Día 270 – Una historia de Malasia desde Malaca a Kuala Lumpur

Las dos torres gemelas sobresalían del resto de edificios monopolizando el ‘skyline’ de la ciudad como pocos edificios logran en otras grandes urbes del mundo. Había caído la noche y todos los focos eran pocos para iluminar aquellas dos magníficas torres; estandarte y orgullo de lo que es Malasia, un país que, hasta hace relativamente poco, era sólo uno más de cuantos hay en el sudeste asiático.

Malasia nos recibía con su mejor carta de presentación y caímos en las cautivadoras redes de sus frescos centros comerciales, sus limpios parques, y sus modernos bares de moda. Estaba por ver si aquel apabullante despliegue de medios era sólo la careta de una ciudad que va de algo que no es o, si de verdad, todo aquello no era un farol para cautivar a los visitantes que visitaban las atracciones principales de la ciudad.

Jose Thomas y un poco de jazz en el ‘No black tie’

Kuala Lumpur nos recordaba mucho a Singapur. Con su minúsculo país vecino Malasia comparte gran parte de su historia, unas vidas paralelas que les llevaron a la convivencia de tres pueblos distintos y originariamente aislados como son los chinos, indios y malayos.

Eso sí, si Singapur tenía el mar, Kuala Lumpur tiene la selva. Pocas ciudades de su tamaño podrán presumir de la vegetación que aparece en cada rincón de la ciudad, incluso en las medianas de sus avenidas. Algunos de sus parques son literalmente trozos de selva. El cristal de los rascacielos parece camuflarse tras el verde de la jungla.

La jungla y el cristal

Siguiendo con la comparación, si la figura de Raffles fue la que cambió definitivamente el destino de Singapur, en el caso de Malasia hay que retroceder un poco más en el tiempo para comprender por qué es hoy el principal motor económico de la región, con una de las tasas de desempleo más bajas del mundo, eminentemente musulmán y donde los chinos tienen mucho poder.

Hay que remontarse hasta el S. XV, cuando el apetito de Europa por las especias era insaciable. Los proveedores exclusivos en aquella época eran los venecianos, que compraban las especias a comerciantes árabes que, a su vez, las compraban a comerciantes indios musulmanes que las traían de la ciudad de Malaca, un puerto al Oeste de la península malaya.

Fuente de Town Square, Malaca

Los portugueses fueron los primeros en decidirse a romper esa cadena. En 1.509 llegaron a Malaca donde alcanzaron acuerdos comerciales con el Sultán. Se encontraron con una población malaya a la que había llegado el Islam por medio de los mercaderes indios musulmanes, relegando el hinduismo y budismo reinante previamente a un segundo plano.

El Sultán, cediendo ante las presiones de los comerciantes indios que veían peligrar su monopolio comercial, atacó a los portugueses que encontraron, de esta forma, la excusa perfecta para contraatacar y hacerse con el control total de Malaca. El Sultán escapó estableciendo nuevos imperios al Norte y Sur. Pocos años más tarde, Lisboa ya había sustituido a Venecia como principal centro comercial de artículos orientales. El ansia de los portugueses por controlar el comercio y extender a la fuerza el cristianismo hizo que se ganaran muchos enemigos en los 130 años que controlaron Malaca.

Iglesia de Sao Paulo, erigida por los portugueses en Malaca

Tras esos años, los holandeses arrebataron la ciudad a los portugueses con la ayuda de los imperios expulsados anteriormente de Malaca, y, a diferencia de los lusos, éstos no llegaban a esas tierras movidos por la gloria de su nación ni en el nombre de ningún dios. El dios que les movía no era el de arriba sino uno más bien terrenal: el dinero. Mientras, los ingleses, que tampoco querían quedarse sin su parte del pastel, instalaban un puerto franco en Penang, al Norte y en Singapur, al Sur.

