Día 302 – Hanoi y su ordenado caos

La marabunta motorizada no nos iba a dar tregua. ¡Sólo queremos llegar al otro lado de la calle! Pero el tráfico era incesante. Si queríamos cruzar debíamos lanzarnos en ese mismo momento, sin pensar, y simplemente caminar. Eso es lo que nos habían dicho.  Caminar sin prisa, como si pasáramos por un aburrido pasillo mil veces antes recorrido, sin parar, retroceder o empezar a correr. Así seríamos previsibles y los motoristas podrían adivinar nuestros pasos para esquivarnos por un lado u otro. Observando a los locales parecía muy fácil y, de hecho, no era mala jugada el juntarse a uno de ellos para llegar a la otra acera. Al principio fue difícil pero después de conseguir cruzar sanos y salvos tres o cuatro veces ya nos sentíamos como si lo hubiésemos hecho toda la vida.

El mismo día que llegamos a Hanoi dimos la bienvenida a Rosa y Laia, madre y hermana de Gaby respectivamente, que nos acompañarían por nuestro periplo en Vietnam. Aunque quizás deberíamos decir que las acompañamos nosotros a ellas. Rosa derrochaba energía y no daba cuartel. Siempre debíamos seguir; esta calle o la otra, este museo, también aquel templo… Sin quererlo nos habíamos puesto a sus órdenes y eso nos permitió ver más de lo que hubiésemos visto sin ellas y, quizás lo más importante, nos quitó toda responsabilidad a la hora de organizar. Nos dejamos llevar, -casi- siempre fieles a ‘Le Comandant’, mote que bien se ganó a pulso.

Nuestros primeros pasos debían dirigirse al barrio de los 36 gremios. El ritmo en este barrio empieza muy temprano, todos los negocios están abiertos casi desde el amanecer y en él se encuentran todo tipo de oficios, juntos pero no revueltos. Orden y desorden se nos aparecían en la misma medida. Por un lado la organización de las calles por gremios y, por otro, el caos de la gran ciudad asiática, con las motos, el ruido, los olores, las miradas curiosas, las aceras intransitables, las sonrisas, lo vetusto, lo sucio y lo moderno.

Transporte de gallinas. Todas en un saco con unos agujeritos para que saquen la cabeza y listos!

En una calle estaban las carnicerías y, al doblar la esquina, las fruterías; más allá el pescado, los fabricantes de escaleras, la calle de las cajas fuertes, la de las copisterías, la de los reparadores de picadoras de carne y la de las tintorerías… Si en su día hubo 36 gremios hoy debe haber muchos más. De vietnamita estamos muy pero que muy verdes pero nos imaginamos a los locales quedando a las seis en ‘pescados secos’ con ‘verduleras’ o en ‘ventiladores’ esquina ‘cajas fuertes’. Al menos a nosotros se nos antojaba más fácil así que recordar calles de nombres muy parecidos, tanto, que ubicarse era una tarea más que complicada. Perdidos en aquel ordenado caos nos dejamos sorprender por lo que nos esperaba en el siguiente cruce, sin más rumbo que el de girar en cualquier calle que pareciese más animada que la anterior o en algún estrecho callejón de esos que siempre esconden algo interesante.

Los negocios invadían las aceras reduciendo el espacio público a únicamente la calzada, ocupada en su totalidad por el continuo tráfico de las motos y sus irritantes bocinas. Y esquivando como podíamos a los transeúntes, los vendedores y su género, en cada número de cada calle sucedía algo: La carnicera esperaba al próximo cliente para rebanarle el pescuezo al siguiente conejo; el zapatero mantenía la mirada fija en el suelo buscando algún zapato con los cordones rotos o las suelas despegadas para saltar sobre él como un resorte; mientras tanto las vendedoras de fruta lanzaban a gritos sus últimas ofertas del día tras sus canastos de mimbre; y en mitad de todo aquel alboroto, en la calle de los sellos, unas habilidosas manos perfilaban sobre un tampón la estrella de la bandera del -ya no tan comunista- Vietnam.

