Día 332 – El valle de Kathmandu

Dejábamos atrás una etapa más. En Myanmar nos despedíamos del sudeste asiático tras más de cuatro meses de periplo. Habíamos aterrizado en Kathmandu, Nepal, donde nos esperaban Martina y Sergio, viejos conocidos de Indonesia y Laos, y Montse, una amiga de Barcelona.

Con ellos empezamos a descubrir un país nuevo que era muy diferente a lo que habíamos visto y vivido en el sudeste asiático. Las vacas ya no pacían tranquilamente en los campos, sino que deambulaban a sus anchas por las calles cortando el tráfico, ya casi impasibles ante los desesperados bocinazos de los vehículos. Las calles llenas de basura, barro y excrementos de vaca no lograban ensuciar los elegantes y coloridos vestidos de las mujeres, mientras los hombres, por lo general, vestían mucho más desaliñados y sucios.

Y en las caras de esos hombres y mujeres era difícil encontrar un rasgo común del nepalí. En Nepal conviven más de cien etnias diferentes además de un gran número de refugiados tibetanos que huyeron de la invasión China a su país. Normalmente, las diferentes etnias se agrupan en diferentes partes del país, los sherpas por aquí, los newaris por allá, los tamang más allá… cada una, además, con su propio idioma (más de 70 en todo Nepal). Todos estos grupos étnicos convivieron en el mismo territorio aunque en profundos aislamientos, debido a la agreste geografía del país, por donde cruza la cordillera del Himalaya dejando numerosos valles con accesos muy difíciles o imposibles durante los meses más fríos del año.

Con la llegada de las carreteras, los autobuses, los turistas y el acondicionamiento de los caminos, las distancias se acortaron y la capital empezó a recibir población rural. Las calles de Kathmandu eran una mezcla de diferentes etnias.

Caminamos por el barrio turístico de Thamel rodeados de tiendas de trekking con material de imitación, por las mismas calles que recibieron en los años sesenta a los hippies que visitaban el país para dedicarse a la meditación y buscar los orígenes de Siddartha Buddha, el rey que tras recibir la iluminación se convirtió en Buda. Algunos de ellos se quedaron, aunque ese espíritu hoy se ha perdido casi por completo.

Pronto descubrimos que Kathmandu no era sólo Thamel y que, además, lo más interesante no se hallaba en la ciudad sino en sus alrededores, en el verde valle que la rodea, en pequeños pueblos donde aún sigue muy viva la vida rural y religiosa. Ese fue el primer contacto con el Nepal de verdad, no con el de imitación.

A pocos kilómetros del centro encontramos la pagoda de Boudanath que es la estupa budista más grande del mundo, hoy rodeada por casas, bares y hostales que se disponen en círculo a su alrededor. Y, aunque su tamaño impone, lo que más nos sorprendió fueron los enormes ojos de Buda dibujados en los cuatro costados de la estupa, rasgo característico en las estupas nepalíes, que parecían escrutar todo lo que sucede en la concurrida plaza.

Boudanath y su estupa nacieron en un cruce de caminos en medio de una de las principales rutas comerciales entre India y Tíbet. Los comerciantes y antiguos transportistas paraban en Boudanath para rezar. Los que se dirigían al Norte solicitaban la ayuda de Buda para cruzar los altos pasos del Himalaya y los que viajaban al Sur desde Tíbet podían darle las gracias tras el penoso camino por las montañas.

Sergio... too sexy for my shirt!!!

Hoy siguen acudiendo a Boudanath cientos de peregrinos a diario. En el sentido de las agujas del reloj rodeaban la estupa varias veces haciendo girar a su paso unos cilindros gravados con diversas oraciones. Otros rezaban de pie frente a unas plataformas de madera que utilizaban para deslizarse hasta estirarse totalmente sobre ellas una y otra vez.

