Día 346 – Namasté India

Llegamos a la polvorienta frontera indo-nepalí sobre el techo de un autobús local. La cruzamos cargados con las mochilas y sudando hasta empapar toda la ropa. Pasamos bajo un antiguo arco y ya estábamos en India, en una calle sin asfaltar, llena de gente, vacas, coches viejos y ruido, mucho ruido. Y mucho calor. El aire ya de por si irrespirable rebosaba con olores de curry, orina y mierda de vaca. Era una calle, con sus tiendas, sus casas… -‘¿Dónde está el control de pasaportes?’ Unos veinte metros calle abajo a la izquierda encontramos el puesto escoltado por una tienda de móviles y un colmado. Todo el mundo nos miraba. -‘Rellenad esto’ dijo el funcionario indio mientras revisaba nuestros visados.

Subimos a un taxi que nos llevó a Gorakhpur. Desde allí debíamos coger un tren a Varanasi. Fácil, ¿no? Eso parecía. Bajamos frente a la estación de tren y, abriéndonos paso entre la multitud, logramos alcanzar la sala principal de venta de billetes. Era aquél un espacio amplio, pobremente iluminado y rodeado por oscuras paredes cuyo color podía ser el de un tono de pintura o el de la grasa y la suciedad acumulada. Preferimos no comprobarlo. Las decenas de ventiladores de techo intentaban, inútilmente, remover un aire plomizo que parecía no bastar para llenar los pulmones de la muchedumbre que se agolpaba en las largas colas que nacían de cada taquilla. El sudor recorría nuestras caras hasta encontrar la barbilla, resbalaba por nuestra espalda, oscurecía el color de nuestra ropa.

Hicimos una cola. -‘Aquí no mister. Taquilla 812’. La buscamos pero no existía. -‘¡Ah, sí, la 8 es también la 812’. Nos acercamos pero -‘No, aquí no. La de al lado’. -‘Pero nos han dicho que…’ El severo funcionario, en un rápido movimiento, inclinó la cabeza varias veces hacia un lado y otro -‘¿Eso es un sí o un no?’. No entendíamos nada. Todo el mundo nos miraba. Ya sin saber qué hacer, totalmente desesperados ante la imposibilidad de conseguir un billete, buscamos al jefe de estación. Él nos acompañó de nuevo a las taquillas, esta vez por la puerta de atrás. -‘Conseguido’ pensamos. Pero no. El sistema sólo deja ver los billetes dos horas antes de la salida del tren. -‘Volved en dos horas’.

Y volvimos. Directamente por la puerta de atrás. -‘Sólo queda un billete a Varanasi, pero podéis viajar con el tren de las 5:30 de la mañana. Venid a las dos y vemos si quedan billetes para ese tren’. -‘¿A las dos de la mañana? ¿Pero esto está abierto a esa hora? ¿Si el sistema sólo deja comprar dos horas antes?’ De nuevo, movimiento raro de cabeza y… -‘Volved a las dos’.

A las dos menos cuarto sonó el despertador. Sergio esperaba a Marcial fuera de la habitación, mirando la calle. -‘No me lo puedo creer’. Eran las dos de la mañana y la calle que separaba nuestro hostal de la estación, simplemente, hervía. Los coches, las motos y los tuc-tuc avanzaban a golpe de bocina mientras sus luces iluminaban los laterales de la calle dejando ver por instantes a la gente caminando de un lado a otro. El chico que hacía tortillas sobre un hornillo de carbón en su carro seguía trabajando. Levantamos ligeramente la vista y vimos en la explanada que se abría frente a la estación miles de personas durmiendo. -‘¿Pero qué es esto?’

Cruzamos la calle mientras un chico avivaba las brasas de una antigua plancha de carbón. Los coches no paraban de pitar mientras una vaca intentaba dormir al lado de un animado puesto de té. Y seguía el calor. Todo el mundo nos miraba. Entramos al recinto de la estación, dejando a un lado unos urinarios abiertos de los que salía el olor más intenso a meado que jamás habíamos olido antes. A un lado y a otro del camino que nosotros abríamos entre la gente había miles de personas durmiendo en el suelo, familias con niños, pobres, viajeros que no habían conseguido billete… La imagen de toda aquella gente, durmiendo frente a aquel edificio cercado por vallas negras e iluminado con altas torres de luz, se nos aparecía como si se tratara de un campo de concentración de una guerra. -‘¿Pero esto qué es? ¿Cuánta gente hay aquí?’ -‘No lo sé… mil, quizás dos mil…’ ‘No lo sé’.

Atravesamos la sala de venta en la que a esa hora se mezclaba la gente que hacía cola para conseguir un billete y la que dormía en el suelo. Entramos en las taquillas, de nuevo, por la puerta de atrás. Taquilla 8 (812 vamos). El turno había cambiado, así que nos enfrentábamos a otro funcionario -‘¿Tiene billetes para Varanasi?’ movimiento raro de cabeza… -‘eh… Benarés, Banarás, Varanás…’ Más movimiento de cabeza. -‘El sistema está cerrado’. -‘¿Cómo? Mire, es que ayer nos dijeron que viniéramos a las dos…’ Último movimiento de cabeza y… -‘El sistema está cerrado. Volved a las cuatro’.

