Día 307 – El fin de una guerra

Las sucias y oscuras paredes del antiguo Templo chino de Jade le daban al espacio un ambiente de lo más lúgubre. Frente a cada altar los fieles rezaban sosteniendo en sus manos barras de incienso mientras cientos de velas de aceite ardían llenando el ambiente con un olor inconfundible.

Aunque estábamos en Ho Chi Minh City, la antigua Saigón, aquel antiguo templo nos transportaban a la China milenaria. Quizás, el pequeño Templo de Jade es el mejor templo chino de cuantos hemos visitado en el viaje. Y hemos visto muchos.

En la calle, la ciudad respiraba al ritmo de Hanoi, miles de motos llenaban las calles a todas horas; volvíamos a la gran urbe, al ordenado caos vietnamita. Aún así, Ho Chi Minh City se nos antojaba más occidental. No en vano fue la capital de Vietnam del Sur, el Vietnam capitalista, tras la firma del Tratado de Ginebra que dividió el país en Norte y Sur por el paralelo 17.

A pesar de esa occidentalización, de los grandes centros comerciales y del elegante barrio francés, la vida cotidiana de Ho Chi Minh se parecía demasiado a la de Hanoi. Las calles del popular barrio de Cholon eran un buen ejemplo, con su mercado echado literalmente a la calle, invadiendo no sólo las aceras sino, directamente, la calzada. Total, mientras pueda seguir pasando una moto, todo bien.

¡A la rica rana!

Saigón perdió su nombre el 30 de abril de 1975. Ese día la ciudad se rindió al ejército norvietnamita y pasó a llamarse Ho Chi Minh City en honor al gran líder comunista. Había acabado la Guerra de Vietnam. Pero, aunque ‘acabar’ es el verbo que se utiliza cuando en una guerra hay un bando vencedor y otro vencido, este viaje nos ha enseñado que ése no es el verbo que debería utilizarse. Lamentablemente, las consecuencias que dejan los conflictos armados no acaban cuando uno de los bandos vence. La herencia de la guerra sigue allí, afectando a la población civil durante mucho –demasiado– tiempo. Y, tristemente, Vietnam puede ser el mejor ejemplo de esta realidad.

Tras el incumplimiento del Tratado de Ginebra y la no celebración del referéndum que debía decidir la reunificación del país, el ejército comunista norvietnamita (Viet Cong) estaba decidido a atacar el Sur de Vietnam. En plena Guerra Fría, Estados Unidos debía defender el sur capitalista y le bastó una dudosa agresión norvietnamita contra uno de sus buques para enviar las primeras tropas a Saigón. Empezaba la guerra.

Y no fue una guerra convencional con sus batallas, trincheras y frentes. Las operaciones militares se efectuaban en zonas no delimitadas, una guerra de guerrillas. El juego del gato y el ratón. Estados Unidos inició bombardeos aéreos masivos en las supuestas retaguardias viets que fueron siempre poco efectivos, causando muchas más bajas civiles que militares. La mayor parte del tiempo los americanos buscaban a los Viet Congs atravesando arrozales inundados y frondosas selvas en expediciones de varias semanas que, por lo general, acababan sin éxito. ‘¿Dónde están los malditos ‘Charlies’?’

Quizás los americanos pudieron pensar que se enfrentaban a una banda de comunistas campesinos poco formados para la guerra y que el apoyo que recibían de las naciones comunistas no podía equiparse al arsenal yankee. Y, aunque todo ello pudiera ser cierto, desconocían que luchaban con un pueblo que tiene la habilidad de sacar lo mejor de cada pequeña cosa en las situaciones más adversas, la imaginación para solucionar cualquier revés y una capacidad de sufrimiento y aguante como pocos.

Los ‘Charlies’ no aparecían porque estaban escondidos ¿Pero dónde? Pues casi a veinte metros bajo tierra y mucho más cerca de sus bases de lo que podían haber imaginado. Sólo a treinta kilómetros de Saigón, al lado de una base militar americana, el Viet Cong construyó los túneles de Cu Chi, un entramado de mínimas galerías subterráneas con unos 200 kilómetros de largo que comunicaban con la frontera camboyana. Allí, al ladito de la base norteamericana de Saigón, dormían cada noche bajo tierra miles de soldados del Viet Cong.

Y no sólo había túneles para militares, también había muchos otros diseñados para albergar a civiles que se escondían de los continuos bombardeos. Los más conocidos son los de Vinh Moc donde centenares de familias vivieron durante años. Los americanos, tras haber sido atacados por sorpresa en muchas emboscadas del Viet Cong iniciaron una lucha directa para descubrir y eliminar todos esos túneles. Pero ahí es donde se descubre la imaginación de los norvietnamitas. Si tú buscas entradas nosotros las camuflamos. Que usas perros, pues nosotros nos lavamos con vuestro jabón. Que desvías ríos para inundar los túneles, no pasa nada que tenemos canalizaciones que devolverán el agua al río. Que buscáis humo, tranquilos que cocinamos al alba para que éste se confunda con la bruma del amanecer… Y así podríamos seguir con más ejemplos, alargando este párrafo. A cada iniciativa americana para acabar con los túneles una respuesta aún más ingeniosa que la anterior por parte del Viet Cong.

Además, los norvietnamitas llenaron los campos que exploraban los americanos de rudimentarias pero efectivas trampas que recuerdan a la época medieval. Un mal paso y al hoyo. Aunque, en realidad, a esas alturas, muchos soldados estadounidenses habrían firmado por resultar heridos por una de esas trampas y poder volver a casa.

