Día 170 – De Karamea a Punakaiki

A las 7.30 am llegábamos con Bob a la terminal del Interislander en Wellington, el ferry con el que cruzaríamos a la Isla Sur. Tras los papeleos necesarios embarcamos y el barco salió en pocos minutos de la bahía, dispuesto a cruzar el Estrecho de Cook que separa las dos principales Islas de Nueva Zelanda. Tras cruzarlo, se adentraba  en el fiordo  ‘Queen Charlotte Sound’ al final del cual se hallaba la pequeña localidad de Picton.

Tras tres horas de navegación poníamos de nuevo pie en tierra y reemprendíamos nuestro viaje hacia el Sudoeste por la región de Marlborough. Es esta una de las regiones más conocidas de Nueva Zelanda por su producción vinícola, en especial, por sus vinos blancos de ‘Sauvignon Blanc’ que son los más reputados fuera de las fronteras neozelandesas.

Al cabo de unas horas de conducción en las que Bob parecía no haber saboreado ni uno sólo de los octanos de su ración diaria de gasolina, nos acercábamos, al fin, a la costa oeste de la Isla Sur. Con el océano delante giramos a la derecha, hacia el Norte para llegar a Karamea y al ‘Kahurangi National Park’.

La ruta a Karamea cruza las Tasman Mountains en una serpenteante carretera que se puede tardar casi una hora en atravesar. Karamea está al final de esa carretera, en el punto más al norte al que se puede llegar en coche en la costa oeste. Karamea no es un lugar eminentemente turístico pero las actividades que ofrece permitirían pasar allí más de una semana… innumerables caminos para recorrer a través de bosques, ríos y cuevas, kayaking, rafting, pesca de truchas, mountain-bike y un largo etcétera. En nuestro caso, pudimos pasar sólo dos días allí y los aprovechamos, básicamente, para caminar por el fantástico Kahurangi National Park.

Los caminos en el parque nos adentraban en bosques primitivos sumergiéndonos en oscuros caminos en los que la luz del sol apenas podía atravesar la tupida vegetación que nos rodeaba. Por ellos llegamos al Mirror Tarn, un lago que, como su nombre indica, actuaba como un mágico espejo reflejando con toda fidelidad los bosques y montañas que lo cercan. Siguiendo el camino llegamos al Oparara Basin y sus Arches, magníficas cuevas esculpidas por las aguas de los ríos que las atraviesan. El Limestone Arch de 37 m. de altura y 200 de largo nos dejó boquiabiertos.

Pero lo mejor estaba aún por llegar. Una media hora después de camino alcanzábamos el Moria Arch Gate. El sendero, sorprendentemente, parecía acabarse delante de nosotros en un conjunto de rocas de gran tamaño. Una cadena amarrada a una de las rocas nos hizo ver que el camino seguía hacia abajo, por un agujero, como si se tratara de una madriguera hecha a la medida, un tanto justa, de los humanos. Entramos por ese hueco en el que se filtraba el agua con un constante goteo que le daba, si cabía, aún más misterio al recóndito y oscuro acceso.

Nos deslizamos hacia abajo y la oscuridad aumentaba con cada paso. Abajo, cuando ya apenas podíamos vernos, paramos y pudimos, al fin, alzar la vista. Ante nosotros apareció una cueva en forma cónica; hallándonos en su vértice vimos como ésta se ensanchaba delante nuestro hasta dejar pasar, perpendicularmente, el lecho de un río que la atravesaba a lo ancho. Por las puertas entre las que discurría el agua entraba la luz exterior de una forma mágica, que iluminaba aquella obra arquitectónica de la naturaleza esculpida silenciosa y pacientemente por la fuerza constante del agua.

Caminamos por su interior acercándonos al lecho del río de aguas rojas que discurría por ella. Debajo de aquel puente natural disfrutamos de unos minutos de absoluta tranquilidad en aquel lugar tan especial alejado de las rutas turísticas típicas de la costa oeste de la Isla Sur. Regresamos después sobre nuestros pasos, a tientas en la oscuridad, guiados por la luz que se filtraba por el tenebroso acceso. Volvimos a las luces filtradas del bosque que nos parecieron, entonces, más intensas que al llegar.

