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Día 258 – El techo de Borneo

A las dos de la mañana sonó el despertador. Nuestros músculos aún atenazados por el esfuerzo del día anterior debían ponerse en marcha aunque no quisieran saber nada de madrugones, caminos, rocas ni montañas. La cima del Monte Kinabalu, el techo de Borneo y de todo el Sudeste Asiático, nos esperaba y nuestra mente debía ser más fuerte que nuestro cuerpo. Era una cuestión de orgullo.

Atrás habíamos dejado seis intensos kilómetros en los que remontamos un desnivel de 1.400 metros hasta alcanzar los espartanos barracones en los que nos acabábamos de levantar, a 3.323 metros de altitud. En el camino habíamos encontrado tierra, pedregales, escaleras de madera, raíces, rocas… un paisaje variado con un denominador común: Todo el camino era cuesta arriba y con una inclinación considerable.

El esfuerzo para alcanzar el campamento fue titánico. Aquel camino no daba tregua, apenas un descansillo de cincuenta metros muy de vez en cuando. Cada recodo escondía otro repecho, si cabía, más empinado que el anterior. Algunos tramos eran tan inclinados que podíamos apoyar las manos en el siguiente escalón de piedra, algunos podían subirse perfectamente a cuatro patas. Aquellas cuestas mermaban nuestra moral e iban, silenciosamente, cargando nuestras rodillas, que avanzaban con la velada amenaza de dar un aviso fatal en cualquier momento.

Derrotados alcanzamos los barracones. Una avería había dejado todo el recinto sin agua caliente y sin calefacción. Pese al esfuerzo, el chorro de agua del río a 3.000 metros de altura no invitaba a darse una ducha por mucho que hubiésemos sudado antes. Los que se animaban inundaron el barracón de histéricos gritos al entrar en contacto con aquellas gélidas aguas. Ante tal panorama fueron muchos los que no pasaron por la ducha. A nosotros se nos ocurrió llenar en la cafetería un par de botellines con el agua caliente para el té, con ellas pudimos, al menos, asearnos y no colaborar con los olores que corrían por los pasillos del refugio.

A las dos y media de la mañana estábamos ya de pie, tomando un nutritivo ‘pre-desayuno’, como allí lo llamaban. Quedaban sólo tres kilómetros hasta la cima, pero sabíamos que esa parte final era la más dura del camino. Sobre el papel tres kilómetros para salvar un desnivel de más de 700 metros hasta llegar a los 4.095 metros de altitud de la cima del Kinabalu. Debíamos llegar a la cumbre antes del amanecer por lo que un poco antes de las tres de la madrugada nos poníamos en marcha. La oscuridad de la noche era total y volvíamos a sentir frío intenso de verdad, como el que habíamos sentido por última vez en la Patagonia cuatro meses antes. Nos colocamos un frontal (linterna en la cabeza) que sería la única luz que alumbraría nuestro camino hasta la cima de aquella gigantesca mole de piedra.

Empezamos a caminar a tientas, siempre hacia arriba, sorteando piedras y escalones hechos sobre raíces, sin ver más que aquello que nuestro frontal –o el del compañero– iluminaba. Tras un kilómetro de camino de nuevo extenuante apareció a nuestro lado una cuerda gruesa y blanca paralela al sendero. Durante los primeros pasos parecía una exageración haber colocado allí aquella cuerda para ayudar a los caminantes; más adelante, agradecimos sumamente su presencia. El camino, hasta ese momento flanqueado por una frondosa vegetación a un lado y a otro, se había convertido, a nuestra izquierda, en un suelo inclinado y liso de roca gris sobre la que descansaba la cuerda y, a nuestra derecha, en un abismo negro que hacía despertar los vértigos más profundos. Arriba, sólo oscuridad. No había marcha atrás, así que nos agarramos fuertemente a la cuerda y empezamos a subir lentamente.

El cansancio nos obligaba a parar de vez en cuando. Más abajo otros caminantes seguían la guía de la soga y la luz de sus linternas nos permitía adivinar el serpenteante camino que habíamos dejado atrás. Las luces de los pueblos del valle iluminaban con leves tonos rojos el oscuro gris de las nubes y, sobre ellas, aún podían verse cientos de estrellas que coronaban un irrepetible paisaje nocturno.

Tras un esfuerzo agotador, alcanzamos la cima pasadas las cinco de la mañana emocionados y satisfechos por haber cumplido nuestro objetivo. A nuestro alrededor algunos se abrazaban al encontrarse en aquel pequeño espacio en lo más alto de la montaña, otros soltaban un grito liberador o, simplemente, rompían a llorar. No era para menos, el camino había sido de una dureza brutal. Más de un compañero se quedó en el camino, ya fuese por el cansancio o por el mal de altura.

