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Día 367 – Por tierra de sikhs

‘Lavaros los pies y cubriros la cabeza con un pañuelo’. Cruzamos el majestuoso arco blanco de entrada y tras subir una amplia escalera de mármol apareció ante nosotros el Templo Dorado, el lugar de culto por excelencia de los sikhs. El templo, cubierto por láminas de oro, parecía flotar sobre el lago artificial que ocupaba casi toda la plaza que lo rodea.

A nuestro alrededor caminaban cientos de personas que acudían para rezar, bañarse en el lago, comer o reunirse con sus amigos. Las mujeres lucían coloridos vestidos y pañuelos mientras todos los hombres llevaban unos espectaculares turbantes en la cabeza. Los más fieles al sijismo iban ataviados, además, con diferentes elementos que les caracterizan, como un pequeño sable o puñal (el kirpan), un brazalete metálico (el karra), un calzón largo debajo de la ropa (el kaccha) y, por supuesto, con una larga barba y cabellera (kesh) que se esconde bajo el turbante con una especie de peineta (kangha).

Todo tenía un significado… los colores del turbante podían denotar el estado civil o religioso, el calzón la fidelidad, el brazalete el respeto a la fe, el puñal poder… Aunque la lectura de un par de guías nos ayudó a entender un poco más sobre esta religión, en este caso, fueron los mismos sikhs los que estaban encantados en explicarnos su religión, abierta como pocas en muchos sentidos. Bastaba con rodear el lago (siempre en el sentido de las agujas del reloj) para que enseguida algún fiel se nos acercara a preguntarnos de dónde éramos, a hacerse una foto con nosotros o dispuesto a explicarnos los pormenores de todo cuanto veíamos.

Una lección de sijismo

El sijismo fue fundado en la región india del Punjab en el S.XV por un gurú llamado Nanak. Esta religión nació como una oposición al sistema de castas del hinduismo. Los Sikhs no adoran a ídolos aunque algunas veces pueden verse imágenes de los diez gurús que establecieron los fundamentos de la religión. El texto sagrado es un largo poema sobre la vida, el respeto y la belleza de la naturaleza. No contiene ninguna norma. Los sikhs creen en la reencarnación eterna, es decir, para ellos el ciclo de reencarnaciones del hinduismo (samsara) se repetirá siempre sin que se pueda alcanzar la moksha, la liberación del ciclo de reencarnaciones.

Si los sikhs no nos habían ganado ya con su fantástico templo, su increíble atuendo y la magia que se respiraba en ese lugar; su mentalidad abierta a todos los credos y sin distinciones por clases sociales nos acabó de convencer por completo. El Templo Dorado de Amritsar es el lugar más sagrado del sijismo pero aún así cualquiera puede entrar y visitarlo sin pagar ninguna entrada, sin diferencias por religión ni nacionalidad.

Tal es la generosidad de esa gente que en el propio templo se puede dormir en unas habitaciones gratuitas abiertas a todos. También es posible comer a cualquier hora del día. A diario se sirven, de media, 40.000 platos y ver la cocina es un espectáculo: La increíble máquina que prepara los naan (un sencillo pan plano), las decenas de personas que de forma altruista se pasan la mañana pelando cebollas y ajos, toda la gente que sirve, lava los platos y colabora para dar de comer a miles y miles de personas, sean de su religión o no, sean pobres o ricos, locales o turistas.

Y, cuando parece que ya has dado la última vuelta al lago artificial rodeando el templo, piensas ‘demos una más’. Al final, algo te sorprenderá de nuevo, alguien se acercará a hablarte de tu país o de su religión o a hacerse una foto y tú seguirás admirando la elegancia de las señoras, a los hombres que se anudan el cuchillo en la cabeza al tomar un baño cerca del árbol sagrado, los niños que te mirarán embelesados, ansiosos por ser el siguiente a quien decidas hacerle una foto… De nuevo, estábamos en uno de esos lugares elegidos en los que la gente es la que le da vida a las piedras.

Toda esa bondad y generosidad nos llamó aún más la atención al conocer un poco más la historia del pueblo sikh y su relación con musulmanes e hindúes. El territorio histórico controlado por los sikhs era la región del Punjab, cuyas ciudades principales eran Amritsar y Lahore. Amritsar fue uno de los centros donde se alzaron las primeras voces a favor de la independencia de Inglaterra, lo que produjo graves enfrentamientos con los colonizadores, en particular una matanza de 2.000 manifestantes indios en 1.919.