Desquiciados, los americanos optaron por el camino del medio, por matar a las moscas viets a cañonazos. Fueron unos cañonazos invisibles que cayeron del cielo. Si los túneles y el Viet Cong se camuflaban bajo el manto de la tupida selva, la solución era quitarles ese manto, quemar la selva.

Pero no utilizaron fuego sino química. Los aviones americanos empezaron a rociar amplias zonas de territorio con Napalm, una gasolina gelatinosa que arde lentamente, y con Agente Naranja, un defoliante que desnudaba los árboles y descubría los montes. Aunque en esa época no estaba claro que consecuencias tendría el Agente Naranja para el ser humano, el químico contenía una mínima parte de una dioxina conocida como TCDD que resulta ser, a día de hoy, el tóxico más dañino descubierto por la humanidad. Sólo 85 gramos puros de esa dioxina acabaría con la vida de todos los habitantes de una ciudad de ocho millones de personas.

(Fuente: Wikipedia)

Por aquel entonces Estados Unidos recibía las noticias dela Guerra, que no eran, precisamente, muy halagüeñas. Se empezaba a hablar de abusos y de violaciones de derechos humanos. El Viet Cong tomó Hue el día del año nuevo vietnamita en la Ofensiva del Tet, pillando a los americanos y aliados survietnamitas totalmente desprevenidos. Un poco más tarde, el error de un helicóptero norteamericano que equivocó las coordenadas en un ataque, arrasó a decenas de sus compatriotas que avanzaban para tomar la desde entonces conocida como ‘colina de la hamburguesa’. Empezaba en Estados Unidos un fuerte movimiento social en contra de la guerra. Pero lo que realmente hizo que la opinión pública americana (y mundial) se posicionara en contra de la guerra fue una imagen que es hoy historia. La fuerza de una fotografía. Kim Phuc corriendo desnuda abrasada por el Napalm.

(Fuente: Wikipedia)

Estados Unidos aguantó el chaparrón e intentó vietnamizar la guerra, unir más fuerzas survietnamitas y quedar más al margen. En 1.973 los americanos acabaron retirándose, dejando la patata caliente a los vietnamitas del Sur. Dos años después caía Saigón y los últimos americanos que seguían allí escapaban con helicópteros desde el tejado de la embajada norteamericana.

Pero la otra guerra continúo. Aquella en la que ya no luchan dos bandos sino en la que se cuentan las familias desintegradas, aparecen las historias mínimas y el dolor. Y, en el caso de Vietnam quedaba, además, la herencia de las personas afectadas directamente por la lluvia tóxica o aquellas que, sin saberlo, cultivaron y pescaron en tierras y aguas contaminadas.

El Agente Naranja provocó mutaciones genéticas en las personas que de algún modo tuvieron contacto con él y multitud de niños nacieron con enfermedades cardíacas, respiratorias y mentales o, directamente, sin miembros o con monstruosas malformaciones. No sólo los hijos de los afectados, sino también sus nietos. Y no sólo en Vietnam, sino también en Estados Unidos aunque en menor medida. A día de hoy continúan naciendo en ambos países niños con gravísimas enfermedades y malformaciones.

Todos estos horrores hereditarios se pueden ver en el imprescindible museo ‘War Remnants Museum’ de Ho Chi Minh, donde, además, se expone una fabulosa colección de fotografías de guerra tomadas por fotógrafos muertos durante el conflicto. La sala donde se muestran las atrocidades de la guerra y las consecuencias del uso del Napalm y el Agente Naranja desgarra el alma. Quien quiera ver alguna de esas fotografías puede hacerlo aquí (Google Imágenes) o aquí (Magnum), advertimos que son fuertes.

Es imposible salir de esa sala tal como uno entró. Como ya nos pasó en Camboya ante las atrocidades de los jemeres rojos, no podíamos quitarnos de la mente las imágenes y relatos que vimos en aquel lugar. En pocas palabras, nos invadieron unas ganas tremendas de echarnos a llorar.

La Guerra de Vietnam no acabó con la caída de Saigón. Aún hoy sus consecuencias las sufren miles de familias vietnamitas y norteamericanas.

6 Respuestas a “Día 307 – El fin de una guerra

  1. “Le Comandant” emocionado, agradece el homenaje de permitirle aparecer, saliendo de una de las entradas camufladas de los túneles de “Cu-Chi”.

    Realmente escalofriante todo lo que cuentan, que pudimos ver en vuestra cia., y que los efectos siguen manifestándose, porque algunas de las mutaciones eran del 2008.

    Hasta la próxima, muchos besos

  2. ‘Le Comandant’, enhorabuena por la foto escapando de los túneles!!
    Me ha encantado lo de: “Que usas perros, pues nosotros nos lavamos con vuestro jabón.” ¡Grandes ‘Charlies’!
    Un abrazo, y a disfrutar de las últimas semanas!
    j.

  3. Marcial, te echamos de menos desde el concierto de QG
    En estos momentos está cantando “el poeta acaricia cicatrices…”
    Brindamos por vosotros con un whisky!
    Un abrazo a los 2!
    Jorge, Roser y Bea

  4. Qué fotos! qué fotos! Fantásticas todas las del principio. Muy graciosa la Comandant ;-D.

    Y yo me pregunto…¿dónde estaría yo el día del concierto de QG? Besos a todos

  5. Como dice Le Comandant, son terribles los efectos que dejó esa guerra y que todavía siguen sufriendo las nuevas generaciones.
    Bea, Jorge, ¡qué grande la cajita de música! esperamos que disfrutarais del concierto de Quique, ni Carlos ni nosotros faltaremos al próximo! y Vero?
    Un abrazo

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