208 – ‘The Great Ocean Road’

La carretera se perdía ante nosotros por interminables curvas que sorteaban acantilados, caían hasta llegar a largas playas de arenas doradas y se adentraban en perfumados bosques de eucaliptos. Por delante 243 kilómetros de la mítica ‘Great Ocean Road’, sólo 243 kilómetros en los que se podía, sobre el papel, descubrir la cuna del surf australiano, paisajes de postal que atraen a miles de visitantes cada año y la fauna autóctona más representativa de un país que es inabarcable en cuatro ruedas. Con tanta oferta en tan poco espacio no podíamos evitar descubrirla…

De Este a Oeste una de las primeras paradas es el pueblecito de Torquay, un lugar que si no hubiese sido por unos cuantos jóvenes pioneros del surf podría pasar inadvertido, excepción hecha de sus fantásticas playas. Allí nacieron dos de las marcas del mundo del surf más reconocidas a nivel mundial: ‘Quicksilver’ y ‘Rip Curl’. Ambas marcas nacieron en ese pueblecito en 1.969, con una pequeña inversión sus creadores empezaron a diseñar innovadores trajes de baño con cierres de velcro y de secado rápido. Hoy aquellos surfistas siguen viviendo en Torquay, en casas como las de cualquier otro hijo de vecino, pese a ser, de largo, los más ricos del lugar.

Hicimos noche en Torquay donde coincidimos con un australiano que vivía allí que se quedó encantado de encontrarse con nosotros… porque éramos españoles, todo sea dicho. Nos contó todas las aventuras de un viaje que hizo por España hacía ya unos años, recorriendo el sur para, después, regresar a Madrid pasando por Extremadura, Toledo y Segovia. Nada del otro mundo sino fuese porque el campeón lo hizo todo en bicicleta. Recordamos con él antiguos viajes que hicimos nosotros por el sur y nos acordamos del vino español que él seguía comprando en el mismo Torquay. ‘Me encanta rioja’ nos decía en su paupérrimo pero voluntarioso español.

A la mañana siguiente, a pocos kilómetros de Torquay siguiendo la carretera, llegamos a ‘Bells Beach’, la playa donde aquellos pioneros del surf empezaron a forjar su historia. ‘Bells Beach’ es hoy una de las playas más conocidas en el mundo del surf y en ella se celebra cada Semana Santa un campeonato internacional que congrega a las grandes estrellas del momento.

Bells beach (sin olas y sin surfistas...)

Siguiendo la carretera ‘siempre hacia el oeste’ la siguiente parada es el pueblo de Lorne donde sólo unos días después de nuestro paso por allí se celebraba una clásica competición conocida como el ‘Pier to pub’. Se trata de una carrera de natación en mar abierto en la que los participantes, saliendo desde el muelle, deben nadar hasta la costa, lidiar con las olas y llegar corriendo al Lorne Pub, en el centro del pueblo.

Seguimos nuestra ruta hacia Anglesea, donde nos habían dicho que, en el campo de golf, podríamos ver canguros salvajes. ¿Iba a ser tan fácil? A los pocos minutos aparcábamos aquel campo de golf pero ni un canguro a la vista… ¿sería una broma que les gastaban a los turistas? ‘¿Canguros?’ ‘¡Sí claro! ve al campo de golf, ¡jeje!’… Allí había unas cuantas familias comiendo, unos jubilados practicando su anquilosado ‘swing’ pero nada que fuese saltando de aquí para allá. Vamos para allá a ver… nada, quizás en ese green… ¡tampoco! Vamos a ver, pongamos un poco de orden. Ya hemos aprendido algunas cosas en este viaje y una de ellas es que los animales más famosos de cada lugar no se dejan ver tan fácilmente. Si estuviesen en todos los sitios no se habrían ganado esa fama… Normalmente, todos esos animalillos se dejan ver sólo al amanecer y al atardecer, cuando sus víctimas (o sea, su alimento) salen de sus madrigueras, escondrijos y demás… ahora es mediodía ¡Claro! Debíamos volver más tarde, cuando cayera el sol… Entonces veríamos los canguros. ‘Pero… un momento. El canguro es herbívoro, ¿no? Y aquí hay hierba todo el día…’ ‘Bueno, era una teoría válida. No nos pongamos ahora técnicos y cuando volvamos a pasar por Anglesea, a la vuelta, venimos al atardecer’.

