Día 126 – ‘The right whale’

Las primeras luces de la mañana y las escasas lámparas de gas apenas llegaban a iluminar el precario muelle del puerto cuando las chimeneas del gran barco de vapor galés empezaron a expulsar humo negro al cielo gris. A los pocos minutos las palas de las hélices comenzaron a moverse lentamente y, con ellas, el gran armazón metálico de la nave.

Ya en mar abierto, los marineros –muchos de ellos europeos curtidos en aguas del Atlántico Norte– avistaron, entre las agitadas aguas, el lomo de una ballena y se aproximaron a ella. La ballena nadaba junto a su cría en un banco de krill y, curiosa, se acercó a aquel enorme armatoste de metal cuyas dimensiones superaban con creces las suyas.

A bordo, los marineros confirmaron que se trataba de una ballena franca, la ballena que más aceite daba de todas las del océano y la más fácil de abatir. Dos de ellos se dirigieron raudos a la proa y tomaron los mandos del moderno cañón lanza arpones dirigiéndolo hacia los cetáceos.

Un estremecedor estruendo rompió el silencio de la gélida mañana y el olor a pólvora recorrió la cubierta del barco. El arpón penetró en el lomo del ballenato, que emitió un hondo gemido de dolor. Tras sumergirse por unos segundos apareció de nuevo en la superficie, ya sin vida. A su alrededor nadaba aún su madre, que se resistía a abandonar a la cría.

Sin tiempo de reacción, desde el agua se oyó una nueva detonación y un arpón impactó en la cola de la ballena que instintivamente intentó nadar hacia el fondo pero un grueso cabo amarrado al arpón se lo impedía, haciéndola estremecer de dolor cada vez que éste se tensaba. En cuanto volvió a salir a la superficie sintió un nuevo impacto, esta vez en su lomo. Herida, atrapada y exhausta murió a los pocos minutos.

Bajo una fina lluvia, los marineros en cubierta preparaban los aparejos para subir a bordo los cuerpos de las ballenas que flotaban al lado de la nave, boca arriba, entre las aguas teñidas de rojo. Mientras tanto, otro marinero, desde el carajo del ballenero, avistaba a lo lejos la silueta de la que sería su próxima víctima.

Lamentablemente historias como la anterior se repitieron demasiadas veces y durante muchos siglos en el Atlántico Norte. Ya desde el S.XII se cazaban Ballenas Francas lanzando arpones manualmente desde pequeños botes. Con el paso de los siglos la tecnología fue evolucionando, los barcos se hicieron más grandes, veloces y seguros siendo posible capturar más ejemplares más rápido.

Además del avance de la tecnología, el método de caza fue, desde los inicios, atacar primero a la cría ya que la madre no la abandona y sigue nadando en las proximidades, facilitando así la tarea de los balleneros.

Este método de caza indiscriminado provocó la extinción –casi– total de la Ballena Franca en el Atlántico Norte. No contentos con eso y dada la facilidad para cazar estos ejemplares y la cantidad de aceite que almacenaban, los balleneros se dirigieron al sur para seguir con esta actividad.

Ciertamente, era muy fácil capturarlas. El nombre de esta especie es Ballena Franca, nombre que proviene del inglés (precisamente del nombre que usaron los galeses para referirse a ella) ‘the right whale’, es decir, la ballena correcta para cazar, o franca como se vino a traducir. Correcta o franca básicamente por tres motivos; a saber: es una especie muy mansa y curiosa que se aproxima a las embarcaciones, tiene una alta proporción de aceite en su cuerpo y, al contrario de lo que sucede con muchas otras ballenas, una vez muerta flota.

Desde hace unas cuantas décadas empezaron los trabajos para proteger a esta especie y se popularizaron los avistajes de Ballenas Francas Australes en Argentina. En una palabra, se cambió el aceite de las ballenas por los dólares de los turistas en una forma de explotación que, además y siempre dentro de unos límites, es infinitamente más respetuosa con la naturaleza que la caza indiscriminada.

Durante los primeros años de los avistajes, las ballenas apenas se aproximaban a las embarcaciones. Probablemente, a base de ver cómo morían sus congéneres al acercarse a aquellas extrañas estructuras flotantes, aprendieron que merodear cerca de ellas no les iba a traer nada bueno. Puro aprendizaje o evolución a golpe del afilado arpón.