Esta es la vista del Moria Arch Gate desde el río, al fondo se ve el agujero del acceso. Estaba totalmente oscuro, la luz es natural pero la exposición de la foto es de 30 segundos y la pared de la izquierda está iluminada con una pequeña linterna

Caminamos de nuevo rodeados de la exuberante vegetación nativa entre bosques de hayas y de una especie autóctona, los ‘kauri’, que fueron usados durante siglos por los Maoríes para la construcción de casas y embarcaciones y, más tarde, también por los colonos. Estos son bosques únicos en el mundo, con una vegetación exclusiva de estas islas cuya fauna y flora evolucionó durante siglos sin ningún tipo de ingerencia externa gracias a su aislamiento.

Lamentablemente, quedan pocos de estos bosques en Nueva Zelanda. Durante siglos los bosques fueron talados para obtener material de construcción, crear nuevas zonas de cultivo o ganado y también para su uso como combustible. Muchos animales introducidos por los colonos como las zarigüeyas, los ciervos o las ovejas se alimentan de las hojas de los árboles autóctonos que siguen reduciéndose cada vez más. La última amenaza grave a la supervivencia de estos bosques primitivos son los incendios forestales.

Nueva Zelanda estuvo un día cubierta en casi toda su extensión por estos maravillosos bosques que parecen sacados de un cuento de hadas. Hoy el Departamento de Conservación lucha para mantener los pocos que quedan y se destinan muchos millones de dólares anuales para conseguirlo. Amplias zonas de las islas, que hoy no son más que colinas peladas cubiertas de hierba o matas, son reforestadas con especies alóctonas de fácil adaptación al medio.

Y no solo la flora está en peligro. Muchos animales autóctonos pueden estar al borde de su desaparición en estado salvaje. Antes de la llegada de los colonos a Nueva Zelanda en las islas no había ningún mamífero de gran tamaño, muchas especies evolucionaron sin depredadores por lo que a aves como al Kiwi no les era necesario ni siquiera volar.

Pero la llegada de los colonos lo cambió todo. Se introdujeron ciervos, conejos, cerdos… se les dejó en estado salvaje para poder cazarlos. Los animales grandes introducidos no trajeron muchos problemas. A los neozelandeses les gusta la caza y a los Maoríes la carne de cerdo. Siguen habiendo muchos cerdos salvajes, conocidos aquí como ‘Captain Cookers’ (dicen que fue el Capitán Cook quien los introdujo), pero su número está controlado y no son una amenaza. El problema fueron los animales pequeños, en especial, los conejos, que se reprodujeron en tal número que causaban grandes daños a la agricultura. Se convirtieron en una plaga que no podía controlarse con la caza y debían tomarse medidas drásticas para detener su crecimiento incontrolado. Para solucionarlo se introdujo el armiño, el mayor depredador del conejo en el viejo continente, sin saber entonces, que iba a ser mucho peor el remedio que la enfermedad.

Al principio, los armiños acabaron con gran número de conejos pero, al poco tiempo, empezaron a cambiar sus gustos… Y es que en Nueva Zelanda había conejos, pero también crías de pájaros nativos, murciélagos y otros animales autóctonos mucho más fáciles de cazar que los conejos. Desde la introducción de los armiños 44 especies de aves se han extinguido y os aseguramos que durante estos días hemos visto muchos, muchos conejos.

 

Unos años antes, los australianos habían introducido la zarigüeya para crear un mercado local con su piel. Algunas de ellas escaparon y su crecimiento en estado salvaje se descontroló, hoy son consideradas también una de las mayores plagas de Nueva Zelanda y, su introducción, es uno de los muchos motivos por los que los neozelandeses tienen un poco de tirria a los australianos.

Los armiños y las zarigüeyas son las dos mayores plagas en Nueva Zelanda, pestes les llaman… algo bastante llamativo si se tiene en cuenta que en otros países como en la vecina Australia las zarigüeyas son animales protegidos. Pero viendo unas cuantas cifras se entiende la posición del Departamento de Conservación neozelandés. Se considera que hay una población de 70 millones de zarigüeyas en el país, que consumen unas 21.000 toneladas de vegetación cada noche. Los armiños, por su parte, acaban cada año en la Isla Norte con 15.000 crías de Kiwis y otras tantas de otra ave única, el Kewa… En total, las especies introducidas de armiños, zarigüeyas, ratas y gatos acaban con 25 millones de ejemplares de aves autóctonas cada año. Armiños y zarigüeyas no tienen depredadores ni parásitos que les amenacen en Nueva Zelanda y son los mayores portadores de tuberculosis bovina.