Así, dejamos el avistaje de canguros para la vuelta y seguimos el camino. Tras sortear unos cuantos acantilados espectaculares la carretera abandonaba la costa para adentrarse por bosques de eucaliptos y por el impresionante bosque templado lluvioso del ‘Otway National Park’. El desvío que lleva al faro es otra fabulosa carretera en la que, de nuevo sólo en teoría, se podían encontrar con cierta facilidad koalas salvajes dormitando tranquilamente en las ramas. En temporada baja puede ser un poco peligroso conducir con la vista puesta en la copa de los árboles pero en pleno verano bastaba con parar donde había algún coche aparcado en la cuneta. A su alrededor estaban sus pasajeros mirando y señalando hacía arriba… y, sí, ahí estaba, ¡un koala!

Agarrados al tronco de un eucalipto descansaban, con los ojos cerrados y una mejilla apoyada en alguna rama, impertérritos ante la atenta mirada de los que allí se congregaban. Algún mínimo movimiento, o un rápido abrir y cerrar de ojos, descartaban la posibilidad de que estuviesen dormidos… Más bien parecía que estuviesen buscando ‘la posturita’, eso sí, con toda la calma del mundo…

Esa tarde llegamos a Princetown, puerta de entrada a un paisaje totalmente distinto al que la Great Ocean Road nos había ya acostumbrado. A partir de allí, la tierra, más llana y con mucha menos vegetación, se topaba con el océano en verticales acantilados de piedra caliza tallados al antojo de la fuerza descomunal de las olas. Dormimos en el camping donde, como nos ocurriera en Torquay, tuvimos una agradable charla con su dueño, un hombre entrado ya en los cincuenta que había sido surfista. Nos habló con añoranza de un viaje de varios meses que hizo por el País Vasco y el sur de Francia cuando era joven. Recordaba todos los pueblos en los que estuvo y playas en las que surfeó… que si Biarritz, que si Mundaka, Getaria, Saint Jean de Luz… Y es que a la gente de esta región le gusta tanto el surf que parecía que conocieran los países sólo por los lugares que tienen buenas olas para surfear. Bueno, todos parecían conocer también Barcelona, debía ser por las Olimpiadas…

Antes de que cayera el sol decidimos adelantarnos un poco y ver los primeros paisajes más allá de Princetown con la esperanza de tener un buen atardecer. La cosa no pintaba nada bien, ya que el cielo estaba muy cubierto, sólo algunos concienzudos rayos de luz osaban atravesar aquel mar de nubes que se extendía sobre nuestras cabezas.

Aún así, justo encima del horizonte que perfilaba el océano se abría una estrecha brecha entre el mar y las nubes por la que el sol tendría la oportunidad de lanzar sus últimos rayos del día. Recorrimos diferentes acantilados frente a los cuales se alzaban rocas que alcanzaban la altura en la que nosotros nos hallábamos, eran los reductos de lo que un día debieron ser cabos y puntas de la tierra firme.

El sol fue cayendo y, efectivamente, justo antes de ponerse y sólo durante unos escasos cinco minutos, iluminó las rocas que teníamos ante nosotros tornando los amarillentos tonos de sus calizas en un vivo color rojo y encendiendo aquel mar de nubes antes gris en amarillo primero, rojo después para acabar con el violeta y el azul más intenso…

Llegamos entonces al mirador de lo que se conoce como ‘Los Doce Apóstoles’ para acabar el día con una imagen que se nos quedó grabada, con aquellas rocas levemente iluminadas por las últimas luces que llegaban del Oeste donde, tras el océano, ya descansaba el sol.

El espectáculo podía ser incluso mejor al amanecer así que a las cinco y media de la mañana del día siguiente sonaba el despertador en nuestra tienda. Pese a que el cielo estaba aún más cubierto que el día anterior, Marcial se puso en pie y de vuelta al mirador casi en plena oscuridad… y es que si para ganar había que arriesgar ahí estaba nuestro órdago. Pero envidar a ese cielo era una batalla perdida. Ni un solo rayo de luz se coló entre la espesa capa de nubes que, además y a diferencia del día anterior, era una capa plana, gris, sin apenas formas.

‘Los Doce Apóstoles’ son un conjunto de rocas y agujas que se alzan frente a la costa fruto de la erosión causada por las olas. Es el punto más conocido de la costa de la Great Ocean Road y recibe cientos de visitantes cada día. Pero no siempre fue así. De hecho, originalmente, el lugar era llamado ‘The Sow and the Piglets’, o sea, ‘La cerda y los lechones’… La cerda era la roca más grande y los lechones las pequeñas rocas y agujas que la acompañan. Sin duda, un nombre que debió funcionar bien entre los granjeros oriundos de la zona pero no para vender al turismo. En los cincuenta alguien con un poco más de vista propuso cambiarle el nombre por el de ‘Los Doce Apóstoles’ con el objetivo de atraer más visitantes a la zona. Lo consiguió.

