Día 295 – De ‘loop’ por el Bolaven Plateau

Llegamos a Pakse un día antes del que teníamos previsto para reencontrarnos con Martina y Sergio así que aprovechamos el día muerto para hacer gestiones. Colada y visado para Vietnam. La ropa nos la lavaron bien. Y el visado… diremos que fue la primera vez que regateamos en un Consulado. La información es fundamental y tras preguntar aquí y allá averiguamos que el visado debería costar 40 dólares y no los 50 que nos habían pedido los funcionarios vietnamitas. Nos plantamos de nuevo en el Consulado y ‘oiga, es que el otro día vino un amigo mío y le cobraron 40…’ Empezó una airada discusión entre los funcionarios que juraban en vietnamita porque no sabían hacerlo en arameo. No entendíamos sus palabras pero la conversación estaba clara ‘A ver, ¿quién ha sido el idiota que le ha cobrado 40 dólares a un guiri?’. No podían salir de ahí, sabían que teníamos razón pero después de asegurarnos que el visado costaba 50 dólares ahora no podían admitir que, en realidad, eran 40. Pero nosotros les ayudamos a salir de aquel callejón sin aparente salida: ‘Oigan, es que nosotros somos españoles’… ‘¡Ahhh! ¡Haberlo dicho antes! puede ser que para los españoles sean 40 dólares, ¡claro!, vamos a comprobarlo’. El funcionario se sentó, echó las dos últimas cartas del solitario al que estaba jugando en el ordenador haciendo ver que revisaba importantes documentos consulares, se levantó y resolvió: ‘lo que yo decía, si son españoles son 40 dólares’. ¡Hurra, hurra! ¡Larga vida a la corrupción consular!

Entre una cosa y otra llegaron Martina y Sergio y, a la sombra de unas BeerLao bien fresquitas, nos pusimos al día y empezamos a organizar nuestros siguientes pasos juntos. Alquilamos unas motos para recorrer la región del ‘Bolaven Plateau’, una zona elevada al Este del Mekong. Pero antes de salir Martina y Sergio también quisieron sacarse el visado para Vietnam. ‘No olvidéis decir que sois españoles, ¿eh?’

Planeamos el recorrido por el Bolaven Plateau como un ‘loop’, un recorrido circular que nos devolvería a Pakse cuatro días después. El primer día nos plantamos en Tad Lo, un pueblo cuya única calle acababa en unas cascadas con forma escalonada donde pudimos refrescarnos después de un día asfixiante con un sol de justicia. Aún no lo sabíamos pero en Tad Lo íbamos a decir adiós al mundo civilizado para el viajero, aquél en el que aún queda alguien que habla inglés.

Al día siguiente seguimos haciendo kilómetros, atravesando carreteras cada vez menos transitadas, cruzando pequeños pueblos donde los niños nos saludaban a lo loco desde el margen de la carretera. El inglés empezaba a desaparecer a medida que veíamos pueblos cada vez más humildes –en ocasiones pobres– y todo empezaba a ser más complicado pero, visto positivamente, también mucho más divertido.

Llegamos a Atappeu, un pueblo bastante grande en el que no debían haber visto a un turista desde que pisó allí el redactor de Lonely Planet que con sus comentarios en la manida guía nos convenció para parar allí ¡Maldito sea! Toda relación con los locales se redujo a gestos y a confiar en la calculadora para expresar números. Durante todo el viaje nunca habíamos tenido tantas dificultades para hacernos entender, hasta el punto que pensamos que en aquel pueblo no íbamos a poder ni siquiera comer.

Los gestos que, hasta ese momento, creíamos universales como el de ‘ver algo’ situando el dedo índice bajo el ojo o el de ‘comer’ llevándonos la mano a la boca eran ininteligibles para esas personas, que sonreían, miraban hacia el suelo o tímidamente se retiraban en busca de algún compañero que tampoco iba a entender nada. Aquello era imposible. Locales en cuyo rótulo se podía leer la palabra ‘restaurant’ se convertían por arte de magia en oficinas o salas de espera a nuestra llegada. Echamos mano a la guía pero ni pronunciando las supuestas palabras que debían significar ‘queremos comida’ hubo manera.