Siguiendo el recorrido por el valle llegamos a Patan y, después, a Bhaktapur, dos antiguas ciudades-estado newaris. En las dos destacan sus plazas, sobre todo, la plaza Durbar de cada una de ellas donde se encuentran los antiguos palacios reales, y diversos templos en forma de pagodas con varias techumbres siempre con vigas de madera, algunas puertas de oro y muchos ladrillos rojos.

Aunque lo verdaderamente atractivo de esos pueblos, en especial de Bhaktapur, es la vida rural que se desarrolla en sus estrechas calles. La carretera que une Kathmandu con Bhaktapur se construyó en 1.966, hasta entonces se llegaba hasta allá a pie. Bhaktapur está sólo a 14 kilómetros de la capital pero vivió tan aislada y fue tan autosuficiente que aún hoy se habla allí un idioma distinto al nepalí de Kathmandu y sigue habiendo muchos ancianos newaris que no entienden el nepalí.

Ese aislamiento ha hecho que perderse hoy por sus callejones se convierta en un viaje al pasado, casi a la edad media.

Dentro de cada casa hay un patio recogido con un pozo en el centro donde los vecinos se abastecen de agua o hacen la colada. En cada plaza, por pequeña que sea, siempre hay un hueco para secar el grano o mujeres trabajando separando el grano de la paja. Más allá la calle desemboca en una plaza más amplia con un foso central que alberga una fuente donde la gente hace cola para llenar sus garrafas y cántaros de agua. Y, al final de otra calle, donde parece humear el suelo, encontramos un horno donde los alfareros cuecen sus vasijas de barro.

Y entre esos tonos rojizos del ladrillo, el dorado del trigo y el gris de la piedra los saris de las señoras destacaban con todo su colorido. Verde, amarillo, azul, naranja. Colores vivos y siempre impolutos pese al polvo y el barro de las calles.

De verdad, perdidos en aquellas callejuelas y plazas aisladas del ruido del tráfico, no hacía falta esforzarse mucho para trasladarse atrás en el tiempo y disfrutar de lo que ofrecía cada esquina, cada negocio con la puerta abierta, cada patio, cada artesano.

Sentados en una callejuela cualquiera veíamos la vida pasar, la cabra, la señora con el cántaro, el grano al sol, la vaca que duerme y el viejecito cargando unas verduras a la espalda… hasta que algún maldito móvil se colaba en la escena con su estridente melodía devolviéndonos a la absurda realidad de nuestro tiempo.

No iba a ser todo tan perfecto, ¿verdad?

5 Respuestas a “Día 332 – El valle de Kathmandu

  1. Que bueno chicos!! desgraciadamente las vacaciones se olvidan rápido sumergida en esta vida de locos de nuestra realidad diaria!
    Pero vuestro post me ha permitido dejar volar la imaginación a ese viaje maravilloso de nuevo! DISFRUTAR A TOPE!! Nos vemos muy pronto que ganas!! Tengo ganas de ver las fotos del trekking y sobretodo de la cordillera del Himalaya, que bastante nos costó ver sus picos. A mi me costó, además, dos sanguijuelas!! Por suerte iba con vosotros, unos cuidados médicos de profesional ;-)
    un fuerte abrazo!! Recuerdos a Martina y Sergio tengo ganas que me cuenten su super trekking!!

  2. Realmente, es todo un viaje en el tiempo.
    Otro sitio que me gustaría visitar. Y ya van…

    Veo que os habéis adentrado en la ruta del color, porque luego viene la India!!
    Aunque de momento recibiremos con agrado nuevos posts sobre Nepal.

    Abrazos, ya veraniegos, a unas horas de la nit de Sant Joan!!!

  3. me encantan las fotos!!!
    La de las parejitas, las niñasm la chica con la botella de agua, la anciana de rojo, los templos…ais todas todas!
    Yo estoy planeando un viaje a Katmandu y Pokhara asi que…pronto tendré fotos de esas…vividas por mi!! que ganas!! :-)))))))

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