A pesar del nombre, solamente había nueve rocas, de las que hoy sólo quedan en pie seis de ellas. La misma erosión que se encargó de esculpir este peculiar paisaje sigue trabajando y con el paso del tiempo todas las agujas caerán, pero también se formarán nuevas. De hecho, a lo largo de toda la costa del Parque Nacional Port Campbell se ven formaciones rocosas que se encuentran en una fase u otra del ciclo erosivo: cuevas, arcos, agujas… y vuelta a empezar.

No cabe duda que las vistas de ‘Los Doce Apóstoles’ son espectaculares pero se ha convertido en el icono de la Great Ocean Road eclipsando otras zonas y formaciones rocosas que también son sorprendentes como el Lorch Ard, Los Mártires (otro buen intento de marketing turístico), The Grotto, y muchos otros lugares aparentemente sin nombre que pueden descubrirse apenas entrando en cualquier camino que se dirija hacia el mar desde la carretera.

Llegábamos al final de la carretera y nos dábamos la vuelta para deshacer el camino andado, sorprendiéndonos con lo diferentes que se veían según que zonas y paisajes sólo con cambiar el lado de la carretera. Paramos en lugares que, a la ida, habíamos pasado de largo viendo alguna que otra cascada, descubriendo otros pueblos, paseando a pies de algún faro…

Y no, no nos olvidamos de la cita que teníamos en el campo de golf de Anglesea. Esta vez, ya bien entrada la tarde volvimos allá y no era una broma, allí estaban los canguros comiendo tranquilamente. Comiendo hierba, sí.

Eran canguros salvajes que viven en los bosques cercanos al pueblo y que entran a las praderas del golf para alimentarse, pero sólo a primera hora de la mañana y última de la tarde. Quizás sea porque naturalmente esos son sus hábitos o, quizás, es porque han aprendido que durante el día es más probable recibir algún pelotazo y ya saben que las bolas de golf son bastante contundentes.

Abandonábamos el asfalto tras recorrer la carretera en sus dos sentidos. La Great Ocean Road había cumplido con todas las expectativas, incluidos koalas y canguros.

12 Respuestas a “Día 208 – ‘The Great Ocean Road’

  1. Hola:
    ¡¡Qué tranquilidad, al leer con calma que ya no hay 12 apóstoles, no hacía más que contar y tratar de descifrar en alguna foto los 12, … Eso pasa por la lectura en diagonal.

    Precioso y sim`pático reportaje, esos compañeros inesperados en el campo de golf son muy divertidos.
    Le mandé la foto a alguien conocido, muy aficionado. Si manda algún comentario, ya se los tranferiré.

    Muchos besos y hasta la próxima
    MM

  2. “Ando un poco perdida en lo que a geografía australiana se refiere”…..de dónde a dónde va la GOR?Yo pensaba que iba de norte a sur (o sur a norte) en la costa este…parece que no…valió la pena ese atardecer, qué bonito paisaje!la luz sobre las rocas…..seguid disgrutando del periplo, ya habéis disfrutado casi siete meses por el mundo!!Carol

  3. Qué booonittttooooooossss!!! Nadie se daría cuenta….si me envíais uno de koalas por mensajero, no???
    Las fotos, ESPECTACULARES!!!! cada capítulo da más envidia…..!!!
    ptnets!!!!!

  4. Qué chulo!! Pls, os sigo siempre ansiosa pero ahora sobre todo por Australia porque espero estar ahí 5 semanitas en un año y medio justo… jur jur así que necesitaré vuestras impresiones!!¡

    Por cierto, Los Doce Apóstoles tienen lo justito a envidiar a la playa de las catedrales en Galicia, ehh jeje

    Como siempre, las fotos increíbles. Y me ha encantado el canguro de la última foto… ;P

    Muaa

  5. ¡¡Qué envidia de ruta y qué chulas las fotos!! Sobre todo cuando uno lee el post con jersery y manga larga…
    Un abrazo,
    j.

    P.S: Marcial, anoche Quique nos dio recuerdos para ti… aunque para tu tranquilidad, que sepas que no tocó ‘Paloma’.

  6. Gracias a todos por los comentarios!!!

    Carol, va de Este a Oeste, desde el Sur de Melbourne!

    Marta, ya te hablaremos de Asutralia a la vuelta… jejeje!

    Jorge y Bea… Pinché en el concierto, me hubiese gustado estar allí, como siempre, jeje! A la vuelta, más. Un abrazo!

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