La incesante actividad de ese barrio nos empezó a enseñar lo trabajador que es el pueblo vietnamita, algo de lo que ya nos habían hablado. Antes de que salga el sol ya hay negocios abiertos que continúan con la actividad hasta bien entrada la noche. Por lo general, el vietnamita empieza pronto su jornada y su único descanso se encuentra en las omnipresentes mesitas de plástico rodeadas de pequeños taburetes donde se sientan a conversar mientras toman un rápido plato de arroz o fideos. Algunos encuentran tiempo para echar una partida rápida a algunos de sus juegos tradicionales, una especie de juego de cartas, damas o ajedrez incomprensible para nosotros. Después, vuelta al tajo hasta altas horas de la noche. Meses antes habíamos oído que ‘los vietnamitas cultivan el arroz mientras los camboyanos los miran y los laosianos, simplemente, los escuchan’ y, visto lo visto, algo de cierto puede haber en ese dicho.

Un pueblo de lo más trabajador cuya historia tiene, probablemente, más sombras que luces. Mil años de ocupación china que dejaron una profunda huella, la colonización francesa, la ocupación japonesa durante la segunda guerra mundial y las dos guerras de indochina son las sombras y las luces bien pueden ser las independencias (primero de China y después de Francia) y los méritos de Ho Chi Minh, el héroe nacional del comunismo que logró la unificación del país, aunque no viviera para verla.

A principios del siglo XX Vietnam era Cochinchina, la colonia francesa frente a la que empezaron a alzarse los comunistas liderados por Ho Chi Minh que en 1.925 había fundado la Liga Revolucionaria de Jóvenes del Vietnam. A los franceses se les acumuló el trabajo para mantener la colonia durante la segunda guerra mundial cuando abandonaron el país tras la ocupación japonesa. Los únicos que se enfrentaron a los nipones fueron, de nuevo, los comunistas encabezados por Ho Chi Minh. Tras la derrota de Japón en la guerra, los comunistas tenían ante sí la mejor oportunidad. No la desaprovecharon y declararon la independencia del Vietnam.

Pero los franceses volvieron con la intención de recuperar su Cochinchina. Empezaba la primera Guerra de Indochina en la que los franceses contaron con la inestimable ayuda de los Estados Unidos que aportó casi el 75% del coste total de las tropas francesas. El objetivo era acabar con el comunismo a toda costa. Pero los franceses sufrieron la que sería su última derrota en aquellas tierras que, en conjunto, les había dado muchas más desgracias que alegrías. La primera Guerra de Indochina acabaría en 1.954 con la firma del Tratado de Ginebra.

El Tratado fue una suma de buenas intenciones y promesas de esas que se hacen cuando acaba una guerra. En cabeza estaba la promesa de celebrar unas elecciones democráticas dos años después. Mientras tanto el país se partiría en dos, al norte los comunistas y, al sur, los capitalistas. Fácil, ¿no? En las elecciones el pueblo debía decidir si el nuevo Vietnam reunificado sería un país comunista o capitalista pero ¡ah sorpresa! En realidad, donde firmamos digo quisimos firmar diego y las elecciones prometidas jamás se celebraron. En 1.960 el norte comunista se iba a lanzar al sur con un ejército que años más tarde sería mundialmente conocido, el Viet Cong.

Estados Unidos no podía permitir que cayera su gobierno de marionetas establecido en el sur y se engordara su ya extensa lista de enemigos con otro país comunista. En 1.965 llegaban las primeras tropas americanas a defender el Sur de Vietnam y empezaba la segunda Guerra de Indochina, sí, más conocida para nosotros como la Guerra de Vietnam. Ocho largos años de conflicto que, para no aburrir, serán harina de otro post que, no lo duden, llegará pronto a sus pantallas.

Así que, a lo que íbamos. El mito de Ho Chi Minh creció y creció hasta convertirse en el auténtico héroe nacional. Tras su muerte en 1.969 y, a pesar de que pidió ser incinerado, Ho Chi Minh fue embalsamado en Rusia y en el año 1.973 se construyó el actual mausoleo en Hanoi donde descansa su cuerpo. Miles de personas lo visitan cada día.