Vuelta al hostal deshaciendo el camino, la sala de venta de billetes, el vestíbulo, las miles de personas durmiendo, el urinario apestoso y la bulliciosa calle. Vuelta a la cama donde el calor y los grillos que vivían en nuestra habitación impedían conciliar el sueño. Daba igual. El terrible despertador sonaría a las cuatro menos cuarto de la mañana en el momento en el que más profundamente estaríamos dormidos.

Con la cabeza cargada por la falta de sueño volvimos sobre nuestros pasos. La calle seguía igual, como si los relojes no marcaran casi las cuatro de la madrugada. Frente a la estación algunos empezaban a desperezarse para volver a las colas. Volvimos a la taquilla, por la puerta de atrás. El sistema se había recuperado y sí, quedaban cuatro billetes en segunda clase. -‘¡Por fin!’. Eran las cuatro de la mañana y el funcionario empezaba a imprimir los billetes en la vetusta impresora de aguja. El cuarto de las taquillas estaba casi vacío mientras al otro lado del cristal que nos separaba de la sala de ventas cientos de cabezas llenaban todo el espacio. Frente a nosotros unas siete u ocho personas intentaban acercase al agujero circular del cristal que les permitiría dirigirse a un funcionario pasivo, que seguiría comiendo maiz frito y dando como respuesta algún raro movimiento de cabeza.

En una hora y cuarto salía nuestro tren. Ya no valía volver a la cama. Salimos de la estación con el cuello de las camisetas sobre nuestras narices en un vano esfuerzo por evitar el intenso olor a orina. Todo el mundo nos miraba. -‘Tomemos un té’. Todo lo que sucedía a nuestro alrededor nos sorprendía, la vaca que corría azotada a palos por un niño, la que cruzaba el vestíbulo de un hotel, la gente que dormía en cualquier lugar, la cabra, la suciedad que cubría todo… Caminábamos hacia el hostal mientras vimos a una señora dormida en el suelo, en cualquier sitio, sobre la tierra y la porquería. -‘¡Que se la llevan, que se la llevan!’ gritó Sergio. Dos hombres habían agarrado a la señora de sus extremidades y la llevaban hacia dentro de un edificio.

Las primeras luces de la mañana iluminaban un cielo cubierto. Volvimos al hostal donde descubrimos a varias personas que se levantaban después de haber pasado la noche durmiendo en el tejado, sobre nuestras habitaciones. Despertamos a Martina y Gaby, cogimos las maletas y nos dirigimos al tren. Al cerrar la puerta de la habitación rompió a llover con toda la fuerza imaginable del monzón. Totalmente empapados logramos subir al interminable tren. Nos sentamos y largamos un profundo suspiro.

Bienvenidos a India.

8 Respuestas a “Día 346 – Namasté India

  1. Take it easy my friend!!!! El hombre es bicho de costumbre tambièn, y al final no es tan grave.
    Por donde van a andar en India? Si quizá en sus planes surge la idea de un remoto pueblo llamado Kumbalgar (cerca de Jodphur) avisen que tenemos una recomendación y una cadena de favores que seguir.

    Abrazo grande, buena onda locos.

    Vico y Cristian

  2. Joder, mientras lo leía, me he cansado, he recorrido las calles, he olido el meado y he sudado con vosotros… Y he deseado ir y no ir a la India. A la vez.
    Un abrazo,
    j.

  3. Increíble!!! sin duda mil gracias por hacernos vivir este maravilloso viaje a todos. Por ilusionarnos y por hacernos visitar sitios increíbles.

    Sólo una pregunta, que haremos cuando volváis. Nada será lo mismo. Tengo muchas ganas de veros y hacer una cenita, pero por otra parte que tristes serán mis domingos cuando mientras desayunaba me conectaba a vuestro blog para visitar con Carles todos esos maravillosos lugares.

    Muchas gracias por todo.

    Besos

  4. ¿Porque no hay fotos? Pero coincido en que la descripción es muy realista e intensa, como dice la gente los olores son algo terrible. Nunca sentido en otro lugar.
    Se acrecientan mis ganas de conocer India. Eso si, en compañía.
    Como teneis tantos seguidores, puedo aprovechar este medio y decir que busco compañía para viajar a La India.
    Muchos besos y hasta pronto
    MM

  5. Hola a todos!

    Vico y Cristina, gracias por pasaros… Lamentablemente no fuimos a Jodhpur ni a ningún lugar en el Rajastán (demasiado calor). De todas formas, tenemos unos amigos que andarán por allá en breve. Les preguntaré si pasarán por Kumbalgar. Un abrazo!

    Jorge, esa es precisamente la sensación… India la amas y la odias a la vez.

    Gracias Bea y Vero!

    Gracias Lorena. Efectivamente, nada será lo mismo… aunque quizás no abandonemos el blog… quizás sigamos escribiendo algo, o colgando alguna foto… Ah! nos apuntamos a eso de la cena, eh?, que tanta comida exótica al final también cansa. Besos!

    Rosa, no hay fotos porque estábamos tan atrapados y superados por toda la situación que en lo último que pensé fue en hacer de todo aquello fotos. Por la noche hay apagones y la luz, si la hay, suele ser muy escasa… No creo que las fotos hubiesen podido mostrar lo que era aquello… Debes visitar India y será mejor que lo hagas acompañada y con algo de planificación previa. Muchos besos!

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