Día 175 – Milford Sound

Dejábamos atrás los altos picos de los Alpes del Sur, corriendo en paralelo a la costa oeste por la carretera que parecía buscar un paso entre las montañas para llevarnos al otro lado de la cordillera. A la altura de Haast el camino, por fin, giraba hacia el interior entre valles cada vez más profundos, de abundante vegetación.

Una visita matutina

Unas horas más tarde nos hallábamos en el punto más alto del recorrido, el ‘Haast Pass’, y empezábamos el descenso dejando a la izquierda el Lago Wahea y a la derecha el Wanaka. La profusa vegetación que nos acompañó desde la costa empezaba a desaparecer.

Llegamos a Wanaka, puerta principal de entrada al Mt. Aspiring National Park y pudimos ver el pico que lo corona y le da nombre su curioso nombre, el Mount Aspiring, de 3.035 metros de altura. Por desgracia nuestro paso por Wanaka y por la aún más meridional Queenstown fue efímero. Nuestro objetivo era otro y se hallaba aún más al Sur.

Efectivamente. Debíamos continuar para alcanzar alguno de los profundos fiordos de origen glacial que penetran en las escarpadas costas del Sudoeste de la Isla Sur. Un paisaje único con parajes remotos y aislados; para muchos, un lugar casi místico.

Al día siguiente amanecimos al alba y, por primera vez, abandonábamos el camping antes que nadie. Con Bob aún algo frío reemprendíamos nuestro camino hacia el Sudoeste, internándonos en otro Parque Nacional, el Fiordland N.P. La carretera 94 era una maravilla. Cada ciertos kilómetros el paisaje te sorprendía con algo nuevo: Que si las paredes verticales de una montaña, que si una llanura amarilla que se topa con los últimos resquicios montañosos de los Alpes, que si un lago, que si un campo repleto de lilas, que si un bosque… y ¡cómo no! decenas de caminos marcados  empezando a un lado y otro de la carretera para recorrer, algunos en tan sólo diez minutos, otros en varios días. Parecía que todo perdía su factor sorpresa, ¿qué más iba a venir después que nos pudiera asombrar?

Tras cubrir 114 kilómetros de la ruta 94 en unas dos horas y media llegábamos a nuestro destino, el pequeño pueblo (si se le puede llamar así a un aparcamiento y a un embarcadero) de Milford Sound, en el final de uno de los fiordos más profundos del país. Milford tiene la ventaja y la desventaja de ser el único entre las decenas de fiordos que hay al que se puede llegar por carretera. Así, lo difícil no es llegar sino sentir que uno se halla en una de las regiones más aisladas del país cuando a media mañana ve llegar por la carretera una caravana de autobuses atestados de turistas.

Pero el dormir cerca de Milford (algo no muy fácil por cierto) permitía salir a navegar por el fiordo por la tarde cuando las hordas de turistas ya habían desaparecido y las empresas de navegación ofertaban sus últimos servicios del día a un precio, además, más reducido. Nos hicimos con uno de esos billetes y esa misma tarde embarcamos en un pequeño barco con sólo unas cuantas personas más.

El barco zarpó vigilado a babor por el impresionante y fotogénico ‘Mitre Peak’ que se alzaba hasta alcanzar 1.692 metros sobre el nivel del mar en el que nos hallábamos. Navegábamos entre aguas oscuras, rodeados por paredes casi verticales talladas durante miles de años por la fuerza de desaparecidos glaciares. Paredes en las que, incomprensiblemente, crecían ya no solo matas o arbustos sino árboles de considerable envergadura.

Mitre Peak

 

El viento soplaba con fuerza irritando la superficie del agua y, al encontrarse con las paredes del fiordo, las remontaba con violencia impidiendo, incluso, que las aguas de algunas cascadas siguieran su curso hacia abajo empujándolas de nuevo hacia arriba en un efecto que jamás antes habíamos visto en ningún otro lugar.

Veíamos algunos barcos de dos pisos al otro lado del fiordo. La comparación de las embarcaciones con la grandeza de las montañas que flanqueaban el fiordo los dejaba en ridículo. ¡Daba igual cuanta gente llegara a Milford en un solo día! Una vez en el agua, ante la vasta dimensión de la naturaleza todo lo demás parecía diminuto.

A ver quién encuentra el barco...

Seguimos avanzando y vimos tramos de paredes de roca gris rodeadas de bosques a un lado y a otro repletas en su base de piedras, tierra y troncos podridos. Eran el resultado de lo que aquí se conoce como avalanchas de árboles. Dada la verticalidad de las paredes y el poco espesor del suelo en el que los árboles se arraigan, tras una intensa nevada o lluvia algunos árboles se desprenden arrastrando tras de ellos todo cuanto encuentran. En un abrir y cerrar de ojos, una ladera cubierta por un bosque puede convertirse en una pared lisa y gris.

El resultado de una de esas avalanchas

Tras más de una hora de navegación llegábamos al final del fiordo adentrándonos tímidamente en el temido Mar de Tasman que ese día, al contrario de lo que sucedía en el interior del fiordo, era una balsa de aceite.