Como no, fuera del silencioso Mausoleo, la ciudad continuaba con su ajetreo. Entre sus calles encontramos el ‘Templo de la Literatura’, un templo dedicado a Confucio construido durante el siglo XI y donde estuvo ubicada la primera universidad vietnamita. Aún hoy en él se mezcla lo religioso con lo cultural.

Más allá del bullicioso barrio de los gremios se encuentra el distrito francés, herencia de la colonia gala. Las pequeñas calles de la ciudad se convierten en amplias avenidas como las de París y los edificios coloniales como la Ópera y diversos hoteles le dan a la zona la homogeneidad de la que carece el resto de la ciudad. Todos ellos son edificios que se abandonaron durante la época comunista y después se recuperaron, formando el barrio más pudiente de la actual Hanoi.

La misa de domingo en la Catedral de San José, con pantalla gigante y altavoces en la calle

Bueno ‘época comunista’ si se nos permite llamarla así porque Vietnam sigue siendo hoy en día un país comunista aunque cueste creerlo caminando por sus calles donde se agolpan modernos negocios privados, crecen los centros comerciales y llegan las marcas internacionales. Un comunismo, el de hoy, con una economía de libre mercado y con ricos y pobres, ¡ah! y con elecciones supuestamente democráticas aunque solo exista un partido político. ¡Ay si el pobre Ho Chi levantara cabeza!

Y así, devorando la ciudad tras los pasos de ‘Le Comandant’, embobados con la actividad de unas calles que no descansan y los ríos de motos que, incesantemente, vienen y van, pasaron nuestros breves días en la antigua capital comunista. Nuestros siguientes destinos se hallaban al Sur pero antes debíamos visitar Halong, la mística Bahía de los Dragones.

6 Respuestas a “Día 302 – Hanoi y su ordenado caos

  1. Es la primera vez que abrimos la boca en este blog pero hace yyyyyyyaaaaaaaaaaaaaato que los venimos chusmeando.

    Hermosos lugares e historias magníficamente transportadas, hacemos introspección a nuestros días por los pagos vietnamitas, que no fueron hace tanto cheeee; se nos pianta el lagrimón.
    De maravilla muchachos, sigan pasándolo bonito, que el viaje continue eternamente.

    Les manda un saludo esos dos argentinos que conocieron en Indonesia con los que lamentablemente solo pudieron compartir una cena, y quedaron pendientes unos deliciosos mates que después tuvimos que derrochar en india por falta de compañeros.

    Salud. Ya desde Argentina Vico y Cristian

  2. Excelente reportaje, muy emocionante, “le comandant” fue testigo del presto zapatero que se lanzó a su zapatilla, aparentemente con puntera despegada.

    Fotos con mucho realismo, para mi tienen vida.

    Espero ansiosa el siguiente relato, la misteriosa bahía de Halong.

    Muchos besos

    En algún momento: “Le comandant”

  3. Eh, ¡felicidades por la crónica! ¡Realmente interesante! Aunque sigo alucinando con la primera foto de las motos…
    Un abrazo,
    j.

  4. ¡Genial! Me habéis hecho revivir el viaje.
    Jorge, lo de las motos es flipante! Un día nos quedamos atrapadas en un cruce con motos pasando por todos los lados. Realmente dominan el tráfico.

    Besos,

    Laia

  5. Vico y Cristian, esperamos que vuestro viaje acabara de maravilla y que estén bien en Argentina. Una pena poder compartir tan poco tiempo con vosotros. Quizás en una próxima visita a Argentina. Mientras tanto sigan chusmeando, jeje! Un abrazo.

    Gracias ‘Le Comandant’, andamos sin rumbo sin tus instrucciones…

    Jorge, cada calle de Hanoi es como la subida de las motos hacia Diagonal después de un partido en el Camp Nou. Un abrazo!

    Besos Laia!

    Gracias a todos por comentar.

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