Día 312 – Prendados por las sonrisas

Llegamos al amanecer a Mandalay con el autobús nocturno. Dos motos nos llevaban hasta el hostel cuando Toto, uno de los –moto– taxistas señaló hacia un palacio y dijo ‘En ese lugar antes había tigres’. ‘¡¿Ah sí?!’ contestamos. ‘Sí, ahora hay 4.000 tigres aunque son un poco distintos a los de antes’. ‘Son los tigres del gobierno’ añadió mientras nos guiñaba un ojo. Se refería a los militares de la dictadura que actualmente viven en ese lugar. ‘Podéis visitarlo pagando 10 dólares cada uno, pero yo estoy seguro de que vosotros no queréis alimentar a esos tigres, ¿verdad?’ ‘No, claro que no. Pero Toto, ¿no es muy pronto para hablar de estas cosas?’

Mandalay, pese a haber sido antaño la capital del país y una ciudad fundada por el Rey Mindon, conserva poco del encanto de otros tiempos. No obstante, es el lugar perfecto para visitar las ciudades antiguas que la rodean como Amarapura y Sagain. En nuestro intento por no ‘alimentar a los tigres’ dejamos fuera la visita a Inwa, otra de las ciudades sagradas cuya visita exige el abono de 10 dólares… Quizá para una próxima visita y con otro régimen político.

Y aunque poco podemos salvar de la ciudad en sí, sus habitantes no han perdido la simpatía que, por ahora, hemos visto que caracteriza al pueblo birmano. Nuestra presencia despertaba el interés de los locales y éramos el blanco de todas las miradas. Igual que nos sucedió en Yangón, la gente en seguida nos saludaba con ‘¡Hellos!’ desde sus casas, locales o vehículos y se descojonaban y sorprendían en la misma medida cuando nosotros les contestábamos con un ‘¡Mingalaba!’ que, aunque en castellano suene un poco raro, es ‘hola’ en birmano.

Tras idas y venidas con taxistas y motoristas y de conseguir otros viajeros para economizar la visita a las ciudades sagradas nos subimos en el Mazda de Daubo, un taxista que llevaba la palabra honestidad grabada en la frente. La camioneta de 1.945 empezó lentamente a moverse por las viejas carreteras birmanas dejándonos ver, por primera vez, el Myanmar más rural y sencillo. En la parte trasera estábamos nosotros junto con un australiano, un alemán y una noruega. Sí, sí, un grupo de lo más internacional ¡oiga!


Tras media hora de trayecto que se nos pasó volando llegamos a Sagain, una villa rodeada de colinas con cientos de Pagodas con estupas doradas. La pagoda Soon Oo Ponya Shin, la más alta de todas, era nuestra primera parada desde donde podríamos ver todas las colinas, el Río Ayeyarwady y el puente de Inwa. Daubo conocía bien su papel y sabía que los extranjeros que cargan la mochila a la espalda no son los mismos que llegan al país en un tour organizado. Elegantemente, sin necesidad de hacer ningún comentario político, nos dejó en una entrada lateral, escondida, en la que no era necesario pagar el ticket de entrada que exige el gobierno para visitar esa pagoda.

Apenas habíamos subido unos pocos escalones de la larga escalera que llevaba a la pagoda cuando nos cruzamos con un joven que leía tranquilamente. En cuanto nos vio dejó la lectura y se apresuró a preguntarnos de qué país éramos. Tras largarle la lista de nuestros países de procedencia nos explicó que él estudiaba arquitectura y soñaba con poder visitar Europa, sobre todo Francia y España por dos profesores de esas nacionalidades que le habían dado clase.

Sin pedirlo se ofreció a acompañarnos en nuestro recorrido explicándonos los secretos de la pagoda, el significado de los símbolos y revelando los murales donde se explicaba la vida de Budha. Más adelante nos llevó por pequeños templos escondidos que jamás hubiésemos encontrado nosotros solos, pasando a través de unas cuevas que llevaban a pequeñas pagodas escondidas de los visitantes. Y entre ellas nos seguíamos cruzando con familias y niños que no paraban de saludarnos y preguntarnos de dónde éramos, siempre rodeados por sonrisas.

Durante el tiempo que nuestro improvisado guía estuvo con nosotros nos preguntamos discretamente si después de todo el paseo y la explicación nos pediría algo a cambio. Era inevitable pensarlo. No dudamos de la buena fe de la gente pero en otros lugares nos habíamos encontrado con situaciones similares un tanto embarazosas. Cuando llegó el momento de despedirnos nos intercambiamos los e-mails y no sólo no pidió nada sino que nos regaló una tosca piedra de rubí, que se extrae de las canteras de su pueblo, para que tuviéramos un recuerdo de su tierra.