Empezamos a regresar hacia el puerto aproximándonos a nuevas cascadas siempre acompañadas de sus inseparables arco iris acabando empapados en algunas de ellas. Seguíamos impresionados ante la magnitud de las paredes que nos rodeaban, sobre todo, cuando algún barco que pasaba cerca de ellas daba cuenta de su verdadera proporción.

Busquen el barquito...

Así, tras dos horas y media de recorrido llegábamos de nuevo al puerto, escoltados por una decena de delfines que saltaban en la proa del barco.

 

Allí nos recibieron en mayor número, si cabía, unos bichejos de los que hasta ahora no habíamos hablado: las ‘sandflies’ (en castellano ‘jején’). Podríamos decir que estas moscas son el insecto más incómodo, estúpido y desconcertante con el que nos hemos topado hasta ahora. En menos de un minuto pueden revolotear a tu alrededor decenas de ellas sin ningún respeto por tus narices, oídos, o boca. No sabemos si es que no tenían ningún tipo de inteligencia o si simplemente eran unos insectos de tendencias suicidas o masoquistas… tras recibir manotazos y ataques directos con el antimosquitos, siguen ahí, a tu alrededor, multiplicándose. Las oyes revolotear al lado de tus orejas hasta que alguna se mete en tu oído, otra se choca con tu pestaña, otra se posa en tus labios… y te desquician. Lo probamos todo. Corrimos, nos bañamos en antimosquitos, nos defendimos a manotazos salvajes, fumamos en cuanto se nos acercaban (un tal Ian McKellen así lo recomendaba en la Lonely Planet…) pero no había manera…

 

Al atardecer, Marcial regresó desde el camping donde pasaríamos la noche hasta Milford para fotografiar de nuevo su paisaje. No duró ni quince minutos y regresó sin poder ver el imponente fiordo y el Mitre Peak con la mejor luz del día. Aquellas malditas moscas picadoras agotan la paciencia de cualquiera. Al día siguiente, hartos de aquella ingrata compañía, partimos a primera hora aplastando con toda nuestra ira cada una de las osadas –o estúpidas– moscas que se habían colado en nuestro coche.

 

Eso sí, esa tarde Marcial aprendió que cuando sopla el viento las ‘sandflies’ desaparecen por completo… Así que ya saben, si alguna vez visitan Milford intenten no hacerlo en verano y, si es así, recen para que sople el viento.

10 Respuestas a “Día 175 – Milford Sound

  1. ¡¡Joder, he alucinado con este sitio!!! No lo conocía de nada…
    Algunas fotos parecen hasta trucadas. Y las de los ‘mini-barcos’ son espectaculares.
    Un abrazo,
    j.

    P.S: ¡¡Al paredón con las ‘sandflies’!!

  2. Hola Chicos:
    Descubrí los barquitos, je je… ya lo sabían.

    Los jejenes o “sandflies” mucho más chiquitos que una mosca, son realmente insoportables. Yo los recuerdo de Misiones, Santo Domingo, allí me sorprendieron en una playa desierta, a las 11 de la mañana y sin repelente, me liquidaron. No me extraña que la decisión de Marcial, su cámara y su pasión por las mejores luces, no fueran suficientes.

    De todos modos lo que nos han mostrado es grandioso.

    Gracias chicos y hasta la próxima

    MM

  3. Hola pareja! reconozco estar haciendo un intensivo del blog…y de nuevo me quedo con pocas palabras y unas cuántas lágrimas. Esto es vivir la vida con intensidad..siendo consciente del paso de los minutos…y lo demás, son tonterías!
    Leo y releo y aún así me quedo con la impresión de que debería volver atrás…repasar algunos de los posts…recordar alguna de las imágenes, intentar sacar el máximo provecho de vuestro viaje y momentáneamente…ser capaz de vivir algo de todo esto con vosotros.
    os quiero V

  4. Yo no encuentro el barquito de la primera de las dos fotos…

    Como siempre, las imágenes de vuestros días son increíbles. Todo parece sacado de un capítulo del Señor de los Anillos, ehh es espectacular, y tan desconocido!!!

    Mierda de mosquitos… ha estado tan bien explicado que casi siento como me picaban a mi! jeje

    Besotes,
    Marta.

  5. gracias otra vez por compartir vuestro viaje con vosotros…las fotos como siempre impresionantes (me repito demasiado??)…lo más reconfortante es que lo estéis pasando tan bien y que estéis aprovechando cada uno de los momentos que os brinda este periplo…..
    yo las llamaría….”moscas cojoneras!”. Un beso. Carol

  6. Feliz año para todos, gracias por los comentarios!!!

    Tejeros, así que pasastéis por allí, eh? Espero que vosotros no tuvieséis que lidiar con los malditos mosquitos esos… Abrazos!

    Gracias Gerardo, qué bonito Uruguay! Un saludo.

    Jorge, sí, sí, por favor!!! al paredón. Milford debería ser visita casi obligada en la Isla Sur. Hay un trekking de 4 días que no pudimos hacer para llegar hasta allí que dicen que es espectacular.

    MM, me acuerdo de tu anécdota con los jejenes. Aquí picaban, pero no tanto… eran muy molestas. Un abrazo!

    Vero, vuelve atrás y vuelve a leer, jeje! Besos!

    Busca Marta que está ahi, cerca de la cascada… enano…

    Exacto Carol, eso eran.

    Un abrazo a todos!

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