A pesar de la –lenta– recuperación de la población de estos cetáceos, aún hoy es muy difícil poder avistar ballenas en mar abierto. Afortunadamente, en los mares del sur quedan aún algunos lugares ciertamente privilegiados para ello. Uno de estos lugares es la Península Valdés, en Argentina. Al norte y al sur del istmo que une esta península con el continente se forman dos bahías de aguas tranquilas donde centenares de ejemplares de Ballena Franca Austral se concentran cada año (de a julio a diciembre) para su apareamiento y cría.

Gráfico del tamaño relativo de la Ballena Franca Austral. Una vez más, cortesía de ‘Wikipedia’

Los factores espacio y tiempo se alinearon a nuestro favor llegando a Puerto Madryn (la localidad más cercana a la península) en uno de los momentos de mayor actividad de estas ballenas. No obstante, la naturaleza es caprichosa y estar en el lugar y momento supuestamente más adecuado no garantiza un avistaje.

Tras un largo viaje en autobús, ansiábamos, al menos, poder ver alguna ballena a lo lejos. Lo que encontramos en esa bahía fue mucho más de lo que podíamos esperar.

A los pocos minutos de haber zarpado de la playa de Puerto Pirámides ya podíamos adivinar, a lo lejos, una minúscula mancha negra sobre la superficie del agua. El capitán viró el barco hacia esa mancha que, poco a poco, iba haciéndose más y más grande. Nos detuvimos a unos treinta metros de ella y el capitán apagó los motores del barco.

En pocos segundos, un misterioso y extraño monstruo del océano se movía ligeramente sumergido por la amura de la embarcación, aliado con la ingravidez que le proporcionaban las saladas aguas. Esa mancha que veíamos a lo lejos se había convertido en una ballena de unos 15 metros de largo y unas 45 toneladas de peso.

Con el paso de los años y gracias a la protección de esta especie, las ballenas volvían a seguir sus instintos naturales, curioseando como lo habían querido hacer siempre y aproximándose a los barcos para sacar la cabeza y ver quiénes eran esos locos de ahí arriba.

Tras unos minutos de mutuo análisis y observación, la ballena se alejó lentamente, tal y como había llegado a nuestra vera. No tuvimos que alejarnos mucho de aquél punto para seguir viendo más ballenas, la mayoría de ellas acompañadas por sus crías, las recién nacidas aún de color gris claro.

De promedio, las hembras tienen una cría cada tres años con una gestación de veinte meses. Las hembras permanecen en las tranquilas aguas de las bahías de Península Valdés amamantando a los ballenatos hasta pasados tres meses desde el nacimiento, momento en el que parten de nuevo junto a sus crías a las aguas abiertas del océano para alimentarse.

Madre e hija se aproximaban, despacio, hacia nosotros. En silencio, sentados en la borda del barco con los pies colgando sobre el agua, podíamos ver aproximarse el brillo de las callosidades de la cabeza sumergida de la cría hasta que finalmente ésta emergía a escasos dos metros de nosotros, largando un fuerte soplido de agua por sus espiráculos.

Esas callosidades, que aparecen predominantemente en la cabeza, son exclusivas de esta especie de ballenas y se desarrollan en la etapa fetal. Son de color gris oscuro pero pronto se plagan de pequeños crustáceos que se incrustan en ellas dándoles tonalidades blancas, amarillas, anaranjadas, rosas… Lo curioso es que estas marcas son únicas en cada ballena, una especie de huella dactilar irremplazable que acompaña al animal durante toda su vida. Las callosidades han permitido al Instituto de Conservación de Ballenas argentino identificar a más de 2.500 ballenas francas distintas en Península Valdés desde 1.970.

A pocos metros, avistamos una ballena saltando y nos aproximamos. Tras unos minutos de espera, la ballena, saltó de nuevo sorprendiéndonos por su agilidad y por el estruendo del impacto con el agua de sus 45 toneladas de peso. Es un espectáculo increíble.

Aún hoy se desconoce por qué saltan las ballenas. Hay quien dice que es un medio de comunicación visual o acústica; otros que es una muestra de su dominancia dentro de un grupo y una forma para liberarse de incómodos parásitos de la piel; otros, en cambio, creen que se trata, simplemente, de un juego de las ballenas jóvenes.

Otro de los comportamientos más enigmáticos de las ballenas es lo que parece ser una especie de navegación a vela. Las ballenas mantienen la cola fuera del agua, dejándose llevar por el viento y la corriente. Se han observado ballenas navegar así por hasta 21 minutos seguidos.

Sea como sea, las sensaciones que se tienen al navegar a escasos metros de estos mastodónticos habitantes del océano de apariencia casi prehistórica son, ciertamente, indescriptibles. Poder ver su comportamiento a tan corta distancia y en su hábitat natural es una experiencia única.