Totalmente maravillados por la simpatía y amabilidad de los locales llegamos al lago Taung Thaman, donde cruzamos un viejo puente de madera de más de 200 años que con sus 1.600 metros de largo tiene el honor de ser el puente de teca más largo del mundo.

Al margen de los números, aquella básica estructura tenía un atractivo único, con decenas monjes que iban y venían, chicas que llevaban frutas en bandejas sobre sus cabezas, pescadores, niños en bicis, parejas de enamorados y hasta un par de señores que se ofrecían para leer en tus manos el futuro.

Al otro lado del puente una pequeña villa nos esperaba con más pagodas y estatuas de buda que casas. Los chicos que jugaban a fútbol en un descampado pararon el partido para saludarnos, las señoras invitaban a sus pequeños hijos a saludarnos con la mano ante su total estupefacción al vernos y los monjes nos seguían preguntando de dónde éramos… Barcelona, Messi y demás…

Regresamos a Mandalay y fuimos a cenar los cinco. Aún íbamos a tener otra oportunidad más de disfrutar de la generosidad de los birmanos. Acabamos cenando en un pequeño restaurant familiar, cantando al karaoke y celebrando con la familia y amigos el cumpleaños de la dueña del lugar. Nos pusimos hasta arriba de pastel y, cómo no, clavamos la ‘Macarena’ (lo único que había en castellano).

Como no nos desacostumbremos a todo esto, cuando estemos de vuelta en Barcelona ya nos vemos saliendo a la calle, saludando a todo el mundo y sonriendo por todos lados… Menudo chasco nos llevaremos.

Y eso es con lo que nos quedamos de Myanmar por encima de todo: con la gente y todo lo que nos está dando. Porque pese a todos los pesares, dictaduras, cortes eléctricos, pobreza y demás, los birmanos ya nos han ganado con sus sonrisas de corazón y su absoluta honestidad. Esa es la fuerza de este país de la que vamos a seguir disfrutando e intentando aprender.

11 Respuestas a “Día 312 – Prendados por las sonrisas

  1. Namaste chicos!!
    yo el chasco ya me lo lleve en Ámsterdam nada más llegar. Después de mi visita al Nepal, acostumbrada a que todo el mundo te saludara y fuera amable. En Dehli, por ejemplo, en el aeropuerto te saludaba todo el mundo, no solo los de las tiendas pq quisieran vender, todo el personal del aeropuerto, al entrar al baño, en Delhi, la señora me saludó, como pasé varias horas ahí, a la tercera vez, la mujer ya se me puso hablar de pq llevaba tantas horas ahí, que si había comido etc… En Ámsterdam, nada más pisar Europa, lo mismo, voy al baño, y en la puerta dos señores hablando, eran personal dl aeropuerto (igual que la señora en Delhi) les saludé, y ni se inmutaron de mi presencia al pasar, welcome al mundo desarrollado???? Really??

  2. Hola: ¡¡Qué hermosas las imágenes del puente. Todo parece de tiempos inmemoriales. Los colores de esos atardeceres tienen magia.
    Muchas gracias y muchos besos
    MM

  3. Está claro, por todo lo que contáis, que ha merecido la pena visitar este olvidado país. No puedo esperar a que llegueis y nos lo contéis todo (eso será imposible!) en persona!!
    Muchos besitos y disfrutad de las últimas semanas….Carol

  4. Hola chicos! Quizás os queda muy lejos Myanmar ya, pero acabo de descubrir este blog porque me llevo a mi padre la semana que viene. Os costó mucho encontrar a DAubo? Llevo un par de entradas leídas y me sorprende todas las experiencias auténticas qeu habeis tenido!
    moltes gràcies!

    • Hola! Ya estamos siguiendo vuestro blog! Nos encanta que lleves a tu padre a descubrir esa parte del mundo. Eso sí, se os hará corto. Así que si puedes quédate tu unas semanas o meses más! A Daubo (si no recuerdo mal) lo conocimos en la calle, cerca de nuestro hostel. Si no ha cambiado mucho los birmanos son muy cariñosos y honestos. Lo pasan mal por la dictadura pero se sobreponen siempre con una sonrisa.
      Si necesitas más información ya sabes donde estamos.
      Abrazos y suerte en vuestro viaje!

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