En lugar de reprimirse, los deseos de independencia continuaron y se extendieron por todo el subcontinente con más fuerza, si cabía, al conocerse la masacre de Amritsar. En el año 1.945 la victoria del Partido Laboralista implicó que por primera vez se considerara la independencia como un objetivo político legítimo. El objetivo común estaba claro, la independencia; pero una vez alcanzada las diferencias entre sikhs, hindúes y musulmanes iban a pasar factura. Al alcanzar la independencia el país se dividió de nuevo entre los que querían una India unida y aquellos que preferían separar algunas zonas por religiones.

El conocidísimo pacifista Mahatma Gandhi, defensor de las castas más bajas fue el principal valedor de la idea de una India unida y plural. Pero su sueño no fue posible. India se iba a desintegrar en un estado hindú y otro musulmán. Pero ¿por dónde se trazarían las fronteras?

Los efectos de la separación fueron devastadores. Se creó el estado de Pakistán que quedo dividido por India, formándose Pakistán Oriental (actual Bangladesh) y Pakistán Occidental (actual Pakistán) dos naciones musulmanas con la India hindú por medio. Se produjo un éxodo masivo de musulmanes del Punjab que huían hacia el oeste para llegar al nuevo estado de Pakistán. Los trenes llenos hasta reventar eran detenidos por los hindús que los asesinaban sin piedad. Ni siquiera el ejército que se envió para contener la matanza fue suficiente. Cuando se consiguió controlar la situación habían emigrado más de diez millones de personas y medio millón habían sido asesinadas.

Echando una mano con los ‘naan’

Y en medio de todo ese conflicto, los sikhs se organizaban para declarar su propia independencia. El ejército enviado por la por entonces primera ministra, Indira Ghandi (sin relación alguna con Mahatma Ghandi), acabó en un terrible baño de sangre en el propio Templo Dorado que acrecentó el odio entre sikhs e hindúes.

Al final, el histórico territorio sikh acabó dividido en dos, con Lahore en territorio pakistaní y Amritsar en India. Actualmente el conflicto entre Pakistán e India no está en un estado tan candente, pero no se puede decir que el fuego se haya apagado. En los últimos años ha habido atentados que han acabado con varias vidas y las hostilidades entre los países continúan, principalmente, por el Valle de Cachemira, reclamado por los pakistaníes a India y cuyos habitantes, hartos ya del interminable conflicto, aspiran a declarar su independencia. El último episodio de esta historia se produjo hace apenas unas horas en Bombay donde han hecho explosión tres bombas en un acto terrorista que probablemente lleve la firma de algún grupo radical islamista pakistaní.

Sin embargo, a pesar de las tensas relaciones entre Islamabad y Nueva Delhi, cada día India y Pakistán cierran la frontera de Attari con una ceremonia que pretende mostrar un ambiente de paz y cordialidad entre ambos países. En ningún momento pretendió ser una atracción turística, pero la ceremonia se ha hecho tan famosa que ambos países han construido gradas a cada lado de su frontera para los millares de personas que acuden a diario a presenciarla.

La ceremonia se ha convertido en un espectáculo que trata de exaltar el patriotismo y nacionalismo de los habitantes de cada país. En ambos lados se ondean banderas y se cantan himnos como ‘Larga vida a India’ o ‘Viva Pakistán’. Los movimientos de los soldados parecen sobreactuados, como si pretendieran escenificar una parodia de una marcha auténtica. Las patadas que cada uno de ellos debe dar llegan casi a golpearles la cabeza y su andar parece un teatro más que un verdadero desfile.

Aún así tanto indios como pakistaníes se mueren por asistir a ese evento. De hecho, las gradas estaban llenas de turistas indios, mientras los occidentales, que éramos una pequeña minoría, nos mirábamos unos a otros sorprendidos ante la descarga de patriotismo que estábamos presenciando.

Sentados al borde del lago artificial del Templo Dorado despedíamos nuestros últimos días en India, un país que amamos y odiamos por igual pero que, si te dejas, atrapa de una forma intensa como ningún otro. Sin duda, ese maravilloso templo quedará en el recuerdo como uno de los lugares más mágicos que hemos visitado gracias a la generosidad y vitalidad de los sikhs con los que compartimos un paseo, una charla, una foto o una mirada.

Gracias.

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