Día 130 – Puerto Deseado

Puerto Deseado tenía todo lo que se podía esperar de una población patagónica: casas bajas dispuestas en cuadrícula, una base militar, una estación de ferrocarril abandonada y un puerto pesquero. El paisaje que la rodeaba también: interminables llanuras pobladas de pequeños arbustos, desolación y mucho, mucho viento.

Demasiado viento como para salir al mar, decían en el pueblo. La cosa pintaba mal teniendo en cuenta que nos habíamos desviado unos cientos de kilómetros de nuestra ruta para ir a una isla. La única que alberga una colonia estable de pingüinos de penacho amarillo cerca del continente. Quizás a algunos os suenen por la película ‘Surf’s up’, idónea, por cierto, para domingos aburridos y lluviosos.

Así, obligados a permanecer en tierra más de lo previsto, tuvimos, al menos, la oportunidad de conocer el resto de atractivos del pueblo. El principal, su ría; una lengua de agua que entra 45kms. en el continente repleta de fauna autóctona. También su antigua Estación de Ferrocarril, que cerró en 1.978 y quedó abandonada. Durante los últimos años, los propios ferroviarios del pueblo, ante el estado de degradación del interior del edificio decidieron, por su cuenta, restaurar la estación y crear un museo. Lo lograron y hoy puede visitarse de forma gratuita y, probablemente, ser recibido por los propios ferroviarios que juegan su partida al dominó en el antiguo bar. Luego, uno puede entretenerse tratando de reconocerlos en las decenas de fotos del museo. Después del Museo del Ferrocarril aún nos quedaba, afortunadamente, otro museo en Deseado en el que pueden encontrarse restos recuperados de la Goleta HMS Swift, de la armada británica, que embarrancó y naufragó en la ría en 1.770.

La Estación de Ferrocarril de Puerto Deseado, hoy 'Museo del Ferrocarril'

Hecho todo lo anterior, las actividades empezaban a reducirse a simples paseos para pasar el rato mientras el viento parecía no estar dispuesto a dar ningún tipo de tregua. Tras dos días y medio en tierra nada hacía prever que pudiéramos salir a la isla. Pero, después de todo, no nos íbamos a rendir por un par de malos partes meteorológicos, ¿no?

¿Quedarnos un día más aún a riesgo de tener que pasar todo el tiempo en el hostal y perder más días para recorrer el sur? Mmmhhh… bien, bueno, sí, nos podríamos ir el sábado a última hora o el domingo a primerísima. Tras tomar la decisión y haber perdido ya el último autobús que nos devolvería a nuestra ruta, la radio local alertaba que todas las actividades municipales del fin de semana previstas para el inicio de la temporada turística quedaban canceladas por pronóstico de mal tiempo y, como no, de fuertes vientos. Tocado y hundido.

Tras ese jarro de agua fría volvíamos a hablar con Ricardo, quien nos iba a llevar a la isla al día siguiente. Todo seguía en pie, ‘a las 8 en el muelle’ dijo. Así, si la autoridad lo permitía y, sobre todo, si el tiempo no lo impedía parecía que iba a llegar, por fin, el gran día.

Y llegó. El día amaneció con un poco de bruma pero despejado y ninguna de las banderas que vimos camino al muelle se atrevieron siquiera a ondear un poco. En pocos minutos, ya estábamos embarcados en la gran ‘zodiac’ amarilla de Ricardo para recorrer los 25kms. que nos separaban de la Isla Pingüino. En la propia ría nos encontramos con algunos delfines australes, lobos marinos y varias aves.

Cuando la ‘zodiac’ dejó atrás la ría para entrar a mar abierto todo cambió por completo. Empezó a soplar un fuerte viento y los borregos que formaban las olas del océano con su espuma se multiplicaron en pocos minutos. Aún así, seguimos adelante, acomodándonos como podíamos tras cada planchazo que el barco daba al golpear el agua entre ola y ola, mientras empezábamos, irremediablemente, a empaparnos de arriba a abajo. En unos 45 minutos llegábamos a un pequeño islote repleto de lobos marinos. El tipo de embarcación y la pericia de Ricardo permitieron acercarnos más de lo que nunca antes lo habíamos hecho a estos curiosos animales, que pasan esta época del año apareándose en estas costas.

Quince minutos más tarde poníamos pie de nuevo en tierra, al fin, en unas rocas de la Isla Pingüino. La isla es un lugar sin más infraestructura que un panel informativo de madera, un faro abandonado y restos de una pequeña factoría de caza de lobos marinos que permaneció en funcionamiento hasta principios del siglo XIX. Era el escenario perfecto para pasear rodeados de naturaleza.

Nos bastó caminar apenas unos metros hacia el interior de la pequeña isla para encontramos una colonia de pingüinos magallánicos en plena actividad, preparando nidos e incubando los huevos de las crías que nacerán en pocos días. Se debía caminar con cuidado porque había nidos en cualquier lugar, incluso en las sendas apenas marcadas por los pasos de anteriores visitantes.

Si bien todos los pingüinos son bastante simpáticos, los magallánicos son un poco asustadizos. Si uno intenta aproximarse a ellos probablemente los ahuyentará y, si el pingüino está incubando huevos (macho y hembra se turnan), empezará a mover la cabeza de un lado a otro, amenazante, o soltará un buen graznido.