Finalmente encontramos un pequeño local que tenía comida a la vista. Había que coger al toro por los cuernos y ya ni preguntamos, nos sentamos y señalamos la comida con el dedo. Aquella gente era bastante espabilada y, a los pocos minutos, teníamos la mesa llena de comidas que nunca habíamos visto antes, una especie de tortillas con trozos de salchicha y gambas que debían unirse a diversas verduras, lechuga y cilantro y enrollarse en un papel (sí, papel). ‘Oye, ¿seguro que el papel este se come?’ Al final, resultó que aquella gente y su comida no eran laosianas, sino vietnamitas y, visto lo visto, los viets sabían manejarse mejor que los laosianos ante nuestra presencia.

Atappeu fue una auténtica experiencia aunque se tratara de un pueblo de mierda. ¡Ojo! No lo decimos nosotros, lo dice su nombre. Los colonizadores franceses tuvieron que escribir en nuestra grafía los nombres de todos los lugares del país. Al llegar a ese pueblo (donde por aquel entonces tampoco nadie se enteraba de nada) el francés de turno señaló al suelo para preguntar por el nombre de aquel lugar, con la mala suerte de lo que había a su lado en el suelo era mierda de búfalo. ‘Atappeu’ le dijeron los locales, ‘mierda de búfalo’ y así se le quedó al pobre pueblo.

Seguimos nuestro camino al día siguiente hacia Pakson, ahora sí, adentrándonos en las tierras altas del Bolaven Plateu, empezando a disfrutar de un clima un poco más fresco. Por toda esa zona descubrimos el Laos más castigado por los bombardeos que se produjeron durante la Guerra de Vietnam. El dato no es muy conocido pero Laos es el país más bombardeado del mundo por habitante. Entre el 64 y el 73 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos bombardeó brutalmente el Este de Laos para debilitar una línea de suministros entre el sur de Laos y su enemigo principal, Vietnam… Y eso que Laos se había declarado neutral en el conflicto… Pero ni caso, la CIA aprobó los bombardeos sin la autorización del congreso norteamericano y mantuvo las operaciones en Laos en secreto durante años.

Durante la guerra de Vietnam, Estados Unidos lanzó en Laos 260 millones de bombas de racimo en más de 584.000 operaciones militares; o lo que es lo mismo, una bomba cada 8 minutos durante 9 años ininterrumpidamente. Media tonelada de bombas por habitante en un ataque indiscriminado y sin objetivos claros que dejó el territorio convertido en un queso gruyere. Esa cantidad de bombas es superior a todas las que cayeron en Europa durante toda la Segunda Guerra Mundial. Durante esos años murieron cientos de miles de civiles laosianos y unos dos millones de refugiados migraron hacia el centro y el Oeste del país. Estados Unidos no perdió a ningún soldado en esas operaciones.

Pero lo triste es que aquel ataque sigue presente hoy en día y no sólo en la chatarra de bombas a los pies de las carreteras entre las que juegan los niños, sino en las 80.000 bombas que se estima que siguen sin explotar. Muchas zonas no pueden visitarse y los campesinos no pueden trabajar la tierra en las áreas que no están limpias. Cada año una media de 300 personas mueren o son mutiladas por la explosión de alguna de esas bombas.

Entre las cicatrices causadas por las bombas en esos terrenos seguimos nuestra ruta parando en diversas cascadas que aparecían a un lado y otro del camino, por desgracia, muchas de ellas estaban bastante secas por la estación. La mejor que vimos no aparecía ni en la guía. Fue una sorpresa, un refrescante premio a la perseverancia de los cuatro.

Y en Pakson, disfrutando al fin de un poco de fresquito y del jersey, degustamos el café que se cultiva en la zona desde la época de la colonización francesa y vimos también plantas de pimienta, cardamomo, vainilla…

Ya de vuelta en Pakse, y tal como les pasara a Martina y Sergio en nuestro anterior encuentro, decidimos alargar un poco más nuestros días junto a ellos a pesar de que el tiempo se nos echaba encima. Valió mucho la pena. Sin dejar las motos nos dirigimos unos kilómetros al sur y cruzamos el Mekong en una barcaza. Al otro lado del río nos esperaba el magnífico templo de Wat Phu Champasak, sobre la ladera del monte Phu Khuai.