Y se intenta todo para reducir su número… Los caminos en los parques nacionales y reservas naturales están llenos de trampas para armiños y ratas; se organizan cacerías de estas especies y, en lugares aislados y poco accesibles, se rocía el bosque con un pesticida conocido como NZ 1080 siendo su uso muy polémico, ya que está en duda si la sustancia daña también a otras especies.

Esta es una de las miles de trampas para ratas y armiños ('stoats') que plagan los caminos a lo largo y ancho de Nueva Zelanda

Aunque donde es más palpable la lucha contra estas plagas es sobre el asfalto. No es extraño ver 3 ó 4 cuerpos de zarigüeyas o armiños aplastados en las carreteras en tan sólo un kilómetro. Si ya de por sí los neozelandeses conducen mucho más rápido de lo que pensábamos, cuando ven a uno de estos animalillos cruzar la carretera, aceleran aún más. Algunas carreteras por la mañana parecen campos de batalla y, por su parte, el Departamento de Conservación anima a acabar con ellos si éstos cruzan nuestro camino. Afortunadamente para Bob, nosotros no atropellamos a ninguno aunque tuvimos unos cuantos a tiro…

Desde luego es encomiable el esfuerzo que se hace aquí para preservar la fauna y flora local, el gobierno invierte millones de dólares cada año, la gente sabe que ésa es una de las mayores riquezas del país, disfruta y respeta la naturaleza y habla de ella con orgullo.

Abandonamos aquellos inolvidables parques y seguimos nuestro camino hacia el Sur, bordeando la costa del Mar de Tasman hasta alcanzar Punakaiki donde, al contrario que en Karamea, las autocaravanas y autobuses iban y venían por la carretera y se agolpaban en los aparcamientos cercanos a cualquier atracción, en especial, la de los ‘Pancake Stones’ y ‘Blowholes’. Las primeras son unas rocas que, por el efecto de la erosión, tienen hoy un curioso aspecto, formado por unas finas capas horizontales de piedra que se asemejan a los pancakes del desayuno local. Los segundos, son simplemente agujeros entre las rocas por los que los días de mala mar y con la marea alta la fuerza del océano hace salir violentamente chorros de agua hacia el cielo.

Encontramos la tranquilidad sólo unos pocos kilómetros más allá, adentrándonos en el Paparoa National Park, donde caminamos una vez más por caminos perfectamente señalizados y mantenidos, rodeados por extraordinaria vegetación y siempre solos hasta llegar a la cueva ‘Creek Cave’, que si bien no tenía la espectacularidad de las que vimos en Karamea nos devolvió por un buen rato la tranquilidad de hallarnos en un paraje solitario.

¡Hasta la próxima!

6 Respuestas a “Día 170 – De Karamea a Punakaiki

  1. En las tradicionales fiestas de Navidad en Tarragona he descubierto tu aventura por el mundo de la mano del doctor. Impresionante la cálidad de las fotografías y textos, ya tienes un seguidor mas en vuestro viaje siempre hacia el oeste.

    Feliz 2011 a toda la familia!
    Martín

  2. En el “Moria Arch Gate” me recordaron a Alicia tirándose en el túnel. Y esa foto de Gaby caminando de espalda, rodeada de esa hermosa vegetación, partece dar la impresión que va a cualquier lado, sin tiempo. ¡¡Qué maravilla¡¡

    La plaga del armiño me recuerda la que, probablemente uds. vieron en Tierra del Fuego, del castor canadiense. No recuerdo si se refirieron aella en el blog.

    Es apasionante seguirlos, abrazos y suerte.

    Rosa

  3. he buscado la foto de la zarigueya en google….y no me ha gustado un pelo!!!yo sería de las que las aplastarían si las viera por la carretera…(qué maligna!!jijijiji). qué envidia otra vez….la verdad es que es naturaleza en estado puro…..otro beso. Carol

  4. Muchas gracias a todos por comentar.

    Martín, qué bien saber que tú también nos sigues. Espero que Tarragona te tratara bien durante las fiestas navideñas. Nos veremos este año por esas mismas fiestas para celebrar. Un abrazo.

    Rosa, sí, en Ushuaia (P.N. Tierra del Fuego), se hablaba mucho del daño ecológico que causaban las castoreras…

    Igualmente Mónica!!!

    Tío Carlos, muchas gracias, un abrazo!

    Carol, habría que ver si lo atropellarías… son como gatos grandes, no es tan fácil, ¡valiente! Besos

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