Habiendo dejado fuera de juego a los portugueses, las tensiones por el control del comercio fueron creciendo entre ingleses y holandeses… pero ‘Mister, look, nosotros somos gente civilizada. No vamos a llegar a las manos, aquí hay mercado para todos’. En 1.824 se firmó el acuerdo anglo-holandés que dividía la región en dos. Norte Sur. Indonesia para los holandeses y la península malaya y Singapur para los británicos. Y todos tan amigos.

El control del comercio en la península malaya por parte de los británicos era entonces total. A finales del S. XIX se sucedieron una serie de luchas dinásticas entre sultanes que afectaron negativamente al comercio. Los ingleses estaban allí por dinero no por política ni territorio pero la situación afectaba a sus intereses comerciales de tal manera que tuvieron que intervenir.

Pero lo que al principio parecía un problema le acabó dando a los ingleses un beneficio inesperado. Uno de los sultanes ofreció a los británicos la posibilidad de que nombraran a una suerte de asesor a cambio de que le garantizaran su puesto de Sultán; un asesor británico que tendría la última palabra en todos los asuntos políticos excepto en la religión y costumbres malayas, dos temas que poco importaban a los británicos. En la práctica el Sultán, por mantener su posición y su poder, había vendido su reino a los británicos, que pasaron a tener el control completo sobre todos los asuntos. Y como a nadie le amarga un dulce, los ingleses encantados, claro.

La ‘Malasia británica’ era entonces una colonia en toda regla. Se empezaron a construir carreteras, puertos, ferrocarriles… Los británicos dejaron a los malayos el trabajo en el campo y fomentaron la inmigración de chinos para trabajar en las minas de estaño, de los indios para explotar el caucho y de sijs para la policía. Los ingleses que llegaran a la colonia controlarían empresas privadas u ocuparían cargos públicos.

Las olas de inmigración fueron tan fuertes que los propios malayos se empezaban a sentir extraños en su propia casa. En 1.931 había más chinos que malayos en la península y empezaban a levantarse las primeras voces a favor de la independencia. Estas olas de inmigración promovidas por los británicos fueron el origen de lo que es hoy en día la realidad malasia. Era 1.941, acababa de estallar la segunda guerra mundial.

Los japoneses invadieron la península de malasia expulsando a los británicos en apenas un mes y medio. Los invasores gobernaron sin escrúpulos en todo el territorio desde Singapur, rebautizada por ellos como Syonan (Luz del Sur). El gobernador japonés encerró en la prisión de Changi a europeos, comunistas e intelectuales chinos. Miles de ellos murieron tras sólo una semana de encarcelamiento. La represión sobre la población fue de una brutalidad extrema, los japoneses gobernaban e imponían su cultura, idioma y religión sin ningún miramiento.

Tras el bombardeo americano en 1.945 sobre Nagasaki e Hiroshima, Japón se rindió y se retiró de la península. Los británicos volvían a Malasia, pero su imagen y reputación habían quedado muy tocadas al haber perdido tan rápidamente la península frente a los japoneses. ‘Well… yes, sorry. Ya saben, estos japoneses… Pero ya estamos de vuelta, ¿está todo bien por aquí, no?’ Como si nada. Lo intentaron pero sus días de dominio sobre aquellos territorios estaban contados tras no haber opuesto resistencia frente a la invasión nipona, dejando al pueblo abandonado a su suerte.

Empezaron unos años inciertos en los que los británicos intentaban convencer a los sultanes para alcanzar acuerdos que les mantuvieran a los dos en el poder, pero el pueblo ya estaba convencido de que la presencia inglesa no debía durar más. En 1.948 el nuevo partido comunista inició una guerra de guerrillas desde la selva contra los intereses británicos.

Doce años después de la retirada de los japoneses, tras múltiples intentos por controlar la situación, los británicos tuvieron que ceder y el 31 de agosto de 1.957 se declaraba la independencia de Malasia. Malayos, chinos e indios -probablemente unidos por primera vez- habían conseguido su objetivo principal. Ahora tenían que ponerse de acuerdo entre ellos y encontrar una solución formal para decidir cuál de los 9 sultanes que reinaban en diferentes regiones de la península y Norte de Borneo sería el Sultán de aquel país recién nacido.