Las ballenas seguían aproximándose, nadando ligeramente sumergidas alrededor de la embarcación sacando la cabeza de vez en cuando y deslizando su interminable lomo sobre la superficie, lentamente, hasta llegar a la cola para, de nuevo, volver a la profundidad.

Una hora y media después regresábamos a la costa, impresionados por lo vivido, embriagados por la magia de esos seres que esperamos sigan volviendo a esas tranquilas aguas, año tras año, a cumplir con esta parte tan importante de su ciclo vital.

Ya en tierra, el resto de la Reserva Nacional de Península Valdés nos iba a deparar muchas sorpresas más. Desde sus caminos de ripio se veían, con facilidad, muchos guanacos y liebres patagónicas; también alguna que otra araña y, con mucha suerte, algún armadillo peludo.

Desde varios miradores era posible también admirar pingüinos magallánicos, leones y elefantes marinos.

 

Los elefantes marinos estaban tirados a la bartola en la playa pasando las horas al sol. Sólo algún leve movimiento de sus miembros cada cierto tiempo descartaba la posibilidad (que pasó por la cabeza de muchos) de que estuviesen muertos.

Algunas de las perlas en forma de comentarios que dejaron algunos de los presentes fueron ‘¡Vaya vida se pegan estos!’, ‘¡Míralos, están como mi mujer en el sofá el domingo por la tarde!’, ‘Yo en otra vida quiero ser elefante… pero marino, ¿eh?’.

Los comentarios cesaron en cuanto un guía explicó que los elefantes, en esta época, descansan en las playas donde nacieron junto a sus crías recién nacidas, mudando, además, su piel. Antes de eso han pasado ocho meses en el océano, alimentándose en inmersiones de hasta dos horas de duración y 1.500 metros de profundidad, sin descanso, siempre en aguas abiertas sin tocar tierra en más de 240 días. Tras esa paliza nosotros también estaríamos como ellos, estirados en la playa al sol; aunque, en nuestro caso, efectivamente muertos.

La guinda del delicioso pastel que nos ofreció la península hubiese sido poder avistar al mayor depredador del océano, la orca. En Península Valdés se han visto algunas llegar hasta la orilla para devorar a crías de lobo o elefante marino en una rara técnica conocida como ‘varamiento intencional’; técnica tan poco común como arriesgada, ya que la probabilidad de que la orca quede varada en la playa es muy alta.

Y cuando decimos ‘mayor depredador del océano’ no exageramos. Como prueba este botón en forma de vídeo de National Geographic, no apto para amantes de leones marinos, focas y similares. Advertidos quedan.

Por desgracia, nos quedamos sin la guinda. Pero ya saben que no hay mal que por bien no venga así que, por si nos hiciera falta justificarnos en el futuro, ya les adelantamos que nos quedamos con esa excusa para volver algún día a este maravilloso lugar.

Y disculpen, por favor, el ladrillo de post que nos ha quedado, sobre todo aquéllos no demasiado amantes de los cetáceos… Prometemos ser más escuetos en las próximas entregas.

¡Será hasta entonces!

– Antes del inicio de su caza comercial se estima que había entre 55.000 y 70.000 ejemplares de Ballenas Francas Australes en el mundo. Hoy se calcula que la población total es de unos 6.000 ejemplares, con una tasa de crecimiento anual del 6,8%.

– Por su parte, la Ballena Franca del Norte, casi exterminada en su momento, cuenta hoy con una población de sólo 300 ejemplares en el Atlántico Norte.

– En la actualidad, Noruega y Japón continúan cazando ballenas con fines comerciales.

6 Respuestas a “Día 126 – ‘The right whale’

  1. pues sí,,,,pobrecitos los leones marinos…menuda agresividad la de la ballena, qué miedo…….
    rara la cabeza de la ballena franca, eh?
    besitos

  2. Hermosas las fotos y los paisajes mostrados en ellas. Que orgullo q ustedes puedan vivir y sentir tantas cosas en nuestro maravilloso pais.
    Besos!!!!!!

  3. Gracias Marta.

    Carol, la cabeza rara, rara, rara… jeje! como de un ser prehistórico. Y sí, en el vídeo la Orca le da unos meneos al pobre leoncito marino…

    Marina, gracias por seguirnos. Espero que este sea el primero de muchos comentarios. Un beso grande.

    Mónica, tendrás que conformarte con los pingüinos de Búzios y dejar las ballenas para el próximo viaje. Besos.

  4. Siempre con cierto retraso…me deleito con el fantástico post & pics. Cuánto da que pensar…qué maravilla de mundo en el que vivimos! Besos

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