Wat Phu Champasak es un templo de los jemeres de Angkor que quedó a salvo de los bombardeos norteamericanos y que, si bien debería considerarse como un pequeño primo lejano de los grandes templos de Angkor era, en aquella zona de Laos plagada de templos budistas modernos, un trocito imperdible de historia.

El recinto está dividido en seis terrazas a las que se accede por una escalinata central que nos hizo sudar de lo lindo. El premio, como no, se hallaba en la última terraza donde los locales iban y venían para orar frente a las tallas del templo que rociaban con un agua teñida con el naranja de las caléndulas, preparándose, por lo que entendimos, para la celebración del nuevo año laosiano, del que, no sufran, tendrán noticias pronto por aquí…

Casi sin darnos cuenta la comunidad motorizada que habíamos formado durante aquellos cinco días debía disolverse. Los caminos se separaban. Martina y Sergio seguirían hacia el Sur y nosotros hacia el Norte, hacia la capital y más allá, donde nos esperaban las celebraciones para recibir el nuevo año 2.554 de la era budista. ¡Ahí es nada!

Nos despedimos con un hasta pronto. Nuestros caminos no tardarán mucho en volverse a cruzar.

La misma historia, contada desde el otro lado, aquí. ¡Ah! y más fotos aquí.

7 Respuestas a “Día 295 – De ‘loop’ por el Bolaven Plateau

  1. Ten amigos y te sacarán los ojos!!! Qué desgracia de foto “Sergio y las Beerlao”, parezco Gollum y su tesoro!!!!
    Muy buenos momentos, esos días juntos!!! Nos vemos en tres semanas en el techo del mundo!! Deja el kartastroko hasta después del Annapurna, que sino no llegaremos ni a la mitad del camino. Yo ya lo he hecho!!! Lo podemos retomar a la vuelta en Pokhara con un barril de Draught Everest. Ouuu yeah!!!!!
    Un besito
    Martina y Sergio

  2. Buenas chicos!! un gran post!!! genial!! buena negociacion la del consulado ;-). Lastima que ayer no pudieramos hablar con calma de nuestro encuentro en breve. Que ganas!! a ver si este fin de semana ya me pongo a informarme de todo lo que se puede hacer y os voy mandando información!! os mando los detalles del vuelo en breve! UN ABRAZO que ganas de unirme a vuestras aventuras!! MUAS

  3. ¡Larga vida a la corrupción consular!
    Aunque yo me quedo con la historia de los bombardeos americanos en Laos: una bomba cada 8 minutos durante 9 años!!! Hay datos le dejan a uno helado…
    Un abrazo,
    j.

  4. ¡¡Cuánta ironía en ese pequeño que hace el signo de la victoria¡¡
    Me quedé realmente sorprendida al conocer ese dato de las bombas arrojadas sobre Laos y con la complicidad e indiferencia del mundo entero, (Naciones Unidas, tratados de Ginebra, etc). Y que aún quedan franjas eneormes de terreno tachonado de minas antipersonas.

    Y como contraste una naturaleza lujuriosa e invencible y gente sencilla y de sonrisa fácil.

    ¿Qué se necesita para ser feliz?

    Gracias Chicos

    Besos

    MM

  5. Me han gustado mucho las fotos.
    Las explicaciones instructivas como siempre. Impresiona la parte de la historia no tan contada y realmente trágica para toda la gente del mundo asiático. No me extraña que después haya sectores que generen un odio hacia el mundo occidental…

  6. Hola bro and Gaby!!!totalmente de acuerdo con Jorge, Rosa y Esperanza…impactantes las cifras sobre la guerra de Vietnam, en este caso en Laos, terrible, la verdad!.
    Parece que lo habéis pasado muy bien en la ruta motera con Martina y Sergio. Seguid disfrutando!!!Un besito. Carol.

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