Día 243 – Bali

La ciudad era un hervidero. Decenas de personas subían y bajaban la calle para llegar al Ubud Palace, donde desde primera hora la gente trataba de conseguir un buen lugar para ver la ceremonia. Los coches, atascados, pitaban y las motos se abrían camino entre huecos por los que parecía imposible que pasaran. Nosotros caminábamos por las calles empedradas de Ubud intentando averiguar el por qué de tanto alboroto… En la oficina de turismo nos lo aclararon: ‘¿Pero no lo sabe?, hoy hay una cremación’.

Al dejar Tana Toraja, pensamos que también dejábamos en Sulawesi todo lo relacionado con la muerte. Pero no, por lo visto el destino aún nos tenía reservado algún otro ritual mortuorio por si no habíamos tenido suficiente. Esa mañana se celebraba en la ciudad una cremación conjunta de tres miembros de la familia real de Ubud. La noche anterior habíamos llegado allí y nos costó mucho encontrar alojamiento. No teníamos ni idea de que iba a haber una cremación pero allí había gente que había esperado varios días para poder asistir, otros habían planeado su visita a Ubud para que coincidiera con el evento. Sin querer habíamos dado en el clavo.

La ceremonia se inició en el Palacio de Ubud donde esperaban tres reproducciones gigantes de toros negros y tres altísimas torres imitando estructuras de templos hindús. Tanto los toros como las torres descansaban sobre una estructura entrelazada de gruesos troncos de bambú. Al mediodía, con un calor sofocante, los toros se pusieron en marcha llevados como si fuese un paso de Semana Santa por unos setenta hombres. Después les siguieron las tres torres, a hombros de otros tantos hombres acompañados por la música y los cantos de la procesión que los seguía. Cada una de las torres trasladaba un féretro y era comandada por un señor que, encaramado a la estructura, iba dando, a gritos, las instrucciones para su desplazamiento.

El esfuerzo de los hombres que llevaban las torres era brutal y se reflejaba claramente en su expresión. Debían recorrer un kilómetro desde el Palacio hasta un templo en las afueras de la ciudad transportando una torre cuya altura había hecho que, horas antes, decenas de operarios tuviesen que retirar el abundante cableado que cruza la calle de un lado a otro.

En aquel momento no sabíamos cuánto iba a durar todo aquello, ni cuál era la distancia que íbamos a recorrer, pero la gente nos adelantaba emocionada por la energía que desprendían aquellas personas. Esa sensación también se nos contagió y tratamos de seguir su ritmo. Finalmente, llegamos al templo siguiendo a la última torre donde los tres toros ya esperaban la llegada de los difuntos.

Charlando con la gente local que asistía a la ceremonia fuimos consiguiendo más información. Según la tradición, el féretro debe dar tres vueltas al toro antes de ser colocado en su interior. Así se hizo. Después, el ataúd se elevaba a pulso entre varios hasta la altura del toro cuyo lomo había sido agujereado para introducir el cuerpo. Sí, el cuerpo. Delante de todos los presentes, los ataúdes se abrían y se sacaba el cuerpo estirándolo hasta dejarlo colocado dentro del toro. La familia entregaba entonces todas las ofrendas que había recibido el difunto que se colocaban también en el interior de los toros. Finalmente, el altar se convierte en pira y se le prende fuego.

Según el hinduismo el cuerpo es sólo el caparazón que alberga el alma, que sigue el ciclo de reencarnación, vida y muerte.  En el momento de la muerte el alma no se libera del cuerpo hasta que éste no es destruido por completo. Por ese motivo, el fuego tiene un papel principal en los rituales funerarios hinduistas, ya que el cuerpo que albergaba el alma debe ser convertido en cenizas para romper cualquier vínculo terrenal y esperar de forma limpia a la reencarnación, en cualquier forma de vida.

Una vez más encontramos que allí no había tristeza ni llantos, sino alegría y colorido, afrontando la muerte de una forma extraña para nosotros, asumiendo que todo aquello era beneficioso para su ser querido y una etapa más de los viajes del alma. En el templo se habían congregado miles de personas para la ocasión: gente del pueblo, familia de los difuntos, turistas… y muchos vendedores ambulantes que ofrecían de todo. A veces parecía que aquello fuese más una feria que una cremación.

La inesperada ceremonia fue una buena carta de presentación de Indonesia para María, la prima de Marcial, que se unía a nuestro viaje por Indonesia por unas semanas. Por si no hubiésemos tenido suficiente con toda la música tradicional balinesa que oímos durante la cremación, el primer día de María en Indonesia terminó en un espectáculo de ‘Legong’, la danza tradicional balinesa, en el Palacio de Ubud.

Sí, nosotros también intentamos abrir así los ojos…

Así es como los balineses ven al demonio

Antes de abandonar Ubud no podíamos dejar de visitar el Monkey Forest Sanctuary, un templo habitado por macacos balineses grises de cola larga. Literalmente estos monos se han hecho los amos del lugar y no dudan en subir a la cabeza o espalda de los turistas cuando tienen la ocasión. No son agresivos, pero en el rato que pasamos allí se hicieron con las gafas de sol y una botella de agua de algún turista despistado.

Monas y moneques

Ummm, sí… rasca ahí… un poquito a la derecha… sí, ahí, ahí…

Tras nuestro encuentro con los macacos, volvimos al característico tráfico de Bali y a su señalización. Siguiendo las instrucciones de Laura, una amiga que había vivido en Bali, nos compramos un mapa, pero eso no evitó que nos perdiésemos al salir de Ubud. Conducir en Bali es un infierno. Llegar a un desvío señalizado es un milagro, ‘a la derecha, ¿no?’, ‘Sí, sí, a la derecha’… perfecto, giramos a la derecha y a quinientos metros se acaba la carretera en un cruce. ‘¿Derecha o izquierda?’ ‘¡y yo que sé!’ Al principio nos lo tomamos con humor. No parábamos de preguntar a algún local cada trescientos metros. Las indicaciones solían ser en inglés básico seguido de algún gesto. El problema es que el gesto no siempre coincidía con la indicación. La pobre víctima seleccionada se esforzaba ‘Yes mister, one kilometer and to the right’ mientras movía la mano señalando hacia la izquierda.

Mejor ser perseguido por un águila gigante que conducir por Bali

Siempre nos parecía más fiable seguir la indicación manual. Aún así no era extraño recorrer sólo veinte kilómetros en una hora. Finalmente, conseguimos llegar a Jatiluwih. En ese rato María ya se había acostumbrado a que en las carreteras indonesias las motos no cuentan, que para incorporarse a una calle o carretera no es necesario mirar, que donde debería haber dos carriles se forman cinco y a que en una moto pueden viajar de una a cuatro personas, sin contar bebés.

Empezamos a divisar las asombrosas y enormes terrazas de arrozales de ‘Jatiluwih’, una de las zonas productoras de arroz más importantes de Bali. El viaje había merecido la pena, los arrozales se extendían hasta donde llegaba nuestra vista, no nos extrañó que esta zona esté seleccionada para pasar a formar parte del Patrimonio de la Humanidad de UNESCO. Y es que si fuese por su pretencioso nombre ya debería estar en la lista desde hace tiempo, ‘Jatiluwih’ significa realmente maravilloso.

Continuamos por esa impresionante carretera hasta llegar al lago ‘Danau Bratan’, cuyas aguas bañan el templo hinduista budista ‘Pura Ulun Danu’. Este templo, construido en el  siglo XVII sobre pequeñas islas, está dedicado a la diosa de las aguas ‘Dewi Danu’. Periódicamente se llevan a cabo peregrinaciones y ceremonias para asegurar que los campesinos de Bali tengan agua suficiente para sus cosechas.

En este templo volvimos a ver algo que ya nos había llamado la atención en Kuta. En varias paredes del templo y en algunas estatuas, veíamos esculpidas esvásticas. Recordamos que Putu, nuestro instructor del curso de submarinismo, nos explicó que ése era un símbolo de la religión Dharma, actualmente en desuso, que significa revolución. Hitler lo adoptó como icono de sus ideales. Para nosotros era imposible olvidar la connotación que ese símbolo tiene actualmente tras el uso que hicieron los nazis y, aunque conocimos su origen, no podíamos evitar sorprendernos cada vez que lo veíamos.

Tras horas y horas de conductores suicidas, cremaciones, paisajes, bailes y templos, María empezó a exigir -muy justamente por cierto- un poquito de playa. Al fin y al cabo, ¿cómo podíamos llevar varios días en Bali sin ver una playa? Tras probar sin éxito las playas del sur, decidimos volver a la carretera para una apuesta segura: Padangbai, un pueblecito pesquero al este de la isla que conocimos en nuestro camino a Lombok y las islas Gili. Repetimos.

El templo de Tanah Lot

Repetimos pero descubrimos el tesoro que se escondía al otro lado de la bahía de Padangbai. Una cala que no habíamos podido ver en la anterior visita por las prisas. La llamada ‘Blue Lagoon’ era una pequeña bahía de aguas tranquilas, con uno de los fondos de coral más espectaculares que hemos visto hasta ahora.

Apuramos sumergiéndonos en aquellas aguas los últimos días en Bali antes de seguir descubriendo más islas de Indonesia.

Bali se nos había mostrado, al fin, con todas sus caras. Más allá del surf, las playas y la aglomeración del sur, la isla escondía mucha más cultura y naturaleza de la que cabría esperar a medida que se viaja hacia el norte. En ese camino hacia lo profundo de la isla, se empiezan a ver laderas más verdes, más y más templos y se cambia el humo de los coches y el ruido de las motos por el aroma a incienso y la tranquilidad de las calles.

Para Laura y David, por sus valiosas recomendaciones.

6 Respuestas a “Día 243 – Bali

  1. Grande, Bali!

    Muy buena esa foto del mono rascando a otro.

    Realmente estáis teniendo suerte, eh? Habéis podido asistir a un entierro en Tana Toraja y a un funeral-cremación de miembros de la familia real en Bali. Eso no pasa cada día!

    Ala, a seguir disfrutando y cuidado con las águilas gigantes, que tienen pinta de peligrosas.

    Y recuerdos a María!

    Besos

  2. Hola:Ya estoy ensayando la mirada de la bailarina balinesa, y preparate Gaby, te miraré a la mañana temprano, para arrancarte de los brazos del sueño.
    Ja, ja,….te lo imaginás?
    Besos

  3. De nuevo, felicidades por las fotos!! Y qué curioso lo de la esvástica; ahora bien, “¿religión Dharma?” Cuánto daño ha hecho ‘Lost’…
    Un abrazo,
    j.

  4. Yo creia que Bali seria una isla bonita para ir a tomar el sol y hacer surf pero fue mucho mas que eso. Los templos, la gente y las ceremonias me fascinaron muchisimo. Gracias por todos esos momentos primos.
    Bacioni

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