A los sultanes se les contentó dándoles la solución de gobernar formalmente el país por turnos pero, sin un objetivo común, reconciliar a malayos, chinos e indios no iba a ser tan fácil. A mediados de los 60, los malayos poseían sólo el 2,5% de la riqueza del país. Indios y, sobre todo, chinos monopolizaban la riqueza. Tras varias elecciones generales, sangrientas revueltas e insurrecciones y graves enfrentamientos raciales, el gobierno entendió que la única salida era lograr la paridad económica entre chinos y malayos. De otra forma el país era un polvorín con una amenazante chispa que podría hacerlo estallar en cualquier momento. El gobierno empezó a firmar contratos con empresas de malayos, que podían acceder a préstamos a muy bajo interés; se envió a jóvenes malayos a estudiar al extranjero y se les dio participación en empresas mixtas con financiación gubernamental…

En 1.990, veinte años después, los malayos controlaban casi el 20 por ciento de la riqueza, pero lo más importante es que la pobreza se había reducido del 49 al 15 por ciento y que empezaba a florecer una clase media malaya inexistente hasta el momento. Con la igualdad entre etnias se sentaban las bases para el crecimiento económico, que vino reforzado por la explotación de recursos naturales muy codiciados como el petróleo o el gas. Se fijó una política para atraer inversores y empresas tecnológicas, se empezó a perfilar la Malasia de hoy en día; un país rico, aún por detrás de Singapur pero con mucho más recorrido gracias a sus recursos naturales.

Sin duda, aquella ciudad por la que paseábamos era la capital de un país asentado económicamente sobre unos cimientos sólidos. Conocíamos la parte malasia de Borneo y ahora la capital, aún nos quedaba por recorrer la península, pero la sensación de este lugar aparentemente rico, organizado y limpio era la de un país que no engañaba a nadie, sin trampa ni cartón.

Probablemente, el nivel económico del país es el motivo por el cual sentíamos algo extraño al principio. Algo faltaba… ‘Oye, ese taxista nos ha visto y no ha pitado’, ‘¿este de la esquina no nos quiere vender nada?’, ‘¿aquí nadie tiene un hermano, amigo, primo que tenga un restaurante, artesanías o lo que sea?’ raro, raro… hasta que te acostumbras. Nosotros cumplíamos a la perfección con el estereotipo de turista occidental pero en Malasia nadie nos ofrecía ni nos pedía nada, lo cual es un contraste fuerte si se compara con sus países vecinos.

Así empezábamos nuestra etapa por la Malasia peninsular. Si Kuala Lumpur nos había dejado un muy buen sabor de boca, por delante nos esperaban verdes plantaciones de té, playas de catálogo y selvas milenarias

Todo eso y, si cabe, algo más, en las próximas entregas.

9 Respuestas a “Día 270 – Una historia de Malasia desde Malaca a Kuala Lumpur

  1. Dicen que viajar es fabuloso para romper tópicos… ¿pero por qué no dicen nada de leer blogs? Yo que hasta ahora pensaba que Malasia era otro pobre país medio en guerra del sudeste asiático…
    Un abrazo,
    j.

  2. Yo también os voy siguiendo. Una manera diferente de viajar sin moverse del sitio. Ha sido una lección de historia interesante. Recuerdos a Marcial (padre) que sé que está por allí. Yo soy una compañera del catastro de Tarragona.

  3. muy bueno lo de uds.no solo nos deleitamos con los lugares,sino tambien con tus lecciones de historia,besos para ambos.

  4. Realmente interesante todo este reportaje. Y qué vista privilegiada para fotografiar las torres Petronas. Que por cierto son obra del arquitecto argentino César Pelli.

    Un gran abrazo
    Rosa

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