Nos sentamos al refugio de dos rocas que nos protegían del viento. Unos minutos más tarde, mirando hacia el Este, el cielo empezaba a llenarse de azules y el sol, que empezaba a despuntar sobre el mar de nubes a nuestros pies, empezaba a aportar tonos rojos y anaranjados a la paleta de color que inundaba el cielo.

A este pico se le conoce popularmente como 'el gorila'. No es difícil verle la cara...

La luz y los colores cambiaban a cada segundo y, poco a poco, se iba definiendo el paisaje a nuestro alrededor. Aparecía ante nosotros el perfil de los escarpados picos que nos rodeaban, los abismos de las paredes verticales a escasos metros de donde nos hallábamos y la luz lateral del amanecer dotaba a todo el paisaje del relieve que la oscuridad había estado ocultando.

Una hora más tarde, cuando nuestros pies y nuestras manos ya habían quedado insensibles por el frío, emprendimos el camino de regreso. Debíamos deshacer en una mañana los nueve kilómetros que habíamos ascendido en dos días.

En la parte malaya de Borneo también puede encontrarse hielo; eso sí, a 4.000 metros de altitud

La bajada sobre la mole de piedra desnuda era redescubrir el camino andado y el paisaje que había permanecido oculto por la oscuridad de la noche. Las formas de las rocas, las pendientes por las que habíamos pasado, el pueblo que quedaba a nuestros pies… Todo parecía formar parte de un nuevo escenario por la simple presencia de la luz diurna.

Si afinan bien la vista, a la izquierda pueden ver a algunos caminantes siguiendo la cuerda blanca. Su tamaño en relación con el paisaje da una idea de las dimensiones del Monte Kinabalu

A los tres kilómetros paramos para comer. Ya sólo quedaban seis, pero nuestro cuerpo estaba llegando a su límite. Los músculos, agarrotados, cada vez dolían más y las piernas temblaban a cada paso. Si la subida había sido dura, el descenso no se quedaba atrás. Las pendientes eran tan empinadas y el cansancio acumulado era tal que el esfuerzo de cada paso para suavizar el descenso era un pequeño castigo físico.

Pero había que bajar, no quedaba otra. A unos cuatro kilómetros del inicio del camino la cosa se puso peor. El dolor de las rodillas supero el límite de lo razonable. Disminuimos el ritmo, nos turnábamos un bastón que llevaba el guía, empezamos a bajar las escaleras de espaldas –lo que aliviaba muchísimo, por cierto–. Todo valía para darle una tregua a nuestros maltrechos músculos y articulaciones.

Durante el descenso nos cruzamos con varias personas cuyo trabajo consistía en subir todos los víveres y útiles necesarios para el campamento de Laban Rata y los barracones cercanos. Cada día subían los primeros seis kilómetros del camino cargados con bombonas de gas, comida, bebidas… En algunos casos llegaban a transportar más treinta kilos sobre sus espaldas. Tras lo que habíamos vivido y sufrido, nos impresionó la fuerza de aquellos hombres y mujeres, su concentración y su tranquilidad.

Cinco horas más tarde llegamos abajo, al punto donde treinta horas antes habíamos empezado a andar. Los dolores de rodilla y las agujetas nos duraron cuatro días en los que dimos verdaderos espectáculos públicos cada vez que debíamos subir o bajar unas escaleras. Las imágenes de la cima y de aquel amanecer quedarán para siempre en nuestra retina. Superar el reto de llegar a aquella cumbre supuso una gran victoria personal a pesar del esfuerzo.

Habíamos alcanzado a pie la cima de la montaña más alta que jamás escalaremos. Seguro.

P.S.: A modo de conclusión; no sabemos si empezamos el ascenso al Kinabalu con falta de información o con una información errónea. Las guías que leímos no alertaban de la forma física requerida para emprender esta subida, simplemente indicaban que se necesitaba una linterna y ropa de abrigo para el segundo día. La montaña es espectacular, por sus paisajes, por su forma y por la vista desde la cima. Sin embargo, no es una actividad que podamos recomendar a cualquiera. A aquellos que os guste la escalada o el trekking y estéis en forma, estamos convencidos que os encantará y os recomendamos que lo hagáis si visitáis estos lugares. A los demás no podemos recomendaros la actividad como algo imprescindible, ya que requiere un esfuerzo y una energía extrema para quien no esté en buena forma física. Si os decidís, la linterna debe ser un frontal porque hay tramos en los que utilizaréis las dos manos para subir, no olvidéis tampoco llevar guantes para agarraros a la cuerda en los últimos kilómetros. Un bastón se agradece en la bajada.