Al otro lado de la isla, pasando el antiguo faro, llegamos a la colonia de pingüinos de penacho amarillo, que, a partir de septiembre, pasan en tierra unos dos o tres meses para reproducirse.

Al contrario de lo que sucedía con los magallánicos, estos otros son mucho más amigables y, salvo que nos acercamos a menos de un metro, tienen ‘buena onda’ como dicen por estos lares.

Recorrimos la colonia durante una hora aproximadamente y, si bien al principio todos parecen iguales, luego uno empieza a verles hasta personalidad… por la expresión de la cara, por cómo se mueven y se relacionan con otros, por su tamaño… El hecho de que no hablen (sí, intentamos comunicarnos con ellos y no obtuvimos respuesta) no les permitía ser tan divertidos como los de la película pero, de verdad, incluso sin habla no se quedaban atrás.

... "Uy! pero, ¿¡qué me dices!?" (entre ellos sí que hablan...)

Tras recorrer la isla durante unas cinco horas volvíamos al barco y nos acordamos entonces del viento. Del viento y de las grandes olas que teníamos delante. Tras unos cuantos saltos ya hasta disfrutábamos de la montaña rusa en la que se había convertido la ‘zodiac’. A mitad de camino vimos albatros y más delfines. Delfines australes y otros blancos y negros, llamados toninas overas, que nos acompañaron durante varios minutos cruzando por debajo de la lancha de un lado al otro, saltando incansablemente rozando la proa del barco con una agilidad asombrosa y, lo mejor, haciéndonos olvidar del viento y el frío de la tarde.

Nos alegramos de habernos quedado más de lo previsto. Esta vez la apuesta fue ganadora y había valido la pena la espera y el aburrimiento. Ricardo se despidió de nosotros diciéndonos que las actividades municipales se cancelaron porque los del pueblo no querían trabajar y que el parte en el que él más confía decía que iba a ser un buen día.

Lo fue.

8 Respuestas a “Día 130 – Puerto Deseado

  1. Genial este post, gracias por hacernos viajar con los textos y las estupendas fotos. Hacen mejores los días. ¡Seguid disfrutando!
    Saludos,
    Isabel (M.G.)
    Nota: Gracias también por el apunte de cine, quizá hoy alquile esa “peli”, buscaba una de ese tipo para esta noche… :-)

  2. Muy bueno lo de la personalidad de los pingüinos… la que les falta a muchos políticos…( perdón por la licencia pero es que estamos en plena campaña electoral ).

  3. Chicos, sin palabras. Increíble. Cada día os superáis más. Gabi, el otro día tu papi me dijo que al ver vuestro post pensó ¿Pq no lo hice cuándo fui joven?. Que suerte la vuestra que nunca os tendréis que lamentar de no haberlo hecho. Besos

  4. Con los ojos empañados hoy desde un cibercafé…y casi de nuevo sin palabras. ¡Qué viaje tan increible! Algunas de las fotos me parecen irreales. FANTÁSTICO. Muchos besos a los dos!

  5. Puerto Deseado….”deseando” estábamos Alex y una servidora que llegara este post, después de la larga conversación sobre pinguinos de penache amarillo en Skype…recuerdas??y no, no nos hemos olvidado del tema de Gaby, la bicicleta, y la habilidad para levantar su “culito” del asiento””jajajaj….y tampoco nos hemos olvidado de la apuesta!bueno, que, qué pasó…lo consiguió Gaby?UN BESITO. preciosas las fotos, sí valía la pena lo de los pingüinos….

  6. Cuando he leído esto, me he asustado: “La cosa pintaba mal teniendo en cuenta que nos habíamos desviado unos cientos de kilómetros de nuestra ruta para ir a una isla. La única que alberga una colonia estable de pingüinos de penacho amarillo cerca del continente.” La naturaleza y yo no congeniamos mucho…
    Pero luego he de reconocer que ha valido la pena. ¡Qué gran foto la de los pingüinos cotilleando!
    Un abrazo,
    j.

  7. hermosas las fotografias y no esperaba menos de ud.que la perceberancia del dicho siempre que llovio paro.el viento alguna vz pararia un beso y los acompañamos siempre
    .

  8. Isabel, gracias por seguirnos, nos alegra que nuestro blog haga que los días sean mejores. Por cierto, ya nos dirás que tal la peli.

    Marcial SR, a ver qué tal nos va con el nuevo pingüino. Un abrazo

    Sandra, completamente de acuerdo, es una experiencia que solo se vive una vez y hay que lanzarse sin miedo. Lo difícil es tomar la decisión, todo lo demás viene rodado.

    Vero, gracias por tu comentario. Fue una excursión muy especial y algunos de los pingüinos parecían posar para nosotros.

    Carol, finalmente no alquilamos la bici, así que mi aprendizaje tendrá que esperar a la próxima oportunidad. Pero vosotros no tenéis porque hacerlo! jajaja

    Jorge, valió la pena el desvío y la espera. Nos sorprendió mucho todo lo que vimos! Un abrazo

    Tío Carlos, lo bueno se hace esperar y eso fue lo que pasó en P. Deseado. Muchas gracias por recomendarnos ese desvío en el